Piloto automático: ¿por qué hacemos cosas sin darnos cuenta?
Volver a mirar si la puerta quedó cerrada o si apagamos la cocina es normal y un científico se dedicó a estudiar por qué ocurre.
Pocas sensaciones tan comunes como la de estar a media cuadra de casa y tener que volver porque no nos acordamos si la puerta quedó cerrada con llave. Las chances de que haya quedado abierta son pocas, pero el hecho no quedó registrado en la memoria y, por las dudas, es mejor prevenir. Pasa con la hornalla, con una bolsa que no sabemos dónde dejamos o con el viaje en ómnibus que, de pronto, ya terminó y no nos dimos cuenta de cuánto tiempo llevábamos ahí arriba.
Al neurólogo estadounidense Hal Blumenfeld le ocurrió algo parecido en una piscina. Cuando terminó de nadar, fue a buscar su reloj en el borde, por donde había entrado, y no estaba. Mientras hacía su rutina de natación, lo había movido al otro extremo, pero no tenía recuerdos de eso. “No tenía idea de que había hecho eso, pero claramente lo hice”, contó en una nota de la Facultad de Medicina de la Universidad de Yale, donde es profesor de Neurología.
Lo que para la mayoría queda en anécdota se volvió para él objeto de estudio. Junto a David S. Jin, exdoctorando de neurociencia en Yale, dirigió un trabajo publicado en la revista PNAS Nexus que rastreó qué ocurre en el cerebro cuando hacemos algo y lo registramos, y en qué se diferencia de cuando actuamos en piloto automático.
Antes o después del movimiento: un dilema de 130 años
El artículo publicado en la web de la universidad recuerda que, a fines del siglo XIX, los psicólogos William James y Wilhelm Wundt plantearon teorías opuestas sobre cómo nos damos cuenta de lo que hacemos. James sostenía que esa conciencia llega después de la acción, a partir de las sensaciones del cuerpo, y Wundt decía que surge antes, cuando el cerebro planifica el movimiento. Pero ninguno de los dos tenía cómo probarlo.
La idea de Jin fue adaptar Rush Hour, un juego de ingenio en el que hay que mover autitos sobre un tablero para abrirle paso a uno que tiene que salir. Los participantes de su investigación tenían que jugar mientras miraban videos que debían memorizar y, cada tanto, les preguntaban cuál había sido su último movimiento y qué tan seguros estaban. Si acertaban con confianza, la jugada se consideraba consciente; si se equivocaban y dudaban, inconsciente.
“Cuando uno maneja de un punto A a un punto B, se baja del auto y piensa: ‘¿Cómo llegué hasta acá?’, quería recrear esa sensación en una tarea de comportamiento”, explicó Jin.
Qué pasa en el cerebro cuando sí registramos lo que hacemos
Con electroencefalografía, el equipo midió la actividad cerebral de 67 personas y encontró diferencias entre las jugadas conscientes y las inconscientes tanto antes como después del movimiento. En las primeras era más intensa una señal ligada a la planificación motora, llamada positividad premovimiento, y también otra, la N140, asociada a las sensaciones del cuerpo. Pero ninguna de las dos alcanzaba por sí sola para asegurar que la persona recordara el movimiento.
“Resulta que James y Wundt tenían razón los dos”, dijo Blumenfeld, director del estudio. “Tanto las señales relacionadas con la voluntad como las relacionadas con la percepción son mayores cuando somos conscientes de lo que hacemos”, explicó.
Cansancio y distracción, el tercer factor en juego
Hubo además un elemento que ninguno de los dos teóricos había previsto: a medida que avanzaba la sesión de juego, las pupilas de los participantes se achicaban, algo que los investigadores tomaron como señal de una alerta en descenso, y en paralelo disminuía la conciencia sobre las propias jugadas.
“A medida que avanzaba la tarea, los participantes se aburrían un poco más, se cansaban un poco más, se distraían un poco más”, explicó Blumenfeld. “Sus pupilas se hacían cada vez más chicas y eran cada vez menos conscientes de lo que estaban haciendo”, agregó.
Para el neurólogo, que intervengan tantas señales tiene una lógica de fondo: “La conciencia es tan importante que, en términos evolutivos, tiene sentido que haya redundancia”.
Pero lejos de presentarla como una falla, Jin describió la falta de registro como un rasgo útil del cerebro. “Ser consciente de tus acciones todo el tiempo sería horrible”, aseguró. “Quizás sea la falta de conciencia de la acción lo que permite que la vida cotidiana fluya sin trabas. Imaginate ser músico y tener que pensar cada nota, momento a momento”, ejemplificó.
En el plano clínico, según Yale, las mismas señales que aparecieron debilitadas en las jugadas inconscientes también están disminuidas en personas con Parkinson, y se observan alteraciones parecidas en la esquizofrenia y tras un ataque cerebrovascular, cuadros en los que no registrar bien las propias acciones pesa en el diagnóstico y la rehabilitación.
El próximo paso del laboratorio será la resonancia magnética funcional, que permite ubicar con más precisión las zonas involucradas, incluidas regiones profundas a las que el electroencefalograma no llega. “Básicamente abre toda la otra mitad del campo”, dijo Blumenfeld.
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