Por Patricia Vicente
A una nena de cinco años le regalaron un celular para el Día del Niño y se fue a jugar a su cuarto con él y con sus dos primos varones de la misma edad. Cuando la madre fue a buscarlos, un rato después, escuchó la voz de su hija pidiendo a sus primos que orinaran en su boca para ver qué gusto tenía. Preocupada, abrió la puerta rápido y se dio cuenta de que estaban jugando a imitar una escena de una película con contenido sexual explícito que estaban viendo en el teléfono. O sea, en ese aparato que le habían regalado a la pequeña, que antes era de su padre, y del que no habían borrado el historial. Los niños no conocían el significado de lo que hacían; para ellos era un simple juego.
Esa anécdota se hizo viral hace 9 años. El video circuló en redes, en grupos de Whatsapp de padres, de maestros y, aunque el revuelo fue grande y el tema no dejó de estar sobre la mesa, hoy, 9 años después, parece que nada (o muy poco) cambió al respecto. Quien la contó fue la psicopedagoga argentina Liliana González, referente regional sobre crianza y pantallas, y la pequeña era una paciente suya.
¿Por qué escenas como estas se siguen repitiendo? ¿Por qué las pantallas están más presentes que sus padres en la vida de muchos niños? ¿Y por qué no mejora la situación pese a que se habla de ella constantemente? Estas interrogantes formaron parte de la entrevista con la especialista, que este jueves se presenta en Montevideo, en el Teatro del Notariado con su charla “DIS+POSITIVOS. Ser padres, abuelos y docentes en el mundo digital”.
—¿Qué opinás del hecho de que nada —o muy poco— haya cambiado pese a que se habla tanto del tema niños, pantallas y los riesgos que implica?
—No sé por qué no estamos llegando a donde habría que llegar. Quizá habría que empezar por un trabajo con los pediatras, que son los primeros en recibir al niño, y convencer a sus papás de que las pantallas, en los tres primeros años de vida, son nefastas. Alteran muchísimo el desarrollo del sistema nervioso central, producen irritabilidad, ansiedad, problemas de atención, un montón de cosas que después son muy difíciles de revertir.
Creo que hay que empezar por ahí porque lo que dice el pediatra es palabra santa para los padres. Entonces, más allá de hablar del peso, de las vacunas, de la cuestión alimenticia, habría que hablarles de lo importante que es que los padres les hablen a sus hijos, que no los dejen con las pantallas. Que el lenguaje no es un tema de almanaque, se adquiere si alguien te habla y, si no, no. Hoy yo tengo chicos en consulta que tienen 4 años y no hablan. Y no son autistas, ni Asperger, ni nada por el estilo. Son chicos de 4 años sin lenguaje.
—Cuando decís sin lenguaje, ¿es que no hablan nada directamente o que no tienen manejo del lenguaje?
—Hablan muy poquito, muy pobremente, tienen un lenguaje de bebé. Eso es lo que pasa si a vos ni siquiera le decís “ma, ma, ma” a un niño para que te diga “mamá”, la palabra no aparece. Pueden no decirlo nunca. El lenguaje es una donación, no un tema de desarrollo. Si fuera de desarrollo, todos hablarían a los 2 años sin ningún problema, pero no es así.
No es lo mismo una mamá amorosa que lo mira y le dice que es un bebé divino, que Peppa Pig. Porque Peppa Pig habla, pero no le habla al niño, no le está pidiendo una devolución del lenguaje con la que se aprende a hablar. Y así es que estamos viendo problemas de este tipo. Lo dicen los fonoaudiólogos también, que están asombradísimos de los atrasos del lenguaje, el lenguaje robótico, el lenguaje neutro, el lenguaje de TikTok... Y cuando un niño tiene problemas en el lenguaje oral, después va a tener dificultades en la lectura, en la escritura, porque es una continuación.
Después muchos entran a Secundaria sin entender lo que leen o sin haber leído nunca un libro y así terminan; entonces la universidad es un imposible.
—O sea que el “ajó, ajó” que se les dice a los bebés es bastante más importante de lo que se podría pensar.
—Sí, porque “ajó” es aprender la letra A y la O, nada menos. Y después viene “nene”, “bebé”, viene “tutú” para aprender la U. De a poquito uno va donándole las vocales, las consonantes, los sonidos y como el bebé se da cuenta de la felicidad de los padres cuando él repite un sonido, lo sigue repitiendo. Pero tiene que haber un ida y vuelta. Yo en mi función de teatro muestro un video de un nene al que su papá estimula para que hable y es increíble la respuesta de los chiquitos. Eso no se lo va a dar un dibujito animado.
Hay un ejemplo claro de que el lenguaje no es una cuestión madurativa sino de donación: cuando un papá cría a su hijo solo, la primera palabra que dice el bebé es ‘papá’, no ‘mamá’. Porque es el papá el que se lo enseña. Hay miles de pruebas que demuestran esto, pero realmente la pobreza lingüística de los chicos es lamentable, porque después no comprenden una consigna, no pueden resolver un problema matemático, pero no porque no saben sumar o restar, sino porque no entienden el problema. Tenemos que tomar cartas en el asunto.
Yo estoy permanentemente en este tema y, como yo, mucha gente. El algoritmo te llena más de información, de investigaciones, de alertas, pero por ahí también hay un no querer saber. Un papá me lo dijo el otro día: “Mira, yo sé lo que vos decís en el teatro, pero no sé si estoy dispuesto a hacerlo”.
—Hace un tiempo también contaste una anécdota de un papá que te decía que llegaba a la casa y esperaba que los hijos ya estuvieran dormidos porque él estaba muy cansado y se dio cuenta de lo poco que compartía con ellos. Se habló mucho de la pandemia como un momento bisagra en ese sentido, en cuanto a la posibilidad de compartir más tiempo con niños y familia. ¿Te parece que generó algún cambio positivo?
—No me gusta generalizar. Hay gente que la pasó muy mal, que se divorció, que se enfermó y hay gente que la pasó bomba en el sentido de estar en casa, disfrutar de los chicos, poner la casa más linda, cocinar juntos. Hubo gente que la pudo resignificar de otra manera, pero a mucha gente le hizo mucho daño.
A nivel humano, no se puede generalizar. Además, como mi trabajo es clínico, yo hago consultorio hace 50 años, me he acostumbrado tanto a pensar en el uno a uno, que no hago estadísticas. Ahora ,si hablamos de cómo están los chicos hoy, yo te digo que en esencia son los mismos, pero en apariencia y en cómo se manejan, son otros. Son niños hablando de temáticas adultas: de criptomonedas, de política, de comida saludable... Han incursionado en todos los temas de adultos con facilidad, son como esponjas, aprenden todo. Pero en la esencia, por lo que yo veo en el consultorio, los niños necesitan jugar, aprender, ser mirados y ser escuchados y quizá ahí estén fallando los adultos.
—Hablamos de volver a lo básico.
—Sí, de volver a contar un cuento o de no darle un celular a la noche. Si ya sabemos que el celular es malo a la noche, que dos horas antes de dormir no hay que tenerlo prendido; que tiene que estar fuera del dormitorio de los chicos, como el televisor. Y hay montones de cosas que nos vienen diciendo las academias de pediatría, la Organización Mundial de la Salud hace muchísimos años, pero sigue pasando.
Y ojo que hay muchos padres que están dando batalla, muchísimos. Pero hay otros que no pueden, quizá por cuestiones laborales, profesionales, narcisistas, deportivas, sociales que insumen todo su tiempo y llegan a la casa sin ganas de abrir un libro y leer un cuento. Yo los entiendo.
—En Uruguay se está discutiendo mucho sobre la prohibición o control de los celulares en las aulas. ¿Vos cómo te parás ante esto? ¿Estás de acuerdo en que debe ser cero celular en la escuela, en el liceo o capaz que hay que ir por algo intermedio?
—El medio es muy difícil, porque en esa situación lo que se puede hacer es que los adultos estemos pidiéndole a un adolescente que tenga el celular en el bolsillo de la campera, pero que no lo saque.
Un ejemplo claro de esto me pasó esta semana: fui a ver una película al cine y la persona que estaba al lado mío estaba chateando en el celular y el que estaba en la fila de adelante, jugando al ajedrez en el teléfono. Durante toda la película. No pude disfrutar; la luz azul me hacía daño en la oscuridad y al mismo tiempo me hacía tantas preguntas, y pensaba: ¿Por qué no le puedo decir que me molesta? ¿Por qué tanta empatía cuando en realidad con esta gente no debería empatizar? Y eran adultos, no niños.
Entonces, lo que digo es que, mientras no haya educación digital hacia los adultos, esto del celular en clase va a ser una complicación para la mayoría. Tampoco se puede generalizar, seguro que hay docentes que lo usan en matemáticas, en alguna investigación, y les está yendo bárbaro. Depende del docente, de la comunidad educativa, pero en general ha sido para interferir la atención, la concentración y todo lo demás.
—¿Cómo te parece que se podría instrumentar esa educación digital para los padres?
—Lo que estamos haciendo desde los medios ayuda, pero primero tiene que haber una política de Estado que baje a los pediatras, a las salas de maternidad, a las guarderías.
Me acuerdo de algo que me pasó hace más de 20 años cuando fui con mi hija a buscar una guardería para llevar a mi nieta. De las 8 o 10 que vimos, en el 90% sentaban a los niños en una alfombra a ver tele. Pero tiene que haber políticas de Estado para eso: las guarderías no están para que los chicos vean tele, están para que jueguen, armen rompecabezas, pinten... Todo eso es preparación para la lectoescritura. Y también para que estén con otros chicos, pero no quietos en una alfombra viendo una peli, porque así tampoco interactúan.
Y claro que tiene que haber aula robótica en todos los colegios, un aula equipada con lo mejor de lo mejor de la tecnología para que el chico pueda ir y buscar su información, porque tampoco se trata de dejarlos fuera de la tecnología. ¡Si todo va a ser tecnología después! Pero con control, con un uso lógico. Y después, en el aula común, mucha palabra, mucha creatividad, teatro, debate, asamblea, poner las ideas en palabras. La escuela de los chicos mudos ya no sirve más, porque cuando uno enmudece deja de construir pensamiento y lenguaje, y los niños tienen que desarrollar pensamiento crítico.
—Has planteado antes tu preocupación por los casos de niños a los que se diagnostica autismo o dislexia cuando en realidad lo que hay son los problemas con el desarrollo del lenguaje que venimos hablando.
—Hay una sobrepatologización y un sobrediagnóstico en la infancia. Rápidamente se ponen etiquetas, parece que eso tranquiliza. Pero en realidad, tapa la verdadera causa del síntoma. Por supuesto que hay autismos, pero también hay falsos autismos. Es como la dislexia, parece que hubiera una epidemia. ¿Ahora todo chico al que le cuesta leer y escribir es disléxico? ¡No! Para hacer un diagnóstico de dislexia hay que esperar a cuarto grado, hay que hacer investigación. Lo que hay son chicos que leen mal, porque no leen.
Los creadores de la tecnología y sus hijos
Liliana González llamó la atención sobre un hecho que está sucediendo actualmente y que le llamó mucho la atención: “Los creadores de la tecnología les daban el celular a los 12 a sus hijos y ahora se lo están queriendo dar a los 14. Los de Silicon Valley. Entonces el error lo estamos haciendo nosotros, ellos nos alertan”.
“Lo dijo el creador de Facebook: nosotros hemos creado esta herramienta para que estén ahí la mayor cantidad de tiempo posible. No sabemos qué efecto tendrá sobre los chicos. O sea, le están dando una herramienta sin saber los efectos”, agregó.
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