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Creer o reventar

Noelia Pace, médium y vidente: “La muerte es una transformación que vivimos a diario”

La argentina estuvo en Montevideo, habló de su libro, de su labor de comunicarse con las almas y desafío a los escépticos: “no me crean”.

13.10.2026 07:00

Lectura: 17'

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Por Patricia Vicente.

Una entrevista con Noelia Pace no es una entrevista más. Quien se sienta a conversar con ella puede creer en su mensaje, puede ser escéptico, descreído o incluso rechazar de plano todos y cada uno de sus postulados, pero seguramente salga de allí con una sensación de haber tenido una charla enriquecedora. Porque la argentina, que es médium, tanatóloga, vidente y escritora, explica lo que hace desde la mayor paz y sinceridad, sin confrontar y, de hecho, no solo acepta que no le crean, sino que lo propone.

“Yo siempre digo: no me crean a mí, crean en la energía, en las almas”, dijo en la entrevista que dio a Modo Saludable en ocasión de su pasaje por la Feria Internacional del Libro de Montevideo, donde presentó “Sesión abierta”. Así se titula su último libro y también la presentación teatral que vendrá a hacer en noviembre, en el Teatro El Galpón.

En ambos cuenta que acompaña a las personas en su muerte, que puede comunicarse con sus almas luego de que el cuerpo físico ya “cerró su ciclo” y relata cómo ha sido su vida desde que, a los 6 años, “conectó” por primera vez con alguien que ya no estaba vivo.

Aquí la entrevista.

—No puedo negar que soy escéptica ante lo que planteás y realmente, para llegar a creerlo, necesitaría que me pasara a mí. ¿Qué le decís a quienes, como yo, te plantean esto?

—Si solamente me escucha o me lee el que cree en estas cosas, sería aburrido. Siempre les digo a todos: no me crean a mí, hay que creer en la energía, en las almas. Yo soy médium, paso información.

Y lo que pasa en Sesión Abierta, ya sea en el teatro o en el libro, es que abre el juego a que te pase, a que sientas lo que te pasa, a que no reniegues de esas señales que muchas veces, por el temor al que dirán, te reprimís. Abre juego también a entender de qué estamos hechos, por dónde vamos y qué nos pasa con la muerte del otro.

—Hablando de señales, en el libro mencionas, por ejemplo, a los colibríes o mariposas que aparecen y nos “traen” a esas personas que ya no están. Pero también hablás de los sueños. ¿Qué diferencia hay entre una señal y un recuerdo? ¿Recordar y conectar es lo mismo?

—Hay una diferencia entre soñar con cosas vividas con alguien y soñar que hay un encuentro donde vos reconocés que el otro está muerto y vos vivo, y entablan una conversación. A veces uno sueña con alguien que está muerto y ve situaciones que compartieron y te trae esa sensación de “qué lindo verte”. Pero es otra cosa si en el sueño ves que el otro está, sabes que está muerto y sin embargo hablan de cosas actuales y sentís el aroma del lugar y sentís la calidez y su abrazo y te despertás como diciendo: “No, no puede ser”.

—¿Esa es la diferencia entre recordar y conectar?

—Esa es la diferencia. Las señales son otra cosa: son un código sagrado entre alma y alma. Al alma sobre plano terrenal, sobre cuerpo físico, se le llama espíritu, porque respira. Para comprender todo esto hay que enseñarle a la gente que el ser humano es energía, y que necesita de energía para todo su funcionamiento. Esa energía está en el oxígeno, en la respiración, que activa las células y ellas activan todo el proceso que lleva adelante esta máquina. Y hay un detallito: el alma se aloja en los microtúbulos de las células cerebrales. Esto lo indica un estudio científico hecho hace muchos años, en el que determinaron cómo, energéticamente, el desprender del alma genera cambios en el cuerpo físico. Está comprobado, incluso por experiencias cercanas a la muerte, cómo responde el cuerpo físico en ese proceso de desprendimiento del alma; cómo responde ante la muerte física declarada y cómo responde estando vivo. Así que entender un poco todo lo que va de señales y demás tiene que ver también con cómo nos entendemos como energía. El ser humano habla de energía, pero no se concibe como energía.

—¿Y eso por qué es?

—Porque no nos enseñan, porque cuando vamos al secundario o al liceo aquí, a la profesora de biología nadie le da bolilla. Es ahí donde empezás a entender esto de los átomos, neutrones, protones, toda la composición que tiene el cuerpo físico, que es energía.

Foto: Gentileza Cámara Uruguaya del Libro

Foto: Gentileza Cámara Uruguaya del Libro

—Y cuando te referís a cómo responde el cuerpo cuando muere en cuanto a la energía. ¿Cómo responde?

—Sigue emitiendo energía.

Yo soy médium, tanatóloga y ahora estoy estudiando tanatopraxia, que es la preparación del cuerpo fallecido. Cuando el cuerpo comienza su proceso hacia la muerte física, pasa por diferentes transformaciones. Entre ellas, por ejemplo, el sentido del oído, que es el último que se apaga. La piel, que es el órgano más extenso, que nos permite el sentido del tacto, también emite energía aun cuando ya fue declarada la muerte física. Una persona que está muriendo comienza a tener una baja de temperatura y se nota en las uñas, en los dedos de los pies, incluso en su circulación. Al ser declarada muerta, comienza a enfriarse, pero posteriormente a eso otra vez se eleva su temperatura. Y todo eso es un proceso energético.

Una persona que no esté inmersa en estas cosas va a entender que está muerto, que no vive más y que se terminó. Pero la muerte es una transformación que vivimos a diario. Vos te vas a dormir y te morís. ¿O tenés certeza de que te vas a despertar mañana?

—Pero al dormir no morís. El corazón sigue latiendo.

—Yo creo que si alguien se tomara el trabajo de mirar a alguien durmiendo hasta los niveles de profundidad, se daría cuenta de cómo pasa de un ritmo cardíaco activo a más lento, a muy, muy pausado, o incluso están los que hacen apnea o los que hacen desprendimiento astral, que la gente a veces registra y a veces no. Y es una muerte, porque certeza de que vos te despertás mañana, no tenés.

—Volviendo a ese proceso que describías de alguien que se está muriendo y que el cuerpo, de alguna forma, “avisa”. ¿Pero qué pasa en los casos de personas que mueren, por ejemplo, sin estar enfermas? Se acuestan a dormir y no despiertan más. ¿Cómo se manifiesta ese proceso?

—Yo me acuesto al lado de mi marido, nos vamos a dormir y yo muero en el transcurso de la noche. Hasta que él no se despierta, no se entera, pero el proceso pasa. Lo que no pasa es que nosotros, los vivos, queramos advertirlo.

Hace muchos años, cuando yo era niña, no tendría más de 10 años, mi papá tenía un negocio. Un día vino una señora y le dijo: “¿Sabes Miguel que no se despierta mi marido?”. “Pero Elisa, ¿cómo que no se despierta? ¿Se siente mal?”, le respondió mi padre. Yo andaba por ahí y le dije: “Está muerto, murió hace horas”. Mi padre me miró como diciendo: “¿Cómo me vas a decir una cosa de esas?”, no sabía qué hacer conmigo. La señora abrió los ojos, parecía estallada.

Entonces, llamaron a una ambulancia, llamaron al hijo del matrimonio, fueron hasta la casa y yo me quedé sentada en la puerta del negocio, con mi mamá. “Pero qué cosa, ¿por qué no me creen? Está muerto”, le decía. Y efectivamente, estaba muerto. Ella durmió toda la noche, se levantó, hizo todo lo que tenía que hacer y no se enteró. Nosotros no queremos ver la muerte, el ser humano no quiere ver la muerte, le rehúsa, la rechaza, se esconde.

Y en realidad, en el proceso que se lleva ante la muerte física, en estas agonías, que muchas veces acompañamos, el alma comienza un proceso de ida y vuelta, de viaje, entendiendo dónde está, cuándo se va y de poder comprender que sigue en conexión, pero no sobre un cuerpo físico.

—Y eso, desde el total escepticismo, te pregunto: ¿Cómo llegaste a saberlo?

—Primero, porque tengo una formación espiritista y esotérica; segundo, porque estudio mucho. Acabo de hacer un Diplomado en Experiencia Cercana a la Muerte, con médicos españoles especialistas en emergentología. Entre ellos, la doctora Luján Comas, que es una eminencia. Y además, por una cuestión de investigación.

Yo empecé a los 6 años a conectar. Luego empecé en mesas de espiritismo, a los 12, y empecé a conocer todo este movimiento energético: qué le pasa al alma, al cuerpo. Después, a los 16, tuve la bendición de que mi madre espiritual me acompañara en un proceso de entender, y después estudié mucho de filosofía, mucho de teología. Amo aprender, informarme, incluso de lo biológico: ¿Qué pasa con el cuerpo? ¿Cómo pasa? Pero el ser humano escapa a eso.

Me ha tocado acompañar a personas en agonía y he evaluado todos sus procesos. Por ejemplo, cuando la persona empieza a nombrar a los que no están para nosotros, pero sí están para ellos, porque los ven. También pasa por darse cuenta de cómo van cambiando los ritmos del cuerpo, incluso cómo va cambiando el vínculo con las personas que lo rodean. La agonía es uno de los procesos que la gente más detesta. El proceso de duelo anticipatorio es una negociación constante con uno, con Dios, para que se lo lleve, para que no sufra más; ¿por qué no se muere de una vez? ¿Por qué sigue acá?

—Y para no sufrir uno mismo, tampoco.

—Sí, porque no es tanto lo que le pasa al otro, es lo que no aguanto yo. Que no aguanto más verlo así. Pero el cuerpo físico lleva su tiempo y el alma tiene un ciclo.

Foto: Difusión

Foto: Difusión

—En el libro y en tus charlas, vos sostenés que todos podemos conectar. Pero ¿por qué a vos eso se te despertó a los 6 años y a mí, o a la mayoría de las personas, que también podríamos conectar, no nos pasa?

—En realidad, no es que no te pase, es que te negás. Yo digo que cada uno de nosotros viene a esta vida con un don. El mío es comunicar lo de las almas y ese despertar de conciencia. El tuyo es de comunicar a través de otra forma. Un pintor comunica a través de la imagen. Yo creo que no es que no podemos, es que nos limitamos al entorno social, al qué van a pensar. ¿Cómo voy a decir que hablo con un muerto? Pero todos hemos tenido muertos en nuestra vida. ¿Y qué pasa con ellos cuando decimos “yo sé que están conmigo”? ¿Cómo lo podés explicar?

—Yo nunca sentí que conecté con alguien que murió.

—Pero conectaste sin saber.

—Pero no tengo prueba de eso. Sé que recuerdo o pienso en esa persona, pero no puedo definirlo como una conexión.

—¿Y qué te pasa en el cuerpo cuando vos decís que está conmigo?

—No digo “está conmigo”, digo “me acuerdo de...”.

—Le buscás un lugar más racional.

—Sí. Pero entiendo que vos planteás que es un tema más bien cultural o social. Que uno no se permite creerlo o definirlo como conexión.

—Cultural y familiar. Si una persona viene de una familia en la que el ritual de la muerte está muy aceptado y se mantiene, va a vivir la conexión de otra manera. Lo que pasa es que la gente, sobre todo en esta época, cree que la conexión pasa solo por el celular, y no tiene en cuenta que conectar también es la imagen del recuerdo. Estás oliendo el aroma de una comida y automáticamente viene a tu mente la imagen de tu abuela. Eso es conexión. Quizás se trata de romper la estructura de cómo nos limitamos, a veces hasta por preservarnos.

—Y cuando hablamos de muertes tras enfermedades largas o agonías prolongadas, en las que la biología determina que hasta acá llegó esa vida, porque el cuerpo no resiste más, ¿cómo se explica el papel del alma?

—Es la biología y no lo es. Hay personas que viven años enfermas y ni los médicos entienden cómo esa materia se sigue sosteniendo. Eso habla del trabajo que hace el alma sobre el cuerpo físico, que genera un estado de voluntad de existencia.

Hay personas que tienen varios intentos de suicidio —esto lo fui aprendiendo con sesiones de contacto y terapias transpersonales que hago— y dicen: “no tengo más ganas de vivir, no sé cómo salirme de este cuerpo”. En esos intentos, el alma se desprende, genera como un estado de agotamiento: la materia sigue, pero el alma va a otro tiempo. Y lo mismo pasa cuando alguien está tanto tiempo enfermo y se dice que murió porque el cuerpo físico no dio más. En realidad, cuando muere, el alma ya se retiró.

Lo voy a explicar más claro aún. De las personas con Alzheimer o demencia senil se suele decir que “están como en otro mundo”, que hablan como si tuvieran una vida paralela, pero su cuerpo físico sigue funcionando. El alma se desprende, porque ya entendió que esta vida no la quiere, que no es el tiempo, pero su cuerpo físico tiene que continuar. Es muy loco de entender y lleva mucho tiempo explicar un montón de procesos que se dan.

Incluso, en casos de eutanasia o de muerte digna, como se llama en Argentina, cuando vienen a mí, en sesiones privadas y me dicen que tuvieron que autorizar la sedación y sienten que “mataron” a ese ser querido, yo les explico que no. Al cuerpo físico vos lo vas a poder sedar, pero no está establecido que una vez que empieza la sedación se muere. Hay personas que llevan tiempos hasta impensados para el mismo médico. Porque más allá del cuerpo físico, que va a detener su funcionamiento, hay algo superior: el alma, la conciencia en estado amplificado, que es la que decide cuándo se retira y deja que el cuerpo físico haga su cierre.

Te cuento un ejemplo. Hace 2 años, estando aquí en Montevideo, mi mamá entró en su desprendimiento. Era 5 de noviembre y la médica me dijo que iban a comenzar la sedación y quería esperar a que yo volviera. Eso iba a ser recién el 9, entonces, le dije que comenzara cuando lo considerara apropiado. “Mi mamá ya está en desprendimiento”, le expliqué. Yo tenía que hacer dos funciones acá y cuando terminé me fui al hotel y comencé a acompañar su desprendimiento vía llamada. La sedación empezó a pasar cuando yo estaba en función y mi mamá murió a las 00:07 del 9. Era el tiempo que tenía que recorrer ella, pero el desprendimiento real comenzó el día 7, la última vez que se sacó la mascarilla y, en una videollamada, me pudo hablar. Entonces, vos entendés cuando el alma dice: “Bueno, ahora sí, que siga el proceso del cuerpo”.

—Hay casos en que se dice que una persona “no se murió hasta que no vio a la hija” o “no se murió hasta que llegó su esposo”, por ejemplo. ¿Eso pasa?

—Que nadie piense que el otro no muere hasta que vos llegás. Existe esa mística, pero yo, que tuve la oportunidad y la bendición de acompañar muchas muertes, sé que el alma comienza su proceso cuando lo tiene que comenzar.

—¿Y no hay ningún factor externo que pueda alterar eso?

—No. Lo que pasa es que siempre es más romántico decir: “Mi mamá abrió los ojos cuando me vio”. Muchas veces, abren los ojos porque están viendo a los otros que creían que ya no estaban y en realidad se muestran energéticamente. Las personas que están en agonía suelen decir que ven a un pariente que ya falleció, por ejemplo, pero nosotros no lo vemos.

—Y un médico o un científico, ¿qué te dice sobre esto?

—Cursando el Diplomado de Experiencia Cercana a la Muerte, tuve que dar un examen que consistía en hacer un debate entre dos grupos. Uno argumentaba a favor de todo esto que estamos hablando y otro en contra. A mí me tocó estar en el segundo y tuve que estudiar sobre cuestiones de neurología, de psiquiatría y pensaba: “¿Cómo van a decir esto?”. Pero tenía que hacerlo y te puedo decir que, con el correr de los años, cada vez más médicos se están humanizando más y están entendiendo más el proceso. Obviamente, hay una parte de la medicina que considera que estoy loca, pero no me asusta. Hace 40 años que hago esto y está siempre el debate y te examinan y te buscan todo lo que puedas imaginar, hasta que lo hacés con su abuela, su tía o su madre y ahí la cosa cambia.

Creer o reventar

Noelia Pace contó dos anécdotas vinculadas con personas que estaban cerca de su muerte, que vale la pena conocer.

La primera:

“Un médico psiquiatra tuvo una consulta conmigo, porque su padre estaba en cuidados paliativos, no hablaba y cada vez estaba peor. Entonces, hicimos una sesión con toda su familia, en presencia de su padre, por medio de una videollamada. Allí estuvieron el psiquiatra, su padre, su madre y un hermano o hermana. Cuando empezamos la sesión, yo dije: “Voy a transmitir lo que él quiere decir y les va a dar indicios, cosas muy puntuales que solo ustedes saben”. Él empezó a hablar a través de mí, empezó a transmitir un montón de información y se agarraban la cabeza con datos que daba.

En un momento, le dije: “Ayudanos a que ellos tengan la certeza de esto que estoy transmitiendo, hacé un esfuercito más y danos una señal física”. Y el hombre levantó su dedo pulgar.

El segundo caso, que definió como “sumamente impactante”:

“Yo estaba en mi casa en Mar de Plata y vi un mensaje que me había escrito un padre, en el que me decía: ‘Mi hija está internada en terapia intensiva, no sabemos qué hacer’. Entonces, le dije que me pasara su número y le escribí. Solamente le pedí el nombre de la hija, la edad y el diagnóstico, y que hicieran silencio.

Ella se llamaba Mía, lo puedo decir, porque sigo en contacto con los papás. Estábamos en una llamada, ni siquiera era videollamada, y empecé a transmitirles qué quería Mia. Ella transmitía una canción, el muñeco que quería que le llevaran y la ropa que quería que le pusieran, e incluso dónde estaba esa ropa, porque su madre la venía buscando hacía tiempo y no la encontraba. Cuando terminamos, les dije que los llamaba en dos horas.

Volví a llamar y habían encontrado el muñeco, la ropa que faltaba, habían llevado todo al sanatorio, como ella había pedido, y comenzó el proceso de transformación de Mía, que murió poco después. Esos padres, pese al dolor terrible, pudieron hacer su transición de una manera más tranquila.

Entonces, cuando alguien viene y me dice que esto es o no es cierto, yo solo dejo que pase”.