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Corazón coraza

La salud del corazón cambia según dónde vivas: las diferencias que revela Uruguay

Las enfermedades cardiovasculares causan casi 23 muertes por día y la mortalidad muestra importantes diferencias entre departamentos.

24.09.2026 11:38

Lectura: 7'

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Durante años aprendimos que cuidar el corazón significa comer mejor, hacer ejercicio, no fumar y controlar el peso. Todo eso importa. Pero no alcanza.

Existe otra parte de la prevención cardiovascular que es menos visible: conocer la presión arterial, controlar el colesterol y la glucemia, consultar aunque no existan síntomas y saber cómo actuar cuando aparece una señal de alarma.

Pero hay otro factor que también puede incidir: el lugar de Uruguay en el que vive una persona.

“El riesgo cardiovascular no empieza y termina en lo que una persona come o en cuántas veces por semana hace ejercicio. También importa si se controla, si conoce sus factores de riesgo, cuánto demora en consultar ante un síntoma y qué posibilidades tiene de acceder rápidamente a la atención que necesita”, explica el doctor Carlos Montoya, gerente asistencial de UCM.

Las cifras muestran la dimensión del problema.

El último informe oficial disponible, correspondiente a 2024, registró 8.397 muertes por enfermedades cardiovasculares en Uruguay. Representaron el 23,3% de todos los fallecimientos y se mantuvieron como la primera causa de muerte en el país.

Son casi 23 uruguayos por día. Prácticamente uno por hora.

Pero el informe muestra además que la mortalidad cardiovascular no se distribuye de la misma manera en todo el territorio.

La tasa registrada en Tacuarembó fue 1,7 veces mayor que la de Colonia, mientras que los departamentos del norte y noreste del país, junto con Rocha, presentaron los valores más elevados.

El informe vincula esas diferencias con factores que van más allá de las decisiones individuales, entre ellos la pobreza estructural, la menor densidad de especialistas y las mayores distancias respecto de los centros asistenciales de alta complejidad.

Dos personas de edades similares y con factores de riesgo parecidos pueden, por lo tanto, enfrentarse a situaciones diferentes si una vive cerca de servicios de alta complejidad y la otra debe recorrer una distancia considerable para acceder a ellos.

Y esa distancia puede resultar decisiva ante una emergencia.

Cuando el tiempo también es tratamiento

Un infarto o un accidente cerebrovascular no funcionan con los tiempos habituales de la medicina. En ambos casos, cada minuto puede importar.

Cuando una arteria coronaria se obstruye y disminuye el flujo de sangre hacia una parte del corazón, el músculo cardíaco comienza a sufrir daños. En un accidente cerebrovascular isquémico, la obstrucción afecta el suministro de sangre al cerebro.

Por eso, reconocer los síntomas y solicitar rápidamente asistencia médica también forma parte del tratamiento.

“En un infarto o un ACV, el tiempo es una variable clínica. Cuanto antes se reconoce lo que está ocurriendo y se activa la asistencia, mayores son las posibilidades de reducir el daño y las secuelas. Por eso es tan importante no esperar a que los síntomas desaparezcan solos”, señala Montoya.

El problema es que todavía persiste una representación casi cinematográfica del infarto: un dolor insoportable en el pecho, la mano sobre el corazón y una persona que cae repentinamente.

No siempre ocurre así.

Un infarto puede manifestarse como presión, opresión o molestia en el pecho, falta de aire, sudoración, náuseas, mareos o dolor que se extiende hacia otras zonas del cuerpo. Algunos cuadros, además, pueden presentar manifestaciones menos típicas.

“Uno de los errores más frecuentes es esperar a que el episodio sea espectacular para pedir ayuda. Una persona puede pensar que se trata de estrés, cansancio o una molestia digestiva y perder un tiempo muy valioso. Ante síntomas compatibles con un evento cardiovascular agudo, la recomendación es consultar rápidamente y no intentar hacer el diagnóstico en casa”, explica Montoya.

En estas enfermedades existe una paradoja: una persona puede haber cuidado su corazón durante años y, sin embargo, perder parte de ese beneficio por demorar la consulta cuando finalmente ocurre una emergencia.

La paradoja del corazón uruguayo

Detrás de las cifras existe también una tendencia positiva.

Entre 2005 y 2024, la tasa de mortalidad por enfermedades cardiovasculares en Uruguay descendió aproximadamente entre un 20% y un 25%, según el informe oficial.

Las enfermedades cardiovasculares continúan siendo la principal causa de muerte, pero su tasa de mortalidad muestra una tendencia descendente.

No es una contradicción.

Que una enfermedad continúe en el primer lugar entre las causas de muerte no significa que nada haya cambiado. El Ministerio de Salud Pública sostiene que la tendencia registrada durante casi dos décadas evidencia avances en prevención y tratamiento.

El dato abre otra pregunta: ¿qué hizo bien Uruguay para disminuir la mortalidad cardiovascular y qué falta todavía por hacer?

“Hoy tenemos más conocimiento sobre los factores de riesgo, mejores posibilidades diagnósticas y mejores tratamientos. Pero prevención no significa solamente llevar una vida saludable. Una persona puede hacer ejercicio y no saber que tiene hipertensión; puede no fumar y tener el colesterol elevado; puede sentirse perfectamente bien y estar acumulando riesgo durante años”, afirma Montoya.

El riesgo que no se siente

La hipertensión es un buen ejemplo. Puede avanzar sin síntomas evidentes y una persona puede convivir con ella durante años sin saberlo.

La prevención tiene entonces dos dimensiones. Una es visible: alimentación, ejercicio, sueño y consumo de tabaco y alcohol.

La otra es silenciosa: presión arterial, colesterol, glucemia y otros factores de riesgo que deben controlarse aun cuando la persona se sienta saludable.

“Sentirse bien no significa necesariamente que todos nuestros factores de riesgo estén controlados. La prevención consiste justamente en detectar el riesgo antes de que se transforme en enfermedad”, resume Montoya.

El corazón de hombres y mujeres

Las estadísticas oficiales muestran además diferencias entre hombres y mujeres.

En 2024, las enfermedades cardiovasculares fueron la primera causa de muerte entre las mujeres y representaron el 24,2% de sus fallecimientos. Entre los hombres constituyeron el 23,5% y ocuparon el segundo lugar, detrás del cáncer.

Cuando se analiza la mortalidad cardiovascular en relación con la población, sin embargo, las tasas son sistemáticamente superiores entre los varones.

El informe incorpora en este punto otro elemento. Además de hábitos como el consumo de tabaco o alcohol, menciona comportamientos asociados con las masculinidades y un menor uso de los servicios preventivos.

“Muchas veces se llega al sistema de salud cuando aparece el síntoma y no antes. Ese es un comportamiento que tenemos que modificar. El mejor evento cardiovascular para tratar sigue siendo el que conseguimos prevenir”, sostiene Montoya.

El desafío de que el lugar donde se vive no determine el riesgo

Uruguay logró reducir de manera significativa la mortalidad cardiovascular durante las últimas dos décadas. Los datos muestran, sin embargo, que esa mejora no se distribuyó de manera uniforme.

Ese aparece como uno de los desafíos pendientes.

Si la tasa de mortalidad cardiovascular de Tacuarembó fue 1,7 veces la registrada en Colonia, la discusión sobre la salud del corazón no puede limitarse al colesterol, la alimentación, el cigarrillo y el ejercicio.

También debe incorporar los controles médicos, la educación sanitaria, el acceso a los servicios de salud, las distancias y la capacidad de respuesta ante una emergencia.

“El desafío es doble. Tenemos que conseguir que menos uruguayos lleguen a sufrir un infarto o un ACV, pero también que, cuando ocurre, la persona reconozca rápidamente los síntomas y acceda a la asistencia lo antes posible”, concluye Montoya.

“En una emergencia cardiovascular, saber qué hacer y actuar a tiempo también es una forma de prevenir la muerte y la discapacidad”.

Las enfermedades cardiovasculares continúan provocando casi 23 muertes por día en Uruguay. Al mismo tiempo, su tasa de mortalidad disminuyó entre un 20% y un 25% desde 2005.