Los sentimientos que tenemos por los alimentos son los que complican un cambio de dieta
Los gustos y rechazos que traemos desde chicos pesan cuando intentamos comer distinto. Ir en su contra cuesta más de lo que parece.
Hay personas que a los 40 años siguen sacándole las aceitunas a la pizza con la misma convicción que tenían a los seis, cuando sin probarlas un día dijeron: “No me gustan”. Y hay otras que, por más que se lo propongan, no logran pasar frente a una panadería sin entrar o abstenerse de comer ese helado que tienen en el freezer y parece que los está llamando. Esos gustos y rechazos, que muchas veces se forman en la primera infancia, podrían ser parte de la razón por la que cambiar la forma de comer resulta tan difícil.
“Cambiar nuestros hábitos alimenticios puede tener un gran impacto en la salud, tanto para controlar afecciones como la diabetes como para mantener el bienestar general. Sin embargo, a menudo resulta difícil modificar la dieta. Ahora, un nuevo estudio publicado en Communications Psychology sugiere que la percepción que tenemos de los alimentos antes de ingerirlos puede influir en este cambio”, informa en su web la Universidad de Yale, de Estados Unidos.
Una de las investigadoras, la docente Ifat Levym, afirmó que “nuestras preferencias alimentarias preexistentes son muy fuertes y difíciles de cambiar”, pero apuntó que hay “pequeñas modificaciones que pueden marcar una gran diferencia”.
Emociones y comida: un aprendizaje que viene de la infancia
Las emociones tienen un papel central en la forma en que aprendemos todo en la vida. El asco, por ejemplo, enseña qué nos conviene evitar, mientras que la alegría empuja a buscar experiencias parecidas y a reproducirlas. Y con la comida pasa lo mismo.
Entonces, así como no podemos tolerar determinados olores o ruidos, o quizá nos afecta el humor ver a determinadas personas, también hay sentimientos vinculados a los alimentos que se forman en los primeros años de vida y después requieren de una ardua lucha para ser modificados.
Foto: Magnific
Eso importa porque “normalmente no aprendemos reglas nuevas sobre algo de lo que no tenemos ya una opinión formada”, explicó Alex Rich, doctor en filosofía, que trabajó sobre el tema junto a Levy y actualmente es investigador del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Su intención, tras haber trabajado con personas con trastornos alimentarios, era entender cómo intervenir en las preferencias de la gente podía influir en el aprendizaje y en las decisiones de todos los días.
Ir contra los propios gustos cuesta más de lo que parece
Para averiguarlo, los investigadores reclutaron a unas 280 personas y las sometieron a un experimento diseñado para poner a prueba sus opiniones sobre la comida. “Los participantes tuvieron dificultades para cambiar sus preferencias alimentarias. Sin embargo, aquellos cuyas opiniones fueron cuestionadas al inicio del experimento tuvieron más facilidad para modificarlas, en comparación con quienes vieron reforzadas sus preferencias primero y solo después las cuestionaron”, explicó Yale.
O sea, los más convencidos mantuvieron su “sentimiento” firme, mientras que los que aceptaron tener algún reparo, lograron modificar la dieta.
La prueba consistía en elegir dos alimentos sobre los que tuvieran una opinión firme: dos que les gustaran y dos que no. Entonces, les pedían que adivinaran si un programa de computadora les asignaría puntos positivos o negativos a esos alimentos, y se hacían varias rondas en las que los números iban cambiando. A veces les daban la razón en sus gustos y en otras, los contradecían.
Otra parte de la prueba les pedía que les dieran un puntaje negativo a los dos alimentos que les gustaban y uno positivo a los que rechazaban. Ya habían testeado esto con formas y objetos neutros y a ninguno le costó hacerlo. Pero con la comida fue muy difícil. “A todos les costó ir en contra de sus sentimientos y asignar puntuaciones negativas a lo que les gustaba y positivas a lo que no”, afirmó Levy. Y a quienes arrancaron las rondas con preferencias marcadas, les resultó todavía más difícil cambiar.
Ese efecto fue “totalmente inesperado y bastante marcado”, agregó Rich. El hallazgo sugiere que la primera forma en que algo se presenta, un fenómeno que en psicología se conoce como “priming”, influye en cómo aprendemos sobre la comida. Para quienes buscan cambiar sus hábitos, esto podría significar que cuestionar desde el principio lo que sienten por ciertos alimentos facilitaría la transición, explicó Levy.
¿Es más fácil sumar alimentos que eliminarlos?
A los participantes también les resultó más fácil asignarles un valor nuevo a los alimentos que no les gustaban que a los que sí. Para los investigadores todavía no está claro qué significa esto, aunque coincide con la experiencia de muchas personas de que es más fácil agregar alimentos a la dieta que sacarlos.
“Digamos que el brócoli no es tu alimento favorito. Quizás podamos integrarlo más fácilmente que dejar de comer helado”, dijo Rich.
El investigador también puso el foco en los atracones. De acuerdo con la Universidad de Yale, las personas que los sufren no obtienen tan buenos resultados en las intervenciones dietéticas para la obesidad como quienes no los sufren. “La investigación sobre trastornos alimentarios suele ir una década por detrás de la depresión, la ansiedad y demás”, afirmó Rich.
Sin embargo, según el investigador, estos resultados sugieren que “el aprendizaje basado en la comida, inherente a las intervenciones dietéticas, puede manipularse mediante un efecto de preparación”. “Me parece un hallazgo fascinante”, concluyó.
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