Por qué la música nos hace imaginar historias (y casi las mismas que a otros)
Las escenas que aparecen al escuchar una melodía sin letra se sienten íntimas, pero se repiten de una persona a otra. Qué hay detrás.
Con los auriculares puestos, en un ómnibus que avanza a paso de hombre, alcanza un solo tema instrumental para que el paisaje de la ventanilla se desdibuje y empiece a verse otra cosa: un bosque, una playa, aquel lugar especial o nuestro perro de la infancia. La escena se siente muy personal, íntima, casi secreta y ligada a los recuerdos, pero hay altas chances de que, si otra persona escucha esa misma música, se imagine algo muy parecido. Desilusionante, pero real. Lo comprobó la ciencia.
Esa coincidencia está en el centro de una investigación de la Universidad de Princeton, en Estados Unidos, que se publicó en agosto en la revista Nature Communications. El trabajo fue liderado por Elizabeth Margulis, profesora de música y directora del Laboratorio de Cognición Musical de esa universidad, junto con el neurocientífico Uri Hasson, quien ya había comprobado en trabajos anteriores que los cerebros de personas que miran la misma película o escuchan el mismo relato responden de manera similar.
Imaginar con música: menos personal de lo que parece
Durante años, la ciencia que estudia la música se concentró en cómo el cerebro procesa los sonidos, el ritmo o la armonía, y no tanto en lo que pasa cuando la mente “se va” mientras suena una canción. Los autores escribieron en el artículo que ese descuido probablemente se debió a suponer que los ensueños musicales eran arbitrarios, no tenían relación con el sonido y eran demasiado personales para estudiarlos, según explican en el estudio. Pero agregaron que estudios recientes desmienten esa idea.
Al escuchar música, la gente suele imaginar de forma espontánea escenas de ficción, evocar recuerdos propios o tener otras imágenes sensoriales, y, según el estudio, no flotan sueltas, sino que están muy guiadas por lo que suena. Ante un mismo fragmento, las personas tienden a imaginar historias de contenido parecido, aun cuando nunca lo habían escuchado. Además, los hechos de esa historia aparecen atados a momentos concretos de la música, como si cada giro de la melodía marcara un giro en la trama.
Para verlo en el cerebro, el equipo pidió a 20 personas que escucharan 10 fragmentos de un minuto de música instrumental desconocida dentro de un resonador y les dieron la consigna de que escucharan cada pieza como si contara una historia. Al terminar, cada participante relataba en voz alta lo que había imaginado. En otra sesión, separada por una semana, escucharon esas mismas historias contadas con palabras, sin música.
Las resonancias magnéticas funcionales (fMRI) mostraron que las redes de imaginación y construcción de significado se activaban de manera similar tanto con música como con habla, y que distintos oyentes reportaron asociaciones compartidas con los mismos fragmentos musicales desconocidos. Los investigadores descubrieron que, en promedio, el 71% de los participantes coincidía con la historia consensuada para cada fragmento musical, informó Princeton.
Pero las coincidencias no se limitaron al argumento. Cuando los participantes puntuaron cuánto enojo, calma, alegría, tristeza o energía les transmitía cada fragmento, las valoraciones de la música y de la versión hablada de la misma historia resultaron parecidas.
Qué pasa en el cerebro cuando la música cuenta algo
Como era de esperar, la música y los relatos hablados activaron las zonas auditivas que procesan los sonidos. Lo llamativo apareció un poco más allá. Cuando un fragmento musical y su versión hablada disparaban la misma historia imaginada, también generaban patrones de actividad parecidos en la red neuronal por defecto, a la que el comunicado de Princeton describió como la red que interconecta regiones vinculadas a la imaginación, la memoria y el significado. Es la misma red que suele asociarse con los momentos en que la mente divaga.
Dicho de manera sencilla, el cerebro parece guardar de qué trata la historia en un mismo lugar, haya llegado por palabras o por notas.
Los autores concluyeron que la música genera representaciones detectables en el cerebro, específicas de cada fragmento, que funcionan como “una especie de ‘significado’ de orden superior” que reúne tanto las imágenes del relato como su tono emocional. Ese mapa cerebral, agregaron, se parece al que estudios anteriores habían encontrado cuando las personas siguen la trama de una película.
Un trabajo previo había interpretado la actividad de esta red durante la escucha de música como una señal de que la mente se iba por su cuenta, sin relación con lo que sonaba. Pero el equipo de Princeton planteó otra lectura: esa actividad sería disparada por la propia música y formaría parte esencial del proceso de darle sentido.
“Lo que estamos viendo es toda otra dimensión de la construcción de sentido en la música”, afirmó Margulis en el comunicado. “A veces se caracteriza a la música como un estímulo abstracto, pero lo que estamos viendo es que los oyentes participan de un proceso muy concreto de construcción de sentido”, agregó.
Foto: Magnific
Un diccionario entre sonidos e imágenes
Para explicar por qué tanta gente llega a escenas parecidas, los investigadores propusieron una imagen fácil de reconocer para cualquiera que haya visto cine. “Postulamos que existe una especie de diccionario, donde los motivos musicales están vinculados a conceptos, como escenas, imágenes, acciones, objetos, etcétera”, escribieron.
En ese diccionario, según los ejemplos que dieron, podrían figurar arpegios suaves que suenan a sueño, conectados con palabras como sopor o fantasía, o redobles de tambor y metales majestuosos asociados a toda la imaginería de la realeza. Nadie sabe todavía de qué tamaño es el diccionario, pero dijeron que podría tener decenas, cientos o miles de entradas, y que tampoco está claro cuánto tiene que durar un pasaje musical para despertar una imagen nítida.
Tampoco es seguro que cada entrada active una película completa. Los investigadores compararon el fenómeno con lo que ocurre al leer la palabra “ladrido”, que puede evocar la idea de un perro sin necesidad de imaginar la escena con detalle. Del mismo modo, un motivo musical podría transmitir un clima de ensueño sin obligar a quien escucha a ver una imagen concreta.
El estudio trabajó con fragmentos de un minuto, lo que, según los propios autores, apenas roza la superficie del fenómeno. Quedan por explorar escuchas más largas y la influencia de factores como la formación musical, la personalidad o la intensidad con que cada persona imagina. También, qué ocurre en las primeras fracciones de segundo, para saber cuánto tarda la música en encender una imagen.
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