Por qué hay tantos brotes de enfermedades y qué se hace para evitar la próxima pandemia
El deshielo del Ártico, las guerras y las superbacterias multiplican brotes infecciosos; científicos de Cambridge trabajan para anticiparse.
30.07.2026 08:31
La sensación de que aparecen cada vez más enfermedades nuevas no es solo una impresión. Los cambios ambientales, climáticos, sociales y políticos están acelerando la aparición de patógenos desconocidos y su circulación por el mundo. Pero además, los antibióticos, que siempre nos salvaron, hoy están perdiendo la batalla contra sus nuevos rivales.
Frente a ese escenario, un grupo de científicos de la Universidad de Cambridge trabaja para anticiparse y evitar que un brote termine convertido en la próxima pandemia. Entre ellos está la doctora Charlotte Hammer, profesora asistente en Seguridad Sanitaria y Enfermedades Infecciosas de esa casa de estudios del Reino Unido, que además es epidemióloga de campo y trabajó en institutos de salud pública de Alemania, Reino Unido y Finlandia, y en la Organización Mundial de la Salud.
Cuando estalló el reciente brote de hantavirus en un crucero que partió de Ushuaia en Argentina, ella ayudó a la prensa internacional a cubrir el caso, pese a no ser especialista en ese virus. La razón está en su formación: los epidemiólogos de campo, más que especializarse en un patógeno, aprenden a responder a brotes de cualquier tipo, “incluso ante un patógeno nunca antes visto”, explicó en un artículo divulgado por Cambridge.
Buena parte de lo que le preguntaron, contó, tenía poco que ver con el virus puntual y mucho con lo básico: cómo se propagaba, qué hacer con los infectados y cómo coordinar una respuesta entre países. Y eso se puede traspolar a otros escenarios actuales que están generando preocupación.
El Ártico, un foco inesperado
Hammer estudia los riesgos emergentes que pueden derivar en epidemias y entre ellos están los que llama “riesgos en cascada”, que son varias amenazas que se combinan y se potencian. En esa línea mencionó un punto caliente de atención (aunque parezca broma): el Ártico.
En esa zona del Polo Norte ya ocurrió un brote humano de ántrax causado por el deshielo del permafrost, que va dejando al descubierto cadáveres de renos muertos por esa causa. Ese mismo deshielo hace más viable explotar las reservas de minerales, petróleo y gas, despierta los intereses de la geopolítica global, pero debilita las barreras sanitarias que la naturaleza creó.
Hammer lo grafica con un ejemplo: “Alguien se contagia ántrax cerca de un cadáver de reno en deshielo, vuela de regreso a su ciudad y recién allí enferma. Con antibióticos a tiempo suele recuperarse, pero el médico tiene que sospechar que es ántrax y cuando lo descubre, ya puede ser tarde”. Y aunque hay que aclarar que el ántrax no se transmite entre personas, el problema puede ser que “un patógeno más contagioso surgiera en condiciones parecidas”.
Con la creciente actividad en el Ártico, en vez de unos pocos infectados que quedan en la zona, podría haber personas llevando la infección a cualquier parte del mundo. Y rastrear de dónde salió un patógeno nuevo y hasta dónde llegó es difícil; el seguimiento de contactos se vuelve un desafío logístico enorme a gran escala, como mostró el Covid.
Ahí, apuntó, es clave la cooperación internacional: si los países no avisan, no comparten datos ni piden ayuda, los brotes no se contienen bien. Pero si a quienes actúan con transparencia se los castiga con prohibiciones de viaje o comercio, desaparece el incentivo para volver a compartir. Un círculo vicioso.
Guerras, heridas y bacterias resistentes
La otra zona de riesgo que identificó Hammer son los conflictos armados, con la guerra en Ucrania como ejemplo en tiempo real. En algunas áreas, dijo, se volvió a una guerra de trincheras: muchas heridas son propensas a infectarse, pero no es fácil que lleguen los antimicrobianos. Entonces, los heridos reciben atención de emergencia en Ucrania y muchos son evacuados a otros países europeos, con lo que se termina generando un escenario de alto riesgo para que emerja resistencia a los antimicrobianos y se propague.
Ese fenómeno es uno de los grandes problemas de salud del momento. Durante un siglo los antibióticos fueron medicamentos que salvaron vidas, pero cada vez más las bacterias están siendo resistentes a sus efectos y esto obliga a la ciencia a buscar alternativas. La fagoterapia es una de esas “nuevas/viejas” herramientas, como contó en una nota de Modo Saludable el uruguayo Gregorio Iraolza.
Cuando los antibióticos dejan de funcionar
La profesora Kate Baker, del Departamento de Genética de Cambridge, estudia justamente eso. La resistencia a los antimicrobianos es una amenaza global y el desarrollo de nuevos fármacos no da abasto: poco después de que un medicamento entra en uso, las bacterias desarrollan resistencia y hay que crear otro.
Para seguirle el rastro, Baker utiliza la vigilancia genómica, que permite ver cómo evoluciona y se propaga la resistencia en el mundo. Durante la pandemia de covid-19 (que era un virus y no una bacteria) se usó para rastrear las variantes del coronavirus: cuando apareció ómicron, la información genómica permitió ver cómo había mutado y decidir cómo responder. La ventaja, explicó la experta, es que un test rápido muestra que algo se propaga, pero no si el patógeno cambió, mientras que la genómica sí permite detectar lo nuevo y hacer seguimiento de sus mutaciones.
Esa infraestructura montada durante el covid se reorientó luego hacia otros patógenos. El equipo de Baker detectó una Shigella extensamente resistente, muy contagiosa, que provoca cólicos y diarrea severos. Al cruzar datos con colegas de Australia, Francia, Bélgica y Estados Unidos, vieron que ya estaba extendida por el mundo y que los tratamientos recomendados habían dejado de servir, por lo que impulsaron una actualización urgente de las guías médicas. Esta vez había un antibiótico alternativo, pero en el futuro las opciones podrían agotarse.
En parte por eso, señaló, se reforzó el desarrollo de vacunas: si no se pueden tratar las infecciones, hay que prevenirlas.
Anticiparse al próximo brote
Para estos investigadores, ya no alcanza con los enfoques tradicionales. Este año Hammer recibió financiamiento de la Academia de Ciencias Médicas para investigar por qué los brotes peligrosos son más probables en regiones con conflictos, degradación ambiental o crisis humanitarias. Busca identificar “puntos de inflexión” donde una acción temprana podría evitar que un brote escale a epidemia o pandemia.
El reciente brote de ébola en la República Democrática del Congo refleja ese patrón, dijo en el artículo publicado por Cambridge. Los eventos surgen de presiones ambientales, sociales y políticas entrelazadas que los vuelven difíciles de anticipar. El ébola y el hantavirus son patógenos distintos, pero ambos se originan en el contacto entre humanos y animales. Lo que importa, resumió, no es solo el patógeno, sino el sistema en el que aparece y el hecho de que no se puede tener una vigilancia estricta en todos lados.
Baker aplica una lógica parecida a las superbacterias: en vez de esperar a que una se haya propagado, se debe busca las señales más tempranas de que está por surgir. Con la Shigella como foco, rastrea con datos genómicos cómo se mueven los genes de resistencia, que pueden pasar de persona a persona pero también saltar de un microbio a otro. Si se logran identificar esas señales de alerta, sostuvo, se podrá predecir qué bacterias tienen más chances de volverse un problema de salud pública e intervenir antes de que sean mucho más difíciles de controlar.
“No necesariamente vamos a evitar los brotes, pero con una contención temprana podemos impedir que se conviertan en un problema global enorme”, resumió Hammer.
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