Durante años, los pasatiempos “clásicos” como los sudokus o los crucigramas dominaron el discurso sobre cómo mantener el cerebro activo. Pero una investigación reciente pone el foco en una actividad completamente diferente y quizá impensada: el avistamiento de aves.
Según recoge National Geographic, este hobby podría estar asociado a cambios cerebrales que ayudan a protegerse frente al deterioro cognitivo ligado al envejecimiento.
Un entrenamiento mental de la naturaleza
El estudio, realizado por investigadores del Rotman Research Institute (Canadá) y publicado en The Journal of Neuroscience, analizó a 58 personas divididas en dos grupos: observadores de aves con experiencia y principiantes.
A través de resonancias magnéticas, los científicos detectaron diferencias en la estructura cerebral. En particular, quienes practicaban esta actividad de forma habitual mostraban una mayor densidad y complejidad en áreas vinculadas con la atención y la percepción visual. Este tipo de cambio, indican los investigadores, implica que el cerebro se adapta a las exigencias de la tarea, algo que en neurociencia se conoce como plasticidad cerebral.
Porque hay que tomar en cuenta que observar aves no es simplemente mirar el cielo. Requiere identificar especies, distinguir patrones visuales sutiles y mantener la atención durante períodos prolongados, entre varias otras acciones. Esa combinación de habilidades cognitivas parece ser la clave.
Tal como describe la investigación, las regiones cerebrales implicadas en la atención y la percepción “han mostrado modificaciones estructurales” en personas con mayor experiencia. En pruebas experimentales, los expertos también mostraron una mayor activación cerebral cuando debían reconocer aves desconocidas, lo que sugiere un sistema más eficiente para procesar información compleja.
¿Puede frenar el envejecimiento cerebral?
El hallazgo más relevante es que estas diferencias estructurales podrían estar asociadas a un envejecimiento más lento del cerebro. Si bien el número de personas que fueron estudiadas es bajo, los investigadores observaron que los participantes con experiencia presentaban valores que indican una mayor organización del tejido cerebral, mientras que, con la edad, lo habitual es que esa complejidad disminuya.
En otras palabras, la práctica sostenida de este tipo de actividad podría actuar como una forma de entrenamiento cognitivo específico. Sin embargo, hay un matiz importante: el estudio muestra una asociación, pero no demuestra causalidad.
Los propios autores advierten que no se puede afirmar con certeza que observar aves sea la causa directa de estos cambios. También es posible que las personas que se dedican a esta actividad ya tengan ciertas habilidades cognitivas previas.
Aun así, los datos apuntan en una dirección interesante: no todas las actividades estimulan el cerebro de la misma manera, y aquellas que combinan atención, memoria y percepción podrían tener un impacto más profundo que los ejercicios repetitivos.
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