No siempre es cariño: por qué a veces los gatos se lamen para molestarse
Un estudio analizó videos caseros y descubrió que el mismo gesto puede ser afecto o una manera sutil de fastidiar al otro.
31.07.2026 09:00
Un gato dormita al sol junto a la ventana, plácidamente, mientras otro se le acerca, se sienta a su lado y empieza a lamerle la cabeza. La escena parece la postal perfecta de la convivencia felina: dos animales que se acicalan, que se cuidan, que se quieren. Pero a veces termina de otra manera: el gato lamido se incorpora, se aleja y cede el lugar más codiciado de la casa. Eso le pasó a una científica, que decidió estudiar si es que los michis son tan amorosos o es que, detrás, había otra intención.
Un estudio publicado en la revista científica Applied Animal Behaviour Science sugiere que lamer a otro gato —un comportamiento llamado aloacicalamiento— no siempre es una muestra de afecto. La investigación, realizada por especialistas en comportamiento felino de la Universidad de Gante (Bélgica) y la Universidad de Lincoln (Reino Unido), concluye que ese lamido puede cumplir al menos dos funciones sociales distintas y, a veces, opuestas.
Un gesto que se creía siempre amistoso
El aloacicalamiento está muy extendido en el reino animal: lo practican primates, aves, caballos e incluso insectos. Suele concentrarse en zonas del cuerpo difíciles de alcanzar por cuenta propia, como el cuello o la espalda, y por eso se lo había interpretado como un acto de cooperación que refuerza los vínculos del grupo. Para los gatos regía la misma lectura.
“Hasta ahora, el acicalamiento mutuo en los gatos se había clasificado como un comportamiento afiliativo, o ‘amistoso’”, dijo Noema Gajdos Kmecova, investigadora del comportamiento felino en la Universidad de Gante y una de las autoras del trabajo.
Morgane Van Belle, autora principal del estudio, fue la que propuso el estudio tras ver la actitud de sus gatos en la ventana. “Vi unos comportamientos de acicalamiento raros en mis propios gatos y dije: ‘Esto no es nada amistoso’”, recordó, según recoge una nota del New York Times.
Para comprobar si el patrón se repetía, su equipo reclutó 53 hogares europeos con dos gatos cada uno y pidió a sus dueños que filmaran las interacciones. Luego seleccionó al azar un video por hogar y analizó, con herramientas estadísticas, qué ocurría antes, durante y después de cada lamido.
El análisis reveló dos escenarios. En el primero, el lamido coincidía con lo esperado: los gatos se acicalaban la cabeza, el cuello o las orejas y tendían a imitar la postura del otro, acurrucados o sentados lado a lado antes y después. Eran gestos claramente amistosos.
Pero el segundo era la paz que antecedía al conflicto. Cuando los lamidos se daban en posturas asimétricas: un gato permanecía de pie y lamía a otro que estaba sentado, o viceversa, y a continuación aparecían señales de estrés en el animal lamido (miradas fijas, maullidos, movimientos de orejas o zarpazos), entonces el acicalamiento tenía como intención molestar.
“Según nuestros hallazgos, el acicalamiento mutuo está asociado al menos a dos contextos: no solo al vínculo social, sino también a la tensión social”, dijo Kmecova.
Una molestia para evitar la pelea
De todos modos, hay que restarle maldad a los gatitos. Los autores plantean una hipótesis: un lamido incómodo puede ser una forma de fastidiar a otro gato sin llegar a la pelea. Mientras un enfrentamiento abierto arriesga heridas, una lamida insistente y bien ubicada bastaría para desalojar al “amigo” del lugar disputado.
El estudio matiza así una vieja discusión, que oscilaba entre ver el aloacicalamiento como señal de cohesión del grupo o como mecanismo para redirigir la agresión: para estos investigadores, ninguna explicación única alcanza, y es el contexto el que define la función en cada momento.
Foto: Freepik
Qué mirar en casas con varios gatos
El hallazgo tiene una utilidad concreta para quienes conviven con más de un gato. Buena parte de la tensión entre felinos domésticos es sutil y sostenida en el tiempo, y pasa inadvertida justamente porque no incluye peleas evidentes.
Organizaciones como International Cat Care y las guías de la Asociación Estadounidense de Veterinarios de Felinos (AAFP) recomiendan observar quién se retira cuando otro gato entra a una habitación, quién mira fijo a quién y quién bloquea el acceso a la comida o a la bandeja sanitaria. A esa lista de señales, el nuevo estudio suma una menos obvia: el lamido no deseado.
A diferencia de otras especies, los gatos no son animales de vida grupal por naturaleza, y compartir espacio y recursos puede resultarles estresante. La recomendación más difundida entre especialistas es la regla “n+1”: ofrecer un recurso más que la cantidad de gatos —comederos, bebederos, bandejas sanitarias y lugares de descanso—, distribuidos por la casa de modo que ningún animal pueda monopolizarlos ni obligar a otro a pasar frente a él para acceder. Ante cambios de conducta conviene además descartar causas médicas y, si la tensión persiste, consultar a un veterinario o a un especialista en comportamiento.
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