Gritar es una conducta que solemos normalizar en momentos de estrés, pero la neurociencia advierte que, en ocasiones, puede generar daños profundos. Según explica el doctor Jesús Porta Etessam, español, especialista en neurología y doctor en neurociencias, “desde la perspectiva de la neurociencia y la psicología, alzar la voz, especialmente de forma agresiva o como método de disciplina, desencadena una serie de respuestas biológicas y psicológicas con consecuencias significativas”.

Estas reacciones afectan principalmente al cerebro en desarrollo de los niños, alterando su estructura de forma permanente, dice en un artículo publicado en el sitio Ineurociencias.

El modo supervivencia

Cuando una persona es blanco de un grito, su cerebro activa de inmediato las alertas de peligro. Porta Etessam señala que en este proceso, la parte racional del cerebro (la corteza prefrontal) se desconecta temporalmente para dar dominio a las zonas más primitivas. De acuerdo con el especialista, “la amígdala, el centro neuronal del miedo, se activa intensamente ante la propiedad sonora particular del grito”. Esto ocurre porque distingue este sonido de cualquier otro ruido fuerte y explica su impacto emocional inmediato.

En este estado de supervivencia, el cuerpo libera hormonas del estrés como el cortisol y la adrenalina. Esto genera que los niños no puedan procesar instrucciones complejas y lo que hacen es “huir” o paralizarse. No quiere decir que salgan corriendo, pero esa huida se relaciona con la falta de atención o una reacción que no es la esperada por quien lanza el grito.

Por esta razón, el autor afirma que "los gritos no son solo ineficaces para modificar conductas en los niños, sino que pueden ser activamente perjudiciales".

Consecuencias estructurales y químicas

La exposición constante a este tipo de ambientes hostiles provoca cambios físicos detectables, dice el especialista y menciona que el enojo y el grito alteran el equilibrio químico cerebral: se libera noradrenalina, dopamina y glutamato, mientras disminuyen los niveles de serotonina y vasopresina.

Estos desajustes, sumados a la exposición crónica al cortisol, impactan directamente en la formación de recuerdos y la regulación emocional y pueden generar algunos efectos más permanentes, según un estudio de la Universidad de Harvard de 2015. Entre ellos:

- Cambios en la personalidad.

- Alteraciones en el estado de ánimo.

- Dificultades en la atención.

- Problemas con la estabilidad emocional.

También puede ocurrir que los niños normalicen el grito como forma de comunicación y solo presten atención o consideren que algo es importante cuando se les comunica en un volumen elevado.

El camino hacia la comunicación calmada

Para evitar estos daños, la recomendación médica es sustituir el grito por una comunicación basada en el respeto y la cercanía física. Agacharse a la altura del niño y mantener el contacto visual permite que su cerebro procese la información de manera racional, fomentando un aprendizaje real en lugar de una respuesta basada en el terror.

Como concluye el especialista, es posible cambiar estos patrones de comportamiento mediante la autogestión emocional y la consistencia en el establecimiento de límites sin recurrir a la agresión verbal.