“Claro, es hijo único, por eso es así”. Una frase que persigue a quienes no tienen hermanos y que se escucha en sobremesas familiares, en grupos de WhatsApp y en consultorios pediátricos como si fuera una verdad probada.
Sobre los hijos únicos pesan etiquetas que se transmiten de generación en generación, pero buena parte de esos prejuicios tiene más de mito que de realidad. Y vale la pena revisarlos.
Aquí va un repaso de los puntos que enumera el sitio Mejor con Salud.
Son egoístas por naturaleza
El argumento clásico es que “no saben compartir”. Pero compartir no es algo que se aprenda únicamente en casa peleando por el control remoto con un hermano. La empatía y la cooperación se construyen en muchos espacios: la escuela, los primos, los amigos del barrio, el club.
Un hijo único puede ser tan generoso —o tan poco— como cualquier otro niño, de acuerdo a la crianza que tuvo.
Son siempre mimados
Se asume que, al ser uno solo, los padres lo van a sobreproteger. Sin embargo, esto es algo imposible de generalizar. Habrá padres muy presentes y atentos y otros alejados o despreocupados. Además, la concentración de atención no implica más o menos cariño, o más o menos falta de límites.
Hay hijos únicos criados con reglas claras y responsabilidades desde chicos, y hay chicos con varios hermanos a los que se les permite todo.
Son solitarios y poco sociables
Disfrutar de estar solo no es lo mismo que estar aislado. Muchos hijos únicos aprenden temprano a habitar sus propios espacios, a entretenerse, a no necesitar compañía permanente. Eso no les impide tener amigos ni construir vínculos cercanos. La sociabilidad se entrena en la interacción con otros, y para eso no hace falta tener un hermano enfrente en la mesa.
No saben trabajar en equipo
La idea de que crecer sin hermanos imposibilita colaborar también se cae fácil. La escuela, los deportes, las actividades extracurriculares ofrecen oportunidades de sobra para aprender a trabajar en grupo. La habilidad para integrarse depende mucho más de la práctica y la motivación que del árbol genealógico.
Existe un “síndrome del hijo único”
Hace décadas se hablaba de una especie de trastorno que afectaba a los niños sin hermanos y que los transformaba en inseguros, egocéntricos, inadaptados. Pero actualmente esa idea quedó devaluada. Entre los hijos únicos hay tanta diversidad de personalidades como en cualquier otro grupo: tímidos y extrovertidos, ansiosos y tranquilos, líderes y observadores. Reducir todo eso a una etiqueta común dice más del prejuicio que de los hijos únicos.
Son menos independientes
Curiosamente, suele pasar lo contrario. Al tener que entretenerse solos buena parte del tiempo, muchos hijos únicos desarrollan recursos propios desde chicos: leen, dibujan, inventan juegos, toman decisiones sin esperar la opinión de un par. Esa autonomía, que a veces se confunde con rareza o con excesiva seriedad, termina siendo una fortaleza a largo plazo.
Más allá de los mitos
El sitio especializado en salud recalca que la personalidad de un niño se moldea por una combinación de factores:
- estilo de crianza
- entorno social
- cultura
- experiencia
Entonces, tener hermanos puede aportar aprendizajes valiosos, pero no garantiza ni empatía ni madurez. Al igual que ser hijo único no condena a nadie al egoísmo ni al aislamiento.
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