Cada día, cuando los niños de primero y segundo de escuela entran a clase, toman un palillo, de esos que se usan para colgar la ropa, eligen una carita de papel (que ellos mismos hicieron a principio de año) y la cuelgan en una cartelera. Con ella les cuentan a sus compañeros y a la maestra cómo están: con una sonrisa, un llanto o una cara enojada. Ese simple ejercicio forma parte de la propuesta de educación emocional que, desde hace una década, impulsa un grupo de maestros y profesionales de varias ramas vinculadas a la enseñanza.

“La maestra mira el cartel y dice: ’Ah, Juancito vino triste’, entonces le pregunta qué le pasó. El niño aprende a contar y se generan vínculos con el otro”, explicó a Montevideo Portal Albana Sanz, maestra uruguaya radicada en España, con posgrado en educación emocional y una de las principales impulsoras del tema en Uruguay. “Ahí se crea un clima donde el aprendizaje es posible”, agregó.

Esa rutina, que no lleva más de diez minutos y no interfiere ni retrasa el plan educativo del año, puede cambiar el resto del día y, con el tiempo, algo más que eso, dijo Sanz. “Cuando hablamos de educación emocional, no es ninguna moda. Esto comenzó en la década del 90 como conocimiento académico, y es un complemento, pero no un complemento decorativo de la educación y del currículo. La educación emocional es una acción educativa continua y sistemática”, enfatizó.

Durante décadas, la escuela puso el foco casi exclusivamente en los resultados académicos: leer, escribir, calcular, pero “la escuela siempre educó emocionalmente, aunque no lo supiera”, dijo Sanz. “La pregunta es: ¿de qué manera lo hace?”, apuntó.

Su objetivo es que lo haga de forma consciente, intencional y sistemática. Y no habla de incorporar una materia nueva en el horario, ni de instalar una moda importada. Lo que propone Sanz —y lo que se está discutiendo hoy en términos de política pública, de la mano de dos proyectos de ley que están sobre la mesa— es que ese conocimiento llegue a todos los docentes del país, de forma gratuita y con respaldo académico. Actualmente, la organización Bambú, que integra Sanz y también la Universidad de Montevideo brindan cursos, pero el acceso es pago y, por lo tanto, no llega a todos los docentes.

Cómo se trabaja en el aula

La educación emocional no funciona como una asignatura separada. Se estructura a lo largo del año escolar en cinco habilidades, que Sanz enumeró:

  1. conciencia emocional
  2. regulación emocional
  3. empatía
  4. habilidades sociales, para la vida
  5. bienestar.

Cada una de ellas se trabaja durante dos meses durante el año lectivo. No hay una hora fija en el horario: se integra a las actividades cotidianas, a los cuentos, a los juegos, a los momentos de convivencia.

Con los más chicos, de tres a siete años, las herramientas son concretas y visuales, dijo. Además del palillo del estado de ánimo, se trabaja con cuentos, con la técnica del semáforo en la que rojo es parar; amarillo es pensar y verde es actuar. “Desde pequeñitos enseñamos a poner un stop. Porque cualquiera puede estar enojado en cualquier momento, pero lo importante es aprender a parar”, sostuvo la docente.

Con niños más grandes de Primaria, las actividades se vuelven más elaboradas. Para trabajar la empatía, por ejemplo, se arma un circuito de obstáculos donde los alumnos caminan con los zapatos de otro compañero —literalmente— y conversan después sobre la experiencia. “Le enseñamos a reflexionar, por ejemplo, por qué no tenemos que criticar cómo viene vestido un compañero o un maestro... ‘Imaginate vos caminando toda la vida con estos zapatos’”, relató.

Otra de las actividades que se proponen es hacer un recorrido con los ojos vendados, guiados por un compañero de clase. “¿Qué sentiste cuando te guiaba?”, preguntará la maestra al terminar y muchas veces la respuesta deja en claro el valor de la experiencia. “Tenía miedo, pero confiaba porque lo tenía al lado mío”, dicen los niños, contó Sanz.

Ya en el liceo y con adolescentes, la aproximación incorpora neurociencia. Se explica qué pasa en el cerebro cuando surge el miedo o el enojo: el sistema límbico inhibe la corteza prefrontal, el razonamiento se bloquea y la reacción llega antes que el pensamiento. “Como cuando estás en un bosque y aparece un oso”, ilustró Sanz. “No te vas a parar a dialogar con él, vas a salir corriendo seguramente. La propuesta no es suprimir la respuesta, la reacción, sino aprender a reconocerla y a respirar antes de actuar”, explicó.

También se usan técnicas de respiración —cuadrada, triangular, de estrella— y recursos vinculados al mindfulness.

¿Se puede aprender de adulto?

Una pregunta que le suelen hacer es: si no tuvimos educación emocional de chicos, ¿estamos en desventaja para siempre? La respuesta que da la neurociencia es que no, ya que la neuroplasticidad (la capacidad del cerebro de generar nuevas conexiones) se mantiene toda la vida y estas habilidades se pueden desarrollar a cualquier edad. “De todos modos, cuanto antes se empieza, mejor”, reconoció Sanz.

Además, lo que cambia con la edad temprana no es la posibilidad de aprender, sino la cantidad de malestar que se evita en el camino. Si un niño aprende a reconocer y regular sus emociones a los cinco años, probablemente no llegue a los 30 sin saber qué hacer con su angustia.

El primer paso: nombrar lo que se siente

Uno de los puntos clave que deja la educación emocional en las personas, dijo Sanz, es la capacidad de describir cómo se sienten. Muchas veces, a los niños uno les pregunta cómo están y la reacción es levantar los hombros y decir “yo qué sé”, remarcó la maestra y apuntó que no se trata de que sean indiferentes o no les importe, sino que no tienen las palabras para describir lo que sienten.

“Esa incapacidad de poner en palabras lo que nos pasa, con el tiempo, se transforma en enfermedad”, aseguró y marcó que la investigación en neurociencia apunta en esa dirección: la dificultad para identificar y expresar emociones aparece como factor común en cuadros de ansiedad, depresión y enfermedades psicosomáticas.

La primera habilidad que trabaja la educación emocional es precisamente esa: la conciencia emocional. Antes de regular, antes de relacionarse con el otro, hay que saber qué me está pasando y ponerle nombre.

Lo que muestran los datos

En 2023 y 2024, Sanz llevó adelante una experiencia en la escuela 350 de Casavalle. Allí trabajó con los docentes, que a su vez aplicaron actividades con los alumnos y los resultados, que forman parte de su tesis doctoral, muestran una reducción significativa de los episodios de violencia en el aula. Según ella misma destacó, en base a los datos del estudio, la regulación emocional se duplicó en un año (pasó de 17% a 34%) y las inasistencias llegaron casi a cero en los grupos en los que se trabajó con esta metodología.

“En esa escuela se bajaron los niveles de violencia, porque la educación emocional es una acción preventiva de determinados comportamientos de riesgo que se dan en el aula, como la falta de respeto, insultos o escupitajos, que ocurrían. Pero también es preventiva en lo que tiene que ver con la depresión, la ansiedad, el suicidio”, acotó.

Sanz reconoce que el valor estadístico de los datos no es generalizable, porque se tomaron dos o tres semanas puntuales, pero resaltó: “Hubo semanas en que no hubo hechos de violencia y lo tenemos que decir, porque incluso hoy tú vas a esa escuela y los padres están yendo a recibir clase de educación emocional”. Esto pasa, dijo, porque los niños se terminan transformando también en voceros, al comentar en sus casas lo que reciben en la escuela.

Por otra parte, dijo, el año pasado realizó una investigación en 63 centros de UTU en todo el país, aplicando instrumentos de evaluación validados académicamente por profesionales de la Universidad de Barcelona y también un cuestionario de la Organización Mundial de la Salud sobre prevalencia de depresión. La correlación que encontró fue que a mayor nivel de competencias socioemocionales, menor prevalencia de depresión entre los jóvenes.

Y es clave recordar que Uruguay encabeza las tasas de suicidio adolescente en América Latina.

La discusión pendiente

Existe un proyecto de ley de educación emocional que tuvo media sanción en el Senado en 2024, pero que quedó en fojas cero con el cambio de legislatura. Además, en diciembre pasado el senador colorado Robert Silva presentó otro que va en el mismo sentido.

Sanz impulsa el proyecto original y viene trabajando en reuniones con las autoridades y legisladores de distintos partidos para que se retome y se apruebe. El objetivo central es que ANEP lidere la formación de todos los docentes del país en estas competencias, de forma gratuita y voluntaria. Hoy, la capacitación existe, pero es privada y arancelada, lo que limita su alcance.

Más allá de posturas partidarias, hay debate incluso entre educadores e investigadores, que han señalado que la idea de enseñar a “gestionar” emociones puede, en algunos enfoques, derivar en responsabilizar a los individuos por problemas que tienen causas estructurales.

En un artículo publicado en La Diaria, Javier Alliaume Molfino, maestro, magíster en Derechos de Infancia y Políticas Públicas, y doctorando en Ciencias de la Educación, planteó: “¿Quién se animaría a votar ‘en contra’ de la educación emocional? Precisamente, por esa buena prensa, conviene poner un freno y hacer una pregunta incómoda: ¿qué estamos haciendo cuando convertimos las emociones en objeto de legislación y política educativa?”.

Desde su punto de vista, cuando el Estado legisla la educación emocional “no está simplemente ‘habilitando el sentir’. Está definiendo qué emociones importan, cómo deberían expresarse, quién debe regularlas, cómo se enseñan y —sobre todo— qué problemas sociales se pretende resolver por esa vía”.

Qué puede hacer cualquiera, sin esperar la ley

Con o sin ley, la educación emocional no es solo para las aulas. Algunas de las herramientas que se trabajan con niños son igualmente válidas para adultos. Respirar antes de responder, identificar qué emoción está detrás de una reacción o escribir, durante 21 días seguidos, cómo uno se siente —sin releerlo, sin juzgarlo, son herramientas que recomienda Sanz para sentirse mejor.

“Cuando uno se conoce, se comprende”, afirmó la maestra, y enfatizó: “Y cuando se comprende, se siente aliviado”.