Desde las tumbas del antiguo Egipto hasta las cocinas de medio mundo, el ajo acumula miles de años de historia como alimento, medicina y símbolo cultural. La ciencia moderna confirma varios de sus beneficios, aunque con algunos matices que vale la pena conocer.

Antes de ser el condimento indispensable de la cocina italiana, francesa, asiática o latinoamericana, fue ofrenda a dioses, alimento de esclavos, remedio de soldados y objeto de prejuicios sociales. Hoy hay más de 600 variedades cultivadas en todo el mundo y China es el principal productor global.

Una historia de milenios

El ajo es originario de Asia Central y su expansión por el mundo siguió el rastro de las migraciones humanas y las conquistas militares. Según Robin Cherry, autora del libro Ajo: una biografía comestible, citada por el portal de BBC, “la receta más vieja del mundo es un guiso mesopotámico, de unos 3.500 años de antigüedad, y contiene dos dientes de ajo”.

El documento médico más antiguo que lo menciona es también muy añejo. “Se llama el papiro de Ebers”, explicó Cherry, “y tenía muchas menciones de cómo usar el ajo para curarlo todo, desde el malestar hasta los parásitos y problemas cardíacos o respiratorios”.

En el antiguo Egipto, el ajo apareció en la tumba de Tutankamón, donde se creía que protegería al faraón en el más allá. Los griegos lo dejaban en cruces de caminos como ofrenda a Hécate, diosa de los hechizos. Hipócrates lo usó en tratamientos médicos, y Aristóteles y Aristófanes escribieron sobre sus propiedades, agrega el sitio británico.

También los soldados romanos usaban el ajo pensando que les infundía valor, y lo diseminaron por Europa durante sus conquistas.

De alimento de pobres a ingrediente universal

Pese a todos esos antecedentes, durante siglos, el ajo tuvo mala reputación. “Realmente era un alimento para la gente pobre”, dijo la autora del libro y apuntó que “se suponía que daba fuerza a personas como los esclavos que construían las pirámides en Egipto, o a los marineros romanos. Era barato, podía ocultar el mal sabor de la comida rancia”.

El giro llegó con el Renacimiento, cuando el rey Enrique IV de Francia fue bautizado con ajo y lo consumía habitualmente. Ese fue el espaldarazo que necesitaba para entrar en las clases altas y así se esparció por las cortes y las cocinas europeas, al punto que hoy, como dice a la BBC el chef danés Poul Erik Jenson, “No creo que ellos [los franceses] pudieran imaginar un plato salado sin ajo. Desde los caldos hasta las sopas, y en platos de verduras o carnes, definitivamente hay un diente de ajo en alguna parte. Es inimaginable no usarlo”.

Qué dice la ciencia sobre sus beneficios

Aunque no es uniforme para todos los casos, el ajo tiene respaldo científico para varios de sus usos. Su componente más estudiado es la alicina, un compuesto azufrado que se activa al machacar o picar el diente crudo y es responsable de su olor característico y de buena parte de sus propiedades. Según el portal de salud Tua Saúde, revisado por nutricionistas, los beneficios documentados incluyen:

-         acción antimicrobiana

-         antifúngica

-         antiparasitaria

-         reducción del colesterol LDL

-         reducción de triglicéridos

-         protección cardiovascular

-         regulación de la presión arterial

-         efecto antiinflamatorio

-         efecto antioxidante

-         puede contribuir a la salud cerebral

Sin embargo, no todo es concluyente. Los estudios sobre su efecto en el colesterol y la presión arterial muestran resultados mixtos. Por un lado, un pequeño estudio realizado en Irán mostró que el colesterol bajaba tras la ingesta durante seis meses de ajo con jugo de limón. Mientras, un estudio más amplio realizado en Stanford con 200 personas saludables no encontró reducciones relevantes al aplicar la misma ingesta.

Asimismo, la evidencia sobre su posible papel en la prevención del cáncer también existe, pero sigue siendo limitada y no permite afirmaciones definitivas.

Para aprovechar sus propiedades

El secreto para obtener el máximo beneficio del ajo está en la preparación. Se recomienda machacar o picar el ajo crudo y esperar unos minutos antes de consumirlo o cocinarlo: ese tiempo permite activar la alicina.

Consumir un diente de ajo crudo al día suele ser suficiente para la mayoría de los adultos. También existe en formato de suplemento —cápsulas o extracto—, útiles especialmente para quienes no toleran bien el sabor crudo.

Hay algunas precauciones que conviene conocer. El ajo es seguro para la mayoría de las personas, pero hay algunos límites. Por ejemplo, comer mucho ajo con el estómago vacío no es buena idea, ya que puede causar molestias gastrointestinales, gases y alteraciones en la flora intestinal, según la revista clínica American Family Physician.

También aquellas personas que tomen medicamentos anticoagulantes deben consultar a su médico antes de consumirlo en grandes cantidades, ya que puede aumentar el riesgo de sangrado. Y el ajo tampoco es recomendado en caso de embarazo o lactancia.