Microbiota intestinal: hacia una nueva cartografía de la salud
Un vasto ecosistema de microorganismos convive con nosotros y participa de múltiples funciones del organismo.
Dentro del aparato digestivo existe una comunidad de microorganismos tan numerosa como diversa. Bacterias, virus, hongos y otros microorganismos conviven, interactúan entre sí y mantienen una relación permanente con el organismo humano. No se trata de un conjunto estático: su funcionamiento cambia a lo largo de la vida y está influido por múltiples factores, entre ellos la alimentación, el nacimiento, la lactancia, los medicamentos, el ambiente, la actividad física y el estrés.
La mayor concentración se encuentra en el colon, donde se producen numerosas transformaciones metabólicas a partir de los componentes de los alimentos que llegan hasta ese tramo del aparato digestivo. El desarrollo de la metagenómica permitió estudiar no sólo qué microorganismos están presentes, sino también qué hacen y cómo interactúan con el organismo.
El doctor Silvio Schraier, médico nutricionista y diabetólogo, solía explicar que se trata de un campo todavía en expansión del que “cada día vamos sabiendo un poco más”. Ese conocimiento se construye en un recorrido que va desde la investigación básica hasta los estudios en humanos y su progresiva incorporación a la práctica clínica. Por su parte, la licenciada en Nutrición Guadalupe Benavidez propone pensar el microbioma como un “órgano virtual”. “No se trata de un órgano anatómico convencional, sino de una comunidad cuyas capacidades metabólicas complementan las del organismo humano”, afirma. También lo describe como una enorme “usina metabólica”, una fábrica de transformación alojada en nuestro organismo.
El doctor Schraier reforzaba esa idea al sostener que “hoy en día, hablar de la microbiota como si fuese algo ajeno a nosotros sería un error conceptual”.
De allí surge también el concepto de holobionte, utilizado para pensar al organismo humano en asociación con las comunidades microbianas que lo habitan. La noción no reemplaza la biología humana por una “biología de las bacterias”, sino que permite considerar que parte de nuestra fisiología se construye en interacción con microorganismos. El cuerpo deja así de aparecer como una unidad aislada y comienza a entenderse como un sistema de relaciones.
Los primeros pasos de un ecosistema
La microbiota necesita un proceso de construcción. No aparece completamente formada en la vida adulta. Su configuración comienza muy temprano y atraviesa diferentes etapas vinculadas con el nacimiento, la alimentación y el entorno. La bioquímica Yanina Bustos, investigadora del CONICET, abordó el origen y desarrollo de la microbiota intestinal y su modulación a través de la alimentación en un trabajo publicado en la Revista Científica Yachay de la Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE) en 2021. Allí analiza la construcción de esta comunidad microbiana desde sus primeras etapas y el papel que pueden tener la alimentación y otros factores ambientales en su desarrollo.
A medida que el niño incorpora nuevos alimentos, también incorpora nuevos sustratos sobre los que actúan los microorganismos intestinales. Esa capacidad de modificarse revela una de las características centrales de la microbiota que es su plasticidad.
El ambiente también importa. El lugar donde vivimos, los hábitos y el contacto con determinados entornos participan de la configuración del microbioma. Un estudio experimental, realizado en Finlandia por investigadores de la Universidad de Helsinki, siguió durante un mes a 75 niños de entre 3 y 5 años, en diez centros de educación infantil de las localidades de Lahti y Tampere. En algunos jardines se incorporaron vegetación del sotobosque, césped y cajones de cultivo a patios urbanos pavimentados o cubiertos de grava, mientras otros funcionaron como grupos de comparación. Los niños tuvieron contacto con esos espacios cinco veces por semana, durante aproximadamente una hora y media. La intervención aumentó la diversidad microbiana de la piel y produjo cambios en algunos marcadores vinculados con la regulación inmunológica; además, la microbiota intestinal de los niños expuestos a los espacios verdes presentó similitudes con la de aquellos que concurrían regularmente a jardines de orientación natural.
El hallazgo no permite convertir el contacto con la naturaleza en una prescripción médica, pero aporta evidencia experimental y plantea una hipótesis sugestiva sobre cómo la urbanización no sólo transforma los paisajes en los que vivimos, sino que también puede modificar el universo microbiano al que estamos expuestos.
Eubiosis, disbiosis y una pregunta difícil
La conversación pública suele hablar de una microbiota “saludable” como si existiera una composición ideal que todas las personas deberían alcanzar. La evidencia es más compleja. No existe un consenso absoluto sobre una configuración única de microbiota saludable.
Por eso, más que perseguir una determinada composición, el interés se desplaza hacia la funcionalidad de esa comunidad y su relación con el organismo. Se habla de eubiosis cuando se hace referencia a un funcionamiento equilibrado del ecosistema y de disbiosis cuando ese equilibrio se altera. No se trata simplemente de dividir a las bacterias entre “buenas” y “malas”.
La disbiosis aparece asociada en la investigación con diferentes trastornos metabólicos e inflamatorios, pero una asociación no demuestra por sí misma una relación causal. Una revisión sistemática publicada en 2026 en Journal of Translational Medicine e indexada en PubMed reunió 80 ensayos clínicos controlados sobre intervenciones dietarias. Encontró modificaciones en determinados grupos microbianos y biomarcadores, pero obtuvo resultados heterogéneos sobre diversidad y otros indicadores.
La conclusión es menos espectacular, pero más precisa: los efectos de la alimentación sobre la microbiota no son simples, automáticos ni idénticos para todas las personas.
“Somos lo que comemos”
El origen de esta idea se suele atribuir a Ludwig Feuerbach, filósofo, antropólogo y biólogo alemán, quien utilizó la expresión alemana Der Mensch ist, was er isst —“el hombre es lo que come”— en 1850. A la luz de la evidencia, hoy la microbiota permite volver sobre esa frase desde otro lugar. Benavidez propone una reformulación: “Somos lo que las bacterias hacen con lo que comemos”.
Los alimentos no interactúan solamente con nuestras propias células. Parte de sus componentes llega al intestino y allí son transformados por los microorganismos, que producen metabolitos e intervienen en procesos que exceden el aparato digestivo. Al mismo tiempo, una misma dieta no necesariamente produce la misma respuesta en todas las personas, porque sus microbiotas y sus capacidades metabólicas son diferentes.
En este sentido, la microbiota puede pensarse incluso como una “huella dactilar” o un ecosistema singular, resultado de múltiples interacciones entre organismo, alimentación y ambiente.
Comer también es alimentar un ecosistema
Las fibras fermentables pueden ser transformadas por los microorganismos intestinales en ácidos grasos de cadena corta como butirato, acetato y propionato, metabolitos que participan en procesos relacionados con la fisiología intestinal, el metabolismo y la regulación inmunológica.
Por eso, más que buscar un alimento capaz de “mejorar la microbiota”, el foco está puesto en el patrón alimentario. Frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, semillas y otros alimentos vegetales proporcionan fibras y diferentes compuestos utilizables por la comunidad microbiana.
La recomendación coincide con las Guías Alimentarias para la Población Argentina (GAPA), que promueven una alimentación variada e incluyen, entre sus mensajes, el consumo diario de cinco porciones de frutas y verduras en variedad de tipos y colores, además de legumbres y otros grupos de alimentos. Estas guías fueron establecidas como estándares para el diseño de políticas públicas.
Pero existe una distancia entre recomendar y poder comer de determinada manera. Un estudio de UNICEF y FIC Argentina basado en la Segunda Encuesta Nacional de Nutrición y Salud (ENNyS 2, 2018) y la Encuesta Mundial de Salud Escolar EMSE 2018 encontró que niñas, niños y adolescentes consumían sólo el 20% de las cantidades recomendadas de frutas y verduras, mientras que los productos ultraprocesados representaban más del 35% del aporte calórico diario.
La alimentación, entonces, no puede pensarse únicamente como una suma de decisiones individuales.
De la medicina personalizada a la salud colectiva
El conocimiento sobre microbiota abre una posibilidad que todavía pertenece, en buena medida, al futuro: incorporarla como una variable más en una medicina personalizada. Schraier solía plantear que su estudio podría combinarse con información clínica, nutricional y genética para orientar intervenciones específicas.
Pero la relación entre alimentación y microbiota permite formular la pregunta también a otra escala. Cada elección alimentaria no sólo modifica lo que incorporamos al organismo: también influye sobre las condiciones en las que distintas poblaciones microbianas pueden desarrollarse y mantenerse. Como señalaba Schraier, una alimentación saludable también implica “seleccionar la microbiota que va a sobrevivir”.
La cuestión, entonces, es hasta dónde llega esa decisión individual y dónde comienzan las condiciones sociales que la hacen posible. Una alimentación variada y de calidad no depende únicamente de saber qué conviene comer. Depende del precio y la disponibilidad de los alimentos, del tiempo para cocinar, de los conocimientos que circulan y de los entornos en los que se come.
En este sentido, la filósofa y etnógrafa holandesa Annemarie Mol propone un enfoque que contrapone la lógica de la elección individual con una lógica del cuidado basada en prácticas situadas, relaciones, instituciones y condiciones materiales. Dicho de otro modo, comer ocurre en familias, escuelas, comedores, barrios y mercados. Depende del precio y la disponibilidad de los alimentos, del tiempo para cocinar y de aquello que el entorno hace accesible.
Desde otra perspectiva, el concepto de autoatención, desarrollado por el antropólogo argentino Eduardo Menéndez, permite observar las prácticas mediante las cuales individuos y grupos cuidan su salud fuera de la consulta profesional. La alimentación forma parte de esas prácticas: se aprende, se transmite y se adapta a las posibilidades de cada entorno. Esto no significa que incorporar el conocimiento sobre microbiota a la salud colectiva implique diseñar una política para producir un “microbioma ideal” en la población. La evidencia todavía no permite definir una composición única que deba perseguirse. El desafío consiste en comprender cómo la alimentación, el ambiente y los modos de vida participan en la funcionalidad de estas comunidades y en generar condiciones que favorezcan comunidades microbianas funcionales y resilientes.
Las políticas públicas, entonces, no tendrían necesariamente que empezar por analizar el microbioma de toda una población. Podrían comenzar mucho antes: fortaleciendo la educación alimentaria, mejorando los entornos donde se come, facilitando el acceso a alimentos variados y de calidad y reduciendo las barreras económicas que condicionan esas elecciones. Éste pareciera ser un horizonte alcanzable.
La pregunta ya no es solamente qué podemos hacer para modificar la microbiota de una persona, sino también qué condiciones podemos construir para que una comunidad tenga mayores posibilidades de alimentarse bien, vivir en entornos saludables y favorecer comunidades microbianas funcionales y resilientes.
Una cartografía todavía incompleta
Sabemos que los microorganismos intestinales participan en numerosas funciones metabólicas, inmunológicas y de barrera. Sabemos que la alimentación y el ambiente influyen sobre esa comunidad. Sabemos también que una misma dieta puede producir respuestas diferentes entre personas.
Todavía no sabemos, en cambio, cuánto de una determinada enfermedad puede atribuirse a una disbiosis, qué alteraciones son causa y cuáles consecuencia, qué intervención funciona para quién y cuándo, ni hasta dónde puede utilizarse el microbioma como herramienta clínica o preventiva.
Quizás por eso la metáfora del “órgano virtual” resulte tan poderosa. No porque haya aparecido un órgano anatómico nuevo dentro del cuerpo humano, sino porque estamos aprendiendo que una dimensión fundamental de nuestra biología pertenece a una comunidad que durante mucho tiempo apenas vimos.
Somos lo que comemos. Y somos también lo que nuestros microorganismos hacen con aquello que comemos. Pero la nueva cartografía de la salud que empieza a dibujarse no es sólo un mapa de microorganismos. También es un mapa de relaciones entre alimentación y metabolismo, entre organismo y ambiente, entre decisiones individuales y condiciones sociales.
Y allí aparece la pregunta que todavía permanece abierta: ¿qué condiciones queremos construir para que una comunidad pueda alimentarse, cuidarse y vivir saludablemente?
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