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Bajá el volumen

Qué dice la psicología sobre las personas que hablan a los gritos

Levantar la voz se asocia al enojo, pero los especialistas señalan que muchas veces expresa intensidad emocional, hábitos o cultura.

31.07.2026 07:00

Lectura: 4'

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En un almuerzo familiar, alguien cuenta una anécdota y el volumen sube. Para quien llega de afuera, esa persona parece enojada, casi a punto de discutir. Para los que la conocen, en cambio, está hablando como siempre: fuerte. La escena se repite en oficinas, cafés y sobremesas, y casi siempre se entiende como agresividad o enojo, pero según varios psicólogos, puede que no sea tan así.

Levantar la voz se asocia de inmediato con la hostilidad o molestia, pero varios especialistas coinciden en que el volumen dice menos de lo que parece. Apuntan a que hablar fuerte responde muchas veces a la forma de sentir, a lo aprendido en la infancia o a la cultura, y no a una intención de atacar.

No es agresividad, es intensidad emocional

Hay personas que viven y expresan las emociones con más intensidad, y eso se filtra en el volumen. Cuando están contentas, entusiasmadas o sorprendidas, suben el tono sin proponérselo; también al enojarse, pero eso no supone de por sí agresividad. Según explicó al medio español AS la psicóloga clínica Lisa Damour, cuando aumenta la intensidad emocional, puede incrementarse también el volumen de la voz como parte de la expresión natural de esa emoción.

En la misma línea, AS recordó que la Asociación Americana de Psicología (APA) sostiene que las emociones influyen de manera directa en cómo cada persona expresa lo que piensa, necesita y siente.

Por su parte, el neurocientífico Sascha Frühholz, profesor de Psicología en la Universidad de Zúrich, describió en un trabajo citado por Infobae que los gritos pueden expresar al menos seis emociones: dolor, ira, miedo, tristeza, alegría y placer. Dicho de otro modo, dos personas pueden hablar igual de fuerte y estar sintiendo cosas opuestas.

Qué hace el cerebro cuando alguien sube la voz

Buena parte del malentendido está en la velocidad con que interpretamos. De acuerdo con el medio argentino, el cerebro se forma una impresión a partir de la voz en apenas segundos. Incluso antes de que hable, ya se hace una idea de si le parece alguien dominante, cercano o fiable. Un estudio publicado en la revista Human Communication Research, citado por ese medio, concluyó que “una voz más fuerte puede transmitir una imagen de firmeza o control, incluso antes de analizar el contenido del mensaje”.

Del lado de quien alza la voz, la biología acompaña. Ante una situación de tensión, la amígdala libera adrenalina y cortisol, lo que reduce el control de la corteza prefrontal (la región asociada al razonamiento) y favorece respuestas más impulsivas, como elevar el tono.

Lo aprendido en casa y lo que impone la cultura

El volumen también se hereda y se aprende. Los profesionales consultados en los distintos artículos señalaron que muchos hábitos de comunicación se adquieren en la infancia: en hogares donde todos hablan fuerte, subir la voz forma parte de la dinámica cotidiana y no implica conflicto.

A eso se suman la personalidad (las personas más extrovertidas tienden a un tono más alto) y la cultura, ya que en ciertas comunidades una charla animada y a viva voz se considera del todo normal, según recordó AS. Por eso alguien puede escuchar toda la vida un “no hace falta que grites” sin ser consciente de que habla más fuerte que el resto.

Pero también hay casos en los que hablar fuerte no es inofensivo. Cuerpomente distinguió al menos dos situaciones en las que conviene prestar atención.

- La falta de regulación emocional: el grito como reacción impulsiva ante la sensación de no ser escuchado o de perder el control.

- El intento de “ganar” la conversación e imponer un punto de vista mediante el tono. Esto es relacionado por varios expertos a una baja autoestima.

El tono, además, deja una impresión medible. Según el Laboratorio de Análisis Instrumental de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona, citado por Cuerpomente, una voz grave transmite una sensación sombría, mientras que una voz firme y segura hace pensar que quien habla es alguien importante o distinguido.

Cómo solucionarlo

Si el objetivo es corregir esta situación, los especialistas coinciden en un camino que no pasa tanto por el volumen, sino por reconocer los patrones que llevan a que se eleve el tono o incluso que se llegue al grito. Trabajar la gestión emocional con respiración, con un registro de los sentimientos por escrito o incluso con terapia, suma herramientas.

Aun así, Cuerpomente aclaró que gritar no siempre es negativo: tiene un sentido funcional, porque sirve para advertir un peligro, e incluso puede resultar liberador cuando no se dirige contra otra persona.