El divorcio invisible: si hoy no estuvieras con tu pareja, ¿la elegirías de nuevo?
¿Por qué quedarte con una persona si la relación funciona, pero ya no entusiasma? Solo una de las preguntas que planteó Santiago Bilinkis
Llegar solo a un cumpleaños familiar supo ser motivo de interrogatorios. Hasta hace muy poco, si no estabas en pareja, tenías que explicar qué había salido mal y, en muchos casos, qué tenías vos de malo porque nadie te “elegía”. Y aunque la cosa cambió y hoy estar en pareja es una decisión en la que influye más la intención que la obligación cultural, todavía hay quienes siguen en pareja aunque ya no funcione. El tecnólogo y divulgador argentino Santiago Bilinkis se metió en este tema y planteó varias preguntas incómodas.
Hasta no hace mucho, no era común preguntarse: ¿por qué convivir? ¿Por qué volver a intentar después de una separación? ¿Por qué dormir con alguien que ronca o compartir el cuarto con alguien que deja todo tirado? ¿Por qué quedarte con una persona cuando la relación funciona, pero ya no entusiasma? Pero hoy está más aceptado hacerse esos cuestionamientos y se abren puertas a decisiones que antes no se tomaban por miedo, por mandato o por costumbre.
El punto de partida del análisis que hizo Bilinkis en dos capítulos de su podcast Futuro en Construcción fue un dato de la naturaleza, que se pelea con la idea de que vivir de a dos es lo natural. “En la naturaleza, el 70% de las especies de mamíferos vive de a uno y la mayoría de los que no viven solos, viven en grupos. La pareja como base de la organización social no llega al 10% de las especies”, afirmó.
Pero además, si el análisis se limitara únicamente a nuestros parientes más cercanos, los grandes simios, que comparten casi todo nuestro ADN, ninguno vive en pareja. Conclusión clara, entonces: la pareja humana no es una herencia evolutiva, es un invento nuestro. El hecho de formar un vínculo afectivo con otro y criar hijos juntos tiene millones de años, agregó Bilinkis, pero “la monogamia exclusiva legalmente obligada” apareció hace poco en términos históricos.
Y la clave en todo esto es que ni siquiera nació por amor esa costumbre humana de emparejarse. Casarse nació como “un negocio, una alianza entre familias, una manera de heredar tierras o cerrar acuerdos políticos”, señaló. La pareja tal como se la entiende hoy, esa que se elige por amor, “es más nueva que la radio, que el cine sonoro o que la penicilina”, marcó el argentino. De hecho, pensalo: “Tus abuelos no se casaron por la misma razón que vos”.
Lo que unía y ya no une tanto
En su análisis, Bilinkis identificó cuatro “patas” que sostenían a las parejas y que hoy están cada vez más en entredicho:
- Tener hijos juntos. La natalidad viene cayendo en todo el mundo y “cuando procrear dejó de ser una obligación, mucha gente descubrió que no quería tener hijos”, apuntó. Entonces, convivir por esa razón ya no es una necesidad.
- Tener sexo regularmente. La pareja fue durante siglos el único contexto donde teóricamente se podían tener relaciones, pero el deseo y la frecuencia sexual vienen cayendo en todo el mundo también, remarcó. O sea, que la convivencia por esta razón tampoco es demasiado necesaria. El argentino citó un ejemplo que impacta: en Japón más del 40% de los solteros entre 18 y 34 años son vírgenes y en Estados Unidos, la proporción de matrimonios sin sexo no para de crecer.
- El mandato cultural. Hace solo una generación, “no estar en pareja era una falla social”. Si una mujer llegaba sin casarse hasta los 30 años, era una solterona. Pero hoy la gente se está casando cada vez más tarde en todo el mundo y, en muchos casos, no se casa nunca.
- Vivir poco. “Cuando se inventó la promesa de ‘hasta que la muerte nos separe’, la expectativa de vida era apenas de poco más de 40 años”, e ironizó con que antes “el compromiso era una garantía corta” y ahora “es una hipoteca a 60 años”.
A esas cuatro patas flojas, el argentino le sumó la cifra de rupturas: “En el mundo occidental, casi la mitad de los matrimonios terminan en divorcio y los reintentos no parecen funcionar. En segundos matrimonios, en Estados Unidos el número sube a 6 de cada 10 y en terceros, 7 de cada 10 fracasan”.
Queremos que la pareja nos dé todo
Las formas en las que se relacionan las parejas de hoy también erosionan los vínculos y uno de los problemas es que esperamos de nuestra “media naranja” que nos dé todo lo que antes nos nutría nuestro círculo de relaciones. En este punto, Bilinkis introdujo el trabajo de la antropóloga Helen Fisher, que describió tres sistemas cerebrales distintos:
- El deseo sexual, que manejan las hormonas como la testosterona, te empuja a salir y a desear un rango amplio de posibles parejas.
- El enamoramiento, es manejado en gran parte por la dopamina, “la misma sustancia que genera placer y que activan algunas drogas y también las redes sociales”.
- El apego, que depende de la oxitocina y la vasopresina y cuyo efecto es la calma profunda, la confianza, la sensación placentera de estar en casa al lado de alguien.
El problema, según su análisis, “es que estos tres sistemas no siempre coinciden en la misma persona y al mismo tiempo”. Por ejemplo, podés sentir un apego inmenso por tu pareja de hace 20 años y “al mismo tiempo enamorarte como un adolescente de alguien a quien conociste la semana pasada o desear físicamente a alguien que viste por la calle”. “Son tres químicas y tres impulsos diferentes que conviven en una misma cabeza”, marcó.
Y sobre eso agregó otra capa: antes, las necesidades estaban repartidas. La compañía profunda la daban los amigos íntimos; la crianza la apoyaba la familia extendida; la identidad social la daba el barrio o el club. “Pero ahora esperamos que todo eso lo dé la misma persona: la pareja”, apuntó. Que sea amante, mejor amigo, socio de negocios, testigo de nuestra existencia y sostén emocional, entre varias otras cosas.
Citando a la psicoterapeuta Esther Perel, la conclusión es clara: “Le estamos pidiendo a una sola persona lo que antes le pedíamos a una aldea entera”.
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¿La química mata la convivencia?
Según varios estudios científicos, está probado que la dopamina, esa hormona que tenemos asociada al placer, no se dispara cuando recibimos lo que nos hace feliz, sino antes, cuando tenemos la expectativa de recibirlo. Y esto, que puede parecer mucho más relacionado con un laboratorio que con una relación amorosa, sin embargo, tiene mucho que ver. Porque el pico de dopamina en una pareja se da cuando todavía tenemos expectativas por lo que puede suceder y se apaga cuando la rutina gana.
“La convivencia es la previsibilidad máxima”, marcó Bilinkis y cuando nos entregamos por completo a la rutina, la incertidumbre desaparece, la dopamina se aplana y la conclusión es que “la química que nos enamora es la misma química que se aburre, por lo que la convivencia es básicamente la peor noticia para esa química”.
Ahí es cuando aparece el concepto de “divorcio invisible”. Bilinkis hizo una encuesta entre sus seguidores y oyentes de los distintos programas en los que participa y obtuvo más de 6.000 respuestas. De ellas salió un dato clave: una de cada cinco personas que está en pareja se siente sola a pesar de estar con alguien, y seis de cada 10 de los que están solos se sienten bien estando así.
Entonces, es claro que estar solo es algo que está a la vista, pero sentirse solo aun estando en pareja es algo difícil de notar y aún más difícil de decir. “Desde afuera la vida parece armada, porque hay una casa, una rutina, fotos, planes y hay una pareja al lado”, dijo. Y fue a eso lo que llamó “divorcio invisible”, porque en muchos casos se trata de una pareja que se terminó hace tiempo, pero sigue junta.
Y para que se entienda mejor, la describió con varios detalles del día a día: “Comparten cama, comparten cuenta de banco, comparten los hijos, cumplen aniversarios y se compran regalos, pero en silencio saben que hace mucho dejaron de ser una pareja. En el sentido pleno, dejaron de desearse, de descubrirse, de elegirse y nadie lo dice”.
La pregunta con la que Bilinkis cierra su análisis es la que da vuelta todo lo anterior: "Si hoy fueras una persona libre, sin pasado con esa persona, ¿elegirías juntarte con quien estás?". Y reconoce que es un ejercicio incómodo, pero "si la pregunta te incomoda, probablemente está tocando algo importante".
Pero no todo está perdido, hay un “segundo enamoramiento”
En este punto, Bilinkis relató un experimento de la psiquiatra Donatella Marazziti, que “tomó a personas que se acababan de enamorar y les midió la serotonina y después hizo lo mismo con pacientes con trastorno obsesivo compulsivo y los dos dieron casi igual”. Lo bueno es que esos días de mariposas en la panza y de mirar el teléfono 80 veces para saber si nos escribió y de torturarnos pensando si nos querrá y si nos elegirá, son pasajeros.
“Ningún cerebro aguanta ese nivel de obsesión para siempre”, dijo el argentino y acotó que “cuando pasa ese huracán”, la dopamina cede el protagonismo ante la vasopresina y la oxitocina. Y ahí pueden pasar dos cosas:
- las parejas que se quieren, se acompañan, se tienen confianza, pero están más cerca de ser amigos o hermanos.
- las otras, que a pesar de que están juntas hace mucho tiempo, siguen estando enamoradas y en su cerebro (según estudios científicos) se sigue encendiendo la misma zona del placer que a alguien que recién se enamora. La diferencia es que esta gente ya no tiene las mariposas, ya no “padece” ese primer enamoramiento, sino que disfruta del segundo.
Son personas que, además de mantener la expectativa, desarrollaron el apego y pasaron a una etapa de placer sostenido por el vínculo que tienen y sin la angustia por el vínculo que podría ser.
Esto “no es revivir las llamaradas del arranque, porque eso es imposible, ese combustible se gastó”, explicó el argentino. “Esto es lograr el amor tranquilo (...), es aprender a hacer fuego con otra madera”, ilustró.
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