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El vínculo entre el estrés y la acumulación de grasa abdominal está cada vez más respaldado por la evidencia científica. Incluso en personas que mantienen una alimentación equilibrada y realizan actividad física de forma regular, el aumento sostenido del cortisol —la hormona asociada al estrés— puede favorecer el desarrollo de grasa visceral, es decir, aquella que se acumula alrededor de los órganos.
Este fenómeno ayuda a explicar por qué algunas personas delgadas presentan una concentración desproporcionada de grasa en el abdomen o por qué, pese a hábitos saludables, no logran reducir esa zona del cuerpo. En muchos casos, la clave no está únicamente en la dieta o el ejercicio, sino en el nivel de estrés crónico y en cómo responde el organismo a esa situación.
El cortisol es una hormona producida por las glándulas suprarrenales y cumple funciones esenciales para el organismo. Entre ellas, regula el metabolismo de la glucosa, la presión arterial, la respuesta inflamatoria y el ciclo sueño-vigilia. Lejos de ser perjudicial en sí mismo, resulta imprescindible para el funcionamiento normal del cuerpo.
Sin embargo, el problema aparece cuando sus niveles permanecen elevados durante períodos prolongados. Ante situaciones de estrés sostenido, el organismo activa un mecanismo de “reserva energética”, interpretando que enfrenta una amenaza. En ese contexto, se favorece la acumulación de grasa, especialmente en la zona abdominal, como una forma de almacenar energía.
A este proceso se suma otro efecto metabólico: el aumento del cortisol eleva los niveles de azúcar en sangre, lo que genera picos de insulina. Esta hormona, a su vez, promueve el almacenamiento de grasa y dificulta su utilización como fuente de energía, lo que complica aún más la pérdida de peso.
Un estudio de la Universidad de Yale aportó evidencia relevante sobre este vínculo. La investigación detectó que mujeres delgadas con mayor grasa abdominal presentaban una respuesta más elevada de cortisol ante situaciones de estrés. Además, tendían a registrar mayores niveles de estrés percibido y estados de ánimo más negativos.
Según explicó la investigadora Elissa Epel, estos resultados sugieren que tanto la exposición frecuente a situaciones estresantes como una mayor vulnerabilidad psicológica pueden intensificar la respuesta del organismo. Esa reacción, sostenida en el tiempo, podría contribuir a la acumulación localizada de grasa abdominal.
Uno de los aspectos más complejos de este fenómeno es que puede transformarse en un círculo vicioso. La grasa visceral no solo es consecuencia del estrés, sino que también puede estimular los mecanismos hormonales asociados al mismo, favoreciendo la producción adicional de cortisol. De esta manera, el cuerpo queda atrapado en una dinámica que refuerza el problema.
No obstante, los especialistas advierten que este no es el único factor en juego. No todas las personas con obesidad presentan niveles elevados de cortisol, lo que demuestra que la acumulación de grasa responde a múltiples variables. Aun así, controlar el estrés aparece como una herramienta relevante dentro de un enfoque integral de la salud.
En ese sentido, la evidencia científica coincide en que no se requieren medidas extremas, sino hábitos sostenidos en el tiempo. La práctica regular de ejercicio moderado, un descanso adecuado, técnicas de manejo del estrés como la meditación o el mindfulness y una alimentación equilibrada son algunas de las estrategias con mayor respaldo para reducir el impacto del cortisol crónico en el organismo.
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