Inteligencia emocional vs. bullying: cómo enfrentarlo y fomentar que haya "defensores"
La inteligencia y la educación emocional brindan herramientas para mejorar esta situación que afecta a miles.
En el recreo, un grupo se ríe de un compañero que siempre queda solo. Algunos se suman a la burla, otros miran desde un costado y casi nadie dice nada. La escena se repite en patios de todas partes y deja una pregunta que padres y docentes conocen bien: ¿qué hay que hacer para que el bullying no suceda o para que alguien se anime a cortarlo?
Una parte de la respuesta, según el Centro de Inteligencia Emocional de la Universidad de Yale, de Estados Unidos, está en habilidades que se pueden enseñar a los más chicos. En un artículo publicado por Nicole Elbertson, integrante del Centro de Estudios Infantiles de esa casa de estudios, se recordó que en Estados Unidos uno de cada cinco estudiantes dice haber sufrido acoso escolar, según datos oficiales del Centro Nacional de Estadísticas Educativas, y que casi la mitad de ellos cree que volverá a pasarle.
En Uruguay, un informe de Unicef de 2021 recogió datos de la encuesta Kids Online Uruguay, que mostraba que el 13% de los estudiantes consultados dijo haber sido maltratado por sus pares cara a cara, el 15% por medios electrónicos y el 7% de ambas formas.
Inteligencia emocional vs. bullying
Aplicada a este marco, Elbertson definió a la inteligencia emocional como “las habilidades que se pueden aprender y que ayudan a estudiantes y adultos a reconocer y comprender sus propias emociones y las de los demás”. Según planteó, esas herramientas actúan sobre los tres lados del problema: pueden cambiar la conducta de quien acosa, ayudar a quienes presencian la situación a intervenir y facilitar que quien la sufre busque apoyo.
Para la especialista, el acoso funciona además como un multiplicador del estrés en una generación que ya carga con bastantes preocupaciones. Y entre ellas, mencionó a la pandemia, las guerras, los desastres naturales y los cambios tecnológicos acelerados. Pero además, marcó que el impacto del bullying no se queda en el patio, porque afecta la seguridad en la escuela, el aprendizaje y la imagen que cada alumno tiene de sí mismo.
El ejemplo empieza por los adultos
La primera de las estrategias que propone el centro de Yale para enfrentar al bullying no apunta a los alumnos, sino al personal de la escuela. “Un cambio cultural sostenible comienza con los adultos aprendiendo y practicando las habilidades socioemocionales y de desescalada de conflictos que desean que los estudiantes utilicen”, dice el artículo.
En esa línea, la autora sugirió que docentes y funcionarios se conviertan en “mentores de sentimientos”, o sea personas que escuchan con curiosidad y sin juzgar, y que ayudan a los estudiantes a ponerle nombre a lo que sienten.
Aprender a frenar antes de reaccionar
El segundo paso es enseñar a los más chicos a identificar sus emociones y a manejarlas con estrategias como hacer una pausa, respirar o pedir ayuda, y a ponerse en el lugar del otro.
En Uruguay, la maestra y doctora en Educación Albana Sanz, una de las principales impulsoras de que la educación emocional pase a integrar la currícula, propone trabajar con esa misma lógica desde los primeros años. Con los más chicos se usa la técnica del semáforo: rojo es parar, amarillo es pensar y verde es actuar. “Desde pequeñitos enseñamos a poner un stop. Porque cualquiera puede estar enojado en cualquier momento, pero lo importante es aprender a parar”, dijo en entrevista hace algunos meses con Modo Saludable.
Sanz también observó que muchas veces, cuando se les pregunta a los niños cómo están, la respuesta es un encogimiento de hombros y un “yo qué sé”. Y aclaró que no se trata de que sean indiferentes o que no les importe, sino que no tienen las palabras para describir lo que sienten. Eso se podría mejorar con la educación y la inteligencia emocional, justamente.
Cómo enseñar a los testigos a intervenir
La tercera estrategia que propone Yale apunta a quienes ven lo que pasa y no saben qué hacer. Elbertson propuso formar a los estudiantes para que dejen de ser espectadores. Así lo formula la universidad: “Ser defensor es una habilidad: los estudiantes se benefician de guiones claros, protocolos y práctica constante. Enseñe opciones sencillas y seguras para intervenir, como decir: ‘Eso no está bien, paremos’, redirigir la conversación, hablar con el estudiante afectado y buscar a un adulto”.
El informe de Unicef sobre acoso escolar en Uruguay describe el otro lado de esa moneda: los testigos que adoptan la postura de “no es mi problema” y que, con su inacción, permiten indirectamente que la situación continúe, y los posibles defensores que se angustian por lo que ven, pero no saben cómo ayudar o no se animan.
Y un punto clave para fomentar que haya más “defensores” es tomar en serio a los niños cuando hablan. “Cuando los estudiantes saben que se les tomará en serio y que estarán protegidos de represalias, es mucho más probable que hablen, y el acoso escolar pierde su alcance y fuerza”, marca la institución.
Qué pasa con la educación emocional en Uruguay
La educación emocional lleva una década de trabajo en el país, pero fuera de los programas oficiales. Muchos docentes se formaron por su cuenta, en cursos privados y pagos. Un proyecto de ley que buscaba que ANEP formara a todos los maestros en estas competencias tuvo media sanción en el Senado en 2024 y cayó con el cambio de legislatura; en diciembre de 2025, el senador Robert Silva presentó otro en el mismo sentido.
Entre 2023 y 2024, Sanz llevó adelante una experiencia en la escuela 350 de Casavalle, como parte de su tesis doctoral, y registró una reducción de los episodios de violencia en el aula. “En esa escuela se bajaron los niveles de violencia, porque la educación emocional es una acción preventiva de determinados comportamientos de riesgo que se dan en el aula, como la falta de respeto, insultos o escupitajos, que ocurrían”, contó a Modo Saludable.
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