Y no se trata de tener poco o mucho dinero, sino de la importancia de la educación financiera para niños, y de resolver cómo se va a manejar ese desafío de poner a los más chicos en el mundo de las compras, las ventas, los deseos y sus satisfacciones monetarias. Y también de sus frustraciones. ¿Le estoy haciendo un favor dándole plata o lo estoy malcriando? ¿A qué edad le puedo dar? ¿Y en qué puede usar el dinero?
Ver cómo los padres se relacionan con el dinero tiene un impacto clave en la relación que luego esos niños tendrán con él. Si es un drama gastar o si cada compra se hace con alegría; si el dinero se ahorra o se dilapida sin más... Incluso si es motivo de peleas entre sus padres o de que nunca los vean porque trabajan 24/7 para traer dinero a casa. En la mayoría de los casos, los padres no tendrán intención de dejar marcas negativas, pero estas pueden ocurrir, así que bien vale analizar el tema.
Enseñar el valor del dinero
La clave no está en la cantidad de dinero, sino en lo que ese dinero representa. Cuánto costó obtenerlo, el valor de los recursos y el esfuerzo que se requiere para acceder a ellos es una enseñanza clave desde chiquitos.
Los hábitos que ven en casa, las decisiones que toman sus padres frente a ellos, son el espejo en el que se van a mirar. Y no se trata solo de hablar de ahorro, sino también de responsabilidad, de ponerse en el lugar del otro y de tener respeto por lo que cuesta conseguir las cosas.
Un estudio realizado en los Países Bajos, citado por The Conversation, mostró que las personas que de chicas recibieron un dinero de sus padres y tuvieron guía en cómo gastarlo, terminaron siendo adultos mucho más previsores. Específicamente, ahorran entre un 16 % y un 30 % más en su vida adulta que aquellos que no tuvieron esa escuela en casa.
Además, esa misma investigación marcó que dar plata "porque sí", sin acompañamiento educativo, no sirve para nada. No mejora el ahorro a futuro.
¿Ya te gastaste todo?
Si los padres deciden dar dinero a los hijos, ya sean niños o adolescentes, tendrán que tomar otra decisión asociada. Y esta tampoco es fácil: ¿Se controla el destino del dinero o no?
Por ejemplo: el pequeño se gasta toda la plata de la semana en caramelos el primer día y después se lamenta, se queja o pide más. ¿Es válido rezongarlo o hay que respirar hondo y pensar que es su dinero y está bien que aprenda qué pasa si lo despilfarra? Los reproches o las críticas hirientes no ayudan a nadie, eso es seguro. Como marca el estudio de los Países Bajos, la mejor opción parece ser entregar dinero y dar información útil sobre su utilización.
La idea es que entiendan que gastarse todo sin pensar tiene una consecuencia real y a la vez que el ambiente de la casa es seguro para aprender esa lección. Pero allí aparece otro factor clave: todos sabemos en qué termina aquello de "solo por esta vez te doy más". Es un camino de ida. Si se estableció un monto semanal y el dinero se gastó, los padres y el niño o adolescente tienen que esperar a la semana siguiente. La educación y el autocontrol deben regir para ambos.
Las cuatro reglas de oro para la mensualidad
Si una familia decide dar el paso y comenzar con la entrega de dinero mensual o semanal, tiene que conocer los cuatro puntos clave que recomiendan todos los expertos e influencers de redes sociales que hablan del tema:
La fecha es sagrada: Ya sea por semana o por mes, la plata tiene que estar el mismo día siempre. La previsibilidad es lo que les permite empezar a pensar a futuro. Si no saben cuándo cobran, no pueden planificar.
El monto no cambia: Salvo que decidan un aumento formal, la cantidad tiene que ser siempre la misma. Esto los obliga a saber exactamente con qué cuentan y a manejarse dentro de ese límite.
Prohibido el "adelanto": Esta es la regla que más cuesta cumplir. Si el miércoles se quedaron sin un peso, no se adelanta lo de la semana siguiente. ¿Por qué? Porque si les das hoy lo que es para mañana, el problema se agranda: la semana que viene van a tener menos todavía y el ciclo de deuda no termina más. Útil para niños y adultos.
Cuentas claras conservan la familia: Si hay un acuerdo en el destino del dinero, este tiene que estar claro. Casi como un contrato firmado. ¿Se pagan ellos el transporte? ¿Las salidas? ¿La merienda? Si es así, se debe cumplir y el dinero tiene que alcanzar para el presupuesto.
¿Qué se gana (y qué se pierde) con este sistema?
Implementar esta forma de funcionar requiere de una disciplina que, a veces, a los padres les cuesta tanto como a los hijos. Hay que sentarse, hacer cuentas y resistir estoicos a los momentos de frustración o de solicitudes de préstamos o adelantos. Además, les exige a los padres tener una cierta suma de dinero segura para la fecha acordada y eso, a veces, puede complicar la economía hogareña.
A la hora de “firmar el contrato” hay que pensarlo bien.
Pero los beneficios que tiene implementar esta rutina en las familias excede por lejos a los dolores de cabeza. Algunos de los aportes son:
- Los hijos entienden el valor real de las cosas y que el capital es limitado.
- Obliga a que toda la familia se siente a armar un presupuesto y tenga un registro de gastos.
- Es la excusa perfecta para la bancarización temprana: que tengan su cuenta, que entiendan qué es un plazo fijo y que vean cómo la inflación afecta el poder adquisitivo.
- Fomenta el ahorro y entrena en la capacidad de postergar el consumo y la satisfacción instantánea.
- Si se usa bien, es una escuela de manejo de ansiedad y frustración.
Un debate eterno: ¿Hay que pagarles por las tareas domésticas?
En muchas familias se opta por no dar dinero "porque sí", sino que los niños o adolescentes lo reciben por cumplir con ciertas tareas del hogar previamente acordadas. Algo así como su primer sueldo. Pero hay discusión en este punto.
Por un lado, están quienes creen que es un incentivo para el esfuerzo y por otro, los que consideran que las tareas básicas son parte de la convivencia. Así como mamá y papá no reciben un pago por tender la cama o por haberles cambiado los pañales, ellos tampoco lo recibirán por sacar la basura.
El diario español La Vanguardia plantea este dilema y señala que la clave aquí debe estar en qué es lo que se busca enseñar: "si estamos priorizando el valor del dinero o el valor de sentirnos parte de la familia y colaborar los unos con los otros". Es decir que si se les paga por colaborar en su propio hogar, se corre el riesgo de que el mensaje sea: 'Solo ayudo si hay plata'. El foco, según los especialistas, debería estar en los valores de empatía y compromiso con el grupo familiar antes que en el beneficio económico.
Conceptos que tienen que quedar grabados
Para que todo este esfuerzo tenga sentido, hay algunos conceptos que se deben "bajar a tierra" y, si quedan grabados a fuego, es lo mejor:
- No se puede gastar más de lo que entra.
- Tener un plan de gastos es la única forma de no fundirse.
- Ahorrar es postergar el consumo y la satisfacción inmediata.
- Toda decisión con el dinero tiene una consecuencia.
- Honrar las deudas, siempre. La devolución tiene que ser innegociable.
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