Pasados los 40 años, el cuerpo atraviesa un punto de inflexión. Las enfermedades crónicas no transmisibles, como la diabetes o las enfermedades cardiovasculares, suelen empezar a manifestarse. Los huesos, los músculos y los órganos comienzan a pasar factura y todo aquello que no hicimos tan bien durante la “juventud”, se empieza a sentir.

Sin embargo, una investigación publicada en Science Advances y analizada por el diario El Mundo revela que cambiar los hábitos alimenticios a los 45 años puede alargar la vida entre dos y tres años, incluso si la genética no acompaña.

La nutrición como modificador de genes

La clave de este descubrimiento reside en la epigenética. Según explica la publicación de El Mundo, la nutrición no tiene la capacidad de cambiar los genes, pero sí modifica la forma en que el cuerpo “lee” esa información. Este patrón alimentario saludable actúa como un escudo y reduce el riesgo de mortalidad entre un 18% y un 24%, dice el estudio.

Los beneficios medidos en tiempo de vida adicional son notables, según indica la publicación realizada en Science Advances:

-         Hombres de 45 años: Pueden ganar entre 1,9 y 3 años de vida.

-         Mujeres de 45 años: Pueden sumar entre 1,5 y 2,3 años.

-         Personas de 80 años: Incluso a edades avanzadas, una dieta de calidad aporta un reflejo positivo, sumando aproximadamente dos años en hombres y uno en mujeres.

Las dietas recomendadas

El estudio, que analizó datos de más de 100.000 participantes del UK Biobank, evaluó diversos modelos nutricionales. Las dos dietas que demostraron un impacto mayor en la longevidad fueron la dieta mediterránea y la dieta antidiabética.

Estas asociaciones se mantienen firmes independientemente de si la persona posee o no genes relacionados con la longevidad. Fernando Rodríguez Artalejo, profesor de Medicina Preventiva en la Universidad Autónoma de Madrid, dijo al medio español que “nunca es tarde para mejorar la dieta” y, si no es posible alcanzar la perfección, “mejorarla un poco es mejor que nada”.

En ese sentido, los investigadores sugieren cambios específicos en los hábitos de consumo:

-         Reemplazar las carnes rojas y procesadas por frutos secos, legumbres o aves (pollo y pavo).

-         Suprimir las bebidas azucaradas de la rutina diaria.

-         Elegir granos integrales, legumbres y frutas enteras frente a las opciones refinadas para mejorar el microbioma y evitar picos de glucosa.

-         Minimizar el consumo de productos ultraprocesados y preferir alimentos de origen vegetal.