Contenido creado por María Noel Dominguez
Modo saludable

No pienses de más

Por qué al cerebro le gustan tanto los pensamientos negativos y cómo salir de ese círculo

Venimos programados para aferrarnos al sesgo de negatividad, pero podemos cambiarlo, explica una neurocientífica.

10.03.2026 07:48

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2026-03-10T07:48:00-03:00
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El despertador no suena y, media hora más tarde de lo indicado, salta de la cama y, todavía medio dormido, se va al trabajo. Cuando está llegando a la parada, pisa un charco, se mancha la ropa, pierde el ómnibus y todo es una tragedia. “Pero qué día de porquería”, piensa (si no es afecto a vociferar malas palabras) y se toma un taxi para llegar de una vez a la oficina. Su jefe ni siquiera nota que recién entró, pero él está convencido de que todo está mal, que nada saldrá bien hoy, y así sigue, enojado, a la defensiva y pronto para reaccionar.

¿Por qué nos encanta hacernos esa trampa de pensar que todo está mal? ¿Por qué una vez que entramos en ese círculo no logramos salir de ahí? Nicole Vignola, neurocientífica y autora italiana-británica, reconocida por su trabajo en el ámbito de la neurociencia y la psicología organizacional, explicó cómo funciona el “sesgo de negatividad”, que es el que nos lleva a entrar en esas dinámicas autodestructivas, y cómo podemos salir de él.

“Nuestro cerebro prefiere prestar atención a la información negativa por razones evolutivas. Nos sirvió para comprender lo que nos podía matar o no. Así que, cuando vamos por la vida, este sesgo de negatividad puede tomar el control y empezamos a ver que la vida puede ser un poco más mala de lo que realmente es”, dijo en el ciclo Aprendemos Juntos 2030. La experta recordó que esto se suma al hecho de que los humanos manejamos más emociones “negativas” que “positivas”.

Emociones negativas y cómo salir de ahí

Miedo, tristeza, ira y asco son cuatro de las ocho emociones básicas que se suelen enumerar. Hay dos de ellas que pueden ser consideradas tanto positivas como negativas (sorpresa y anticipación) y solo dos que son solo positivas (alegría y confianza). “Y no solo tenemos más emociones negativas, sino que el cerebro también las registra más intensamente”, acotó Vignola, que explicó que “cuando la información es negativa, la tomamos de forma más personal”.

En nuestro ejemplo, el trabajador que llegó tarde seguramente reaccione enojado si un compañero le dice algo sobre su hora de entrada. Lo tomará como una agresión, cuando quizá únicamente era un chiste. “Podemos ir por la vida viendo muchas cosas negativas y pasando por alto muchas positivas; y, si hacemos eso suficientes veces, podemos reprogramar el cerebro para que solamente vea lo negativo”, explicó la neurocientífica.

“Así es como funciona el sesgo de negatividad. Cuando empiezas a decir que tienes un mal día, que no eres suficientemente bueno, que no eres capaz, tu cerebro querrá confirmar la afirmación. Y lo único que verás serán las afirmaciones que prueben que estás en lo cierto. Así que podemos reprogramar nuestros cerebros para que vean también lo positivo con prácticas como la gratitud y felicitándonos a nosotros mismos por cada victoria, por pequeña que sea”, remarcó.

La dopamina también tiene su parte buena

Vignola explicó que cuando uno se dice a sí mismo que hizo algo bien o decide “autofelicitarse”, libera dopamina y esta hormona (que tiene su mala prensa hoy por el exceso que genera la cultura de la recompensa inmediata) “estimula el sistema de aprendizaje basado en la recompensa que nos dice que hemos hecho algo que nos ha hecho sentir bien y que hay que seguir haciéndolo”. “Pero cuando pensamos de forma negativa, no producimos dopamina, así que nos quedamos atrapados en un bucle sin ningún cambio”, agregó.

Entonces, tanto para sentirnos mejor ante un día que comenzó mal como para cambiar un hábito que sabemos, la práctica de felicitarse por pequeñas victorias es una buena forma de avanzar. “Seguiremos liberando dopamina, seguiremos sintiéndonos bien y empezaremos a verle lo positivo a la vida, que quizá no es tan mala como la pintamos”, dijo la autora del libro “Neurohábitos”, editado en 2025 y traducido a 16 idiomas.

“Si piensas negativamente sobre ti mismo, tus acciones harán lo mismo y luego lo harán tus creencias, y tus creencias desencadenarán tus emociones. Y así se convierte en un ciclo que puede parecer difícil de romper. Por eso es importante que no nos hablemos negativamente”, dijo la científica y recalcó que ese “ciclo de autodesprecio se refuerza a sí mismo”.

No al positivismo tóxico

Vignola aclaró que tampoco se trata de mentirse o decirse que uno es el mejor en todo, pero en lugar de convencernos de que no servimos para nada, o no somos “suficientemente buenos” podemos apelar al “todavía”. “No soy tan bueno en esta actividad todavía, estoy aprendiendo”. “Eso le da un giro neutro, te da poder para recordarte que eres capaz de este cambio”, dijo.

De esa forma se refuerza la “autoconfianza”, que es la que luego ayudará a cumplir las metas que cada uno se vaya poniendo. “Al reforzar la autoconfianza, creemos en nosotros mismos, creemos en nuestra valía y tenemos pruebas de que somos capaces”, indicó.

Las emociones positivas y su aporte

Hay distintas clasificaciones según los autores que se estudien. Vignola apuntó a 8 emociones básicas, pero también hay quienes mencionan seis. Es el caso de Daniel Goleman, autor del best seller “Inteligencia emocional”, que habla de:

1.       miedo

2.      tristeza

3.      ira

4.      alegría

5.      sorpresa

6.      aversión

El autor apunta en su famoso libro a los beneficios que tiene en la vida de las personas el conocimiento y gestión de las emociones e incluso recuerda que ver el lado positivo puede contribuir con la salud.

“Si las diversas formas de la angustia emocional crónica pueden llegar a ser nocivas, la gama opuesta de emociones puede ser, hasta cierto punto, tonificante. Pero con ello no estamos diciendo que las emociones positivas sean curativas ni que la risa o la felicidad puedan, por sí solas, invertir el curso de una enfermedad grave. Su efecto tal vez sea muy sutil, pero los estudios realizados sobre miles de personas no dejan lugar a duda sobre el papel que desempeñan las emociones positivas en el conjunto de variables que afectan al curso de una enfermedad”, señala.