La palabra “gaslighting” se volvió popular en las redes sociales, en las series y hasta en investigaciones psicológicas, que ahora revelan un dato inquietante: además de ser una forma de manipulación emocional, también se trata de un proceso que puede erosionar la confianza de alguien en lo que ve, recuerda y siente.
Una nota publicada por ScienceDaily informa que investigadores de la Universidad McGill y la Universidad de Toronto buscaron dar una base más precisa a este término que se hizo tan conocido en los últimos años. En redes sociales se habla de “gaslighteo” cuando alguien le discute a otro o lo quiere hacer creer algo que no sucedió. Sin embargo, los autores proponen entender este fenómeno como un proceso de aprendizaje distorsionado, y no como una colección de mentiras o discusiones desgastantes entre dos personas.
La hipótesis del estudio es que el gaslighting aprovecha un mecanismo normal del cerebro: el modo en que ajustamos nuestras expectativas cuando algo no encaja con lo que creíamos que iba a pasar. Ese proceso aparece vinculado a la llamada “minimización del error de predicción”, una idea que describe cómo las personas interpretan lo que viven, corrigen sus hipótesis y aprenden de la experiencia.
Entonces, ¿qué aporta esta investigación? El portal ScienceDaily cita a Willis Klein, candidato a doctorado en el Departamento de Psicología de la Universidad McGill e impulsor del trabajo: “Cuando confiás o amás a alguien, esperás que se comporte de una determinada manera”. El problema es que los gaslighters “se comportan de una forma atípica, algo sorprendente, y usan esa sorpresa para dirigir el aprendizaje de las personas a las que apuntan”.
¿Qué aporta el estudio?
El descubrimiento es clave porque saca el foco de que el gaslighting es solamente una forma de mentir o negar un hecho y va mucho más allá. Llega a sembrar la sospecha de que la otra persona no entiende bien lo que está viviendo y eso afecta a su comportamiento posterior. El típico caso de esta práctica ocurre cuando alguien le dice a otro que no ocurrió algo que él sabe que sí. De ese modo, lo hace desconfiar de sus recuerdos o de sí mismo, para quedarse con la razón. Pero ahora queda claro que esto es más profundo.
El estudio plantea que esa dinámica se vuelve especialmente eficaz en vínculos cercanos, íntimos, que son los que ayudan a moldear y verificar la visión que una persona tiene de sí misma y del mundo. Entonces, justamente por eso, es que el efecto es más grande si el manipulador es alguien del entorno más cercano.
“Esto se repite una y otra vez, hasta que la persona realmente integra la idea de que no tiene un buen control de la realidad”, agregó Klein. Y ahí está el núcleo del daño, porque hay confusión y angustia, pero también de confianza en el criterio y en la experiencia propia.
No es una discusión cualquiera
Ese punto importa porque el término quedó desdibujado por su uso masivo y se aplica para describir casi cualquier desacuerdo intenso. Pero el trabajo científico muestra que es bastante más peligroso y lo define así: “El gaslighting es una forma de manipulación psicológica que, con el tiempo, lleva a la víctima a dudar de su percepción de la realidad, lo que a menudo resulta en una pérdida de autonomía e inestabilidad emocional y mental”. O sea, no habla de una pelea aislada ni de alguien difícil de tratar, sino de una dinámica repetida que desgasta la percepción de quien la sufre.
La investigación también discute una idea falsa: que esto solo les pasa a individuos especialmente frágiles. En otra frase citada por ScienceDaily, Klein sostuvo: “En nuestro modelo no necesariamente hay algo específico en el objetivo del gaslighting que lo haga particularmente vulnerable. En esencia, podría pasarle a cualquiera, siempre que esté confiando en la persona equivocada”.
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