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Sorry

Perdonar es mejor para la salud que guardar rencor: la explicación científica

Por qué guardar rencor activa el sistema de estrés y qué muestran los estudios sobre perdón, sueño, ansiedad y salud cardiovascular.

21.07.2026 07:46

Lectura: 4'

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Hay insultos o agresiones que se archivan y se olvidan, pero otros están ahí, prontos para volver cada tanto y encender una llamita de rencor. Una canción, un lugar, un nombre que aparece en una conversación ajena los trae y el cuerpo reacciona como si aquello hubiera pasado ayer. Guardar esas broncas genera tanto daño como el episodio original y las investigaciones sobre el tema lo marcan como un claro problema para la salud.

En un interesante artículo publicado por el Greater Good Science Center, Emiliana Simon-Thomas, doctora en Cognición, Cerebro y Comportamiento por la Universidad de California en Berkeley, revisó se sabe sobre el vínculo entre el rencor y la salud física.

Qué significa perdonar, y qué no

La autora marcó un punto de partida un poco contraintuitivo: guardar rencor suele parecer lo correcto. Para explicarlo, menciona la definición de perdón de Everett Worthington, especialista en el tema de la Universidad Commonwealth de Virginia, quien señala que perdonar consiste en reducir los pensamientos, emociones y comportamientos negativos hacia quien causó el daño y reemplazarlos por otros positivos.

Sin embargo, eso no significa que perdonar sea indultar, excusar o justificar el daño, marca ella. Y mucho menos, que perdonar implique reconciliarse con la otra persona. “Perdonar no es una estrategia para caer en la complacencia cuando nos tratan mal; no significa racionalizar ni justificar una conducta dañina para poder seguir soportándola”, escribió.

Esta distinción no es menor, porque si alguien entiende que perdonar significa volver a estar juntos, por ejemplo, entonces perdonar sería pasarle por arriba al dolor propio e invalidarlo. Y ahí es cuando el rencor aparece como la opción más lógica.

Por qué el resentimiento se siente razonable

“Tengo razón y quien me hizo daño está equivocado” es una posición clara, fácil de entender y que no obliga a pensar demasiado. El cerebro prefiere estos atajos y la autora la describe como una “operación de bajo costo cognitivo”. En la vereda opuesta está el perdón, que exige reconocer los sentimientos negativos y trabajarlos hasta transformarlos en algo más comprensivo.

Además, la lógica de no perdonar está apoyada por la sensación de protección. El resentimiento empuja a la evitación total: no volver a cruzarse, no volver a hablar, no volver a exponerse.

Y hay un tercer componente, que es menos confesable en público, pero queda en evidencia cuando se analiza a fondo: diversos estudios documentaron que presenciar el castigo de quien nos hizo daño activa las vías de recompensa del cerebro. Imaginar que alguien rinde cuentas produce satisfacción anticipada, y esa satisfacción alimenta las ganas de sostener el rencor.

El cerebro no distingue entre pasado y presente

En este punto es cuando aparece el costo de no perdonar. El sistema nervioso tiene dos ramas principales: la simpática, que sostiene las respuestas rápidas de lucha o huida, y la parasimpática, que está ligada al descanso, la digestión y el cuidado. Entre ellas dialogan permanentemente y regulan oxígeno, glucosa en sangre y hormonas según lo que exija la situación.

Cuando aparece una amenaza o un recuerdo doloroso, domina la rama simpática. Cuando hay seguridad y afecto, prevalece la parasimpática. Hasta ahí, todo bien. Pero el problema es que las emociones sanas son transitorias por defecto: surgen, generan la respuesta y se van. Mientras, el rencor mantiene encendidas las respuestas y las alertas. El cerebro se orienta hacia lo negativo, aunque no nos guste.

Entonces, queda claro por qué no es bueno guardar rencor. Según Simon-Thomas, las emociones negativas persistentes y recurrentes sobreactivan el sistema simpático, lo que equivale a un estrés crónico que puede elevar la presión arterial, perjudicar la respuesta inmunológica, aumentar el riesgo cardiovascular y alterar el sueño.

Varios estudios a gran escala vincularon el perdón con menor mortalidad, recuerda la autora y se plantea una interrogante sobre esto: "¿Son las personas indulgentes más sanas, o son las personas sanas más indulgentes?".

Simon-Thomas cuenta en su artículo que, cuando enseña este tema, siempre hay un grupo que rechaza el perdón con orgullo. Su respuesta es que la rigidez, la desconfianza y la compartimentación emocional que acompañan al rencor terminan costando más, y por más tiempo, que el esfuerzo inicial de abrirse. “Perdonar no es un regalo para compensar el daño causado. El perdón es un salvavidas que nos equilibra fisiológicamente y fortalece nuestra resiliencia”, concluyó.