Por Patricia Vicente
Carl Honoré nació en Escocia, se considera canadiense, vive en Londres y habla en español como un porteño de pura cepa. Es que vivió varios años en Argentina, fue corresponsal de diversos medios cuando el menemismo marcaba el pulso en los movidos años 90. La vida urgente de aquellos días le pasó por arriba y un día se dio cuenta de que hasta leyendo un cuento para dormir a su hijo quería correr y hacerlo todo más rápido.
Ese fue un momento de revelación, que cambió su vida y dio origen a un libro y a una filosofía que muchos adoptaron en el mundo. “El elogio de la lentitud” fue el escrito y el movimiento slow, su gran legado.
Honoré estará en Montevideo, en el Teatro Movie, el 5 de mayo a las 19 horas para dar la charla “De la vorágine al propósito”. Y antes de llegar a estas tierras, que ya conoce y que consideraba su “válvula de escape” de aquella vertiginosa Buenos Aires, conversó con Montevideo Portal. Aquí la entrevista.
—¿Cómo hiciste el click para pasar de modo fast a slow?
—Durante un tiempo ya me venía dando cuenta de que estaba acelerando la vida en lugar de vivirla. Pero el momento epifánico me llegó cuando empecé a leerle cuentos a mi hijo. En aquella época yo era incapaz de frenar, entonces le ofrecí una lectura dinámica de Blancanieves, saltando párrafos, páginas enteras. Mi versión era tan rápida que tenía apenas 3 enanitos. Un día escuché hablar de un libro titulado “Los cuentos de antes de dormir en un minuto”, o sea, Blancanieves en 60 segundos. Y te soy sincero, mi primera reacción fue: “¡Qué idea más fantástica! Tengo que conseguir ese libro ahora mismo en Amazon”. Pero tuve una segunda reacción muy diferente, que fue como una epifanía. Me dije: “No, esto no puede ser, perdí la brújula, perdí la cabeza”.
Fue como tocar fondo. Y desde ahí, como periodista, quise entender no solamente mi propia adicción a la prisa, sino que quise centrarme en una narrativa más global. Quería entender si yo era el único o si había algo en el aire. Entonces salí a viajar y me tropecé enseguida con esta idea de hacer las cosas con la filosofía slow, que no es una filosofía extremista de hacerlo todo a paso de tortuga. Eso sería totalmente ridículo.
—¿Cómo se define? No se trata de dejar todo lo que uno hace y cambiar radicalmente de vida.
—No. Hay momentos para ir rápido y otros para bajar un cambio. Es una idea muy sencilla, en el fondo. Se trata de buscar lo que los músicos llaman el tiempo justo para cada momento. Y una vez que cambiás el chip, cambia todo, porque hacés todo mejor, disfrutás más, tenés más salud, mejores relaciones afectivas. Con mucha frecuencia, el cuerpo nos manda la factura y nos dice: estás viviendo muy rápido y ahora pagás el precio.
—Y después de hacer ese click, después de ese día de Blancanieves en 60 segundos, ¿cómo fue tu proceso? ¿Empezaste a leer libros, empezaste a ir a terapia?
—No, terapia no. Nunca hice terapia de ninguna forma. Salí a investigar, a buscar, con curiosidad, ganas de entender, como periodista. Salí a hacer reportajes por todo el mundo.
Mucha gente que me pregunta cómo fue el inicio lo hace porque, como hoy somos tan impacientes, quieren saber cómo bajar un cambio más rápidamente. Hay gente que dice: “Vi una charla TED o leí un libro y me encantó esta idea de la lentitud, así que me anoté en una terapia; luego salí corriendo para preparar una cena de slow food y de ahí volando para hacer otra cosa”. Pero es un proceso. Desacelerar es un proceso lento, ese es el tema. Y al inicio vas a pasar por muchos síntomas de abstinencia, porque somos adictos física, química, emocional y psicológicamente a la prisa, al fast, a la vida rápida. Y cuando te lo quitás de encima, en lugar de festejarlo y abrazar tu tortuga interior, hay ansiedad.
—¿Y eso por qué pasa?
Porque, por un lado, está la adicción física: estás acostumbrado a hacer malabares con 80 cosas, al multitasking. Pero también hay una adicción metafísica. Para mucha gente, una vida rápida, de mucha distracción, de agendas abultadas, en el fondo es un mecanismo de negación, es una huida de uno mismo, una huida de esas grandes preguntas con las que tenemos que lidiar para vivir una vida digna. Preguntas como ¿quién soy? ¿Cuál es mi propósito en este mundo? ¿Será que estoy viviendo la vida correcta para mí o estoy en piloto automático?
Es mucho más fácil lidiar con las pequeñas preguntas, las triviales, como ¿dónde están mis llaves? Es mucho más fácil acelerar y correr. Y mucha gente piensa que corre hacia algo, pero creo que en muchos casos lo que estamos haciendo es correr para escaparnos de nosotros mismos. Entonces, al inicio nos incomoda, se generan síntomas de abstinencia, ansiedad, pero merece la pena lidiar con ellos.
—¿Cómo impacta esto en el entorno? Porque uno decide parar, pero la familia sigue a la misma velocidad. Los amigos, los compañeros de trabajo, también.
—Esa es otra faceta de esta discusión, porque vos no podés llegar y declarar la lentitud unilateral. O sí podés, pero no va a funcionar, porque estamos conectados, somos seres sociales, tenemos familias, tenemos redes. No podemos cambiar de la noche a la mañana sin avisar y sin explicar.
Esto a mí me costó un poco al principio, porque tuve esa epifanía, sabía qué tenía que hacer —o más o menos— para reconectar con mi tortuga interior, pero no pensé mucho en el efecto que iba a tener en mi alrededor y desde el vamos hubo gran rechazo de algunas personas. “¿Cómo puede ser? ¡Este no es el Carl que conocemos!”, me decían. Yo sentí culpa, sentí vergüenza, como que estaba decepcionando a mis seres queridos, a mis compañeros, a mis colegas.
Eso fue la primera etapa y luego entendí que no podía parar e ir más lento sin tener en cuenta los efectos secundarios, digamos. Ahí empecé a hablar, a dialogar, a explicar a la gente el porqué de mi desaceleración. Es un proceso de explicación y de cierto modo de seducción, porque vas contra la corriente dominante de la cultura. Pero lo que descubrí muy al inicio, cuando empecé a explicar, fue que la gran mayoría me respondía: “Me encantaría hacer lo mismo, pero nunca me había animado a decirlo en voz alta o a dar el primer paso”.
Entonces, pasé muy rápidamente a ser como una fuente de inspiración, una chispa y vino un efecto de reacción en cadena. Digamos que yo fui el primero en mi entorno, pero el efecto se fue multiplicando.
—Y te debe pasar también que hay personas que te dirán “muy bueno, pero yo sigo corriendo”.
—Sí, y no se trata de ponerse en un pedestal y decir ‘soy dueño de la verdad absoluta’. Ni por asomo. Además, un aspecto muy importante, casi imprescindible del movimiento slow, es que la lentitud significa algo diferente para cada uno. Cada persona tiene su metrónomo interno; lo que es rápido para mí puede ser muy lento para vos. Se trata de buscar tu tiempo y tratar de sintonizarlo y armonizarlo con los tiempos de los demás. Esa es la clave.
Mucha gente llega al movimiento slow desde una óptica bastante —no quiero decir egoísta— individualista. Algo así como “tengo problemas de salud, quiero ser más productivo, quiero ser más creativo. Es yo, el yo, lo mío. Pero eso no es el fin del cuento, porque el objetivo final es crear un mundo en el que todos podamos vivir en nuestro tiempo justo, pero juntos, conectados.
Hay un proverbio africano muy lindo que dice algo así como: “Si quieres ir rápido, ve solo. Si quieren ir lejos, vayan juntos”. Y eso es algo que a veces se pierde un poco en el debate. La gente piensa que “se va a optimizar” y a ser la mejor versión de sí misma, y es fantástico, pero no debería terminar ahí. Hay que ir hasta el final, a un cambio de chip colectivo.
Yo siempre digo que la prisa nos deshumaniza y la lentitud nos rehumaniza, y creo que la palabra clave en todo esto del slow es humanidad. Y más en esta época de la inteligencia artificial, que lo que promete es acelerarlo todo aún más, a un nivel inimaginable. Los grandes de Silicon Valley nos dicen que esto es un cambio inevitable y bienvenido y que hay que abrazarlo y festejarlo. Y yo soy bastante escéptico, creo que estamos frente a una elección muy tajante, muy importante. Porque podemos intentar competir con la IA en términos de velocidad, pero sería una mala elección. Esa carrera ya la perdimos. Lo que tenemos que hacer es poner el foco en lo que hacemos mejor como seres humanos, que son las cosas lentas, la reflexión, la conexión humana, la confianza, la creatividad, el espíritu de equipo, la comunidad. Ir por el placer, los sentimientos, el amor, las cosas que son lentas, que le dan sentido, alegría y propósito a la vida.
—¿Estás de acuerdo con que después de la pandemia se recuperó o se revalorizó un poco el contacto humano, la tarea slow? ¿Ves que está volviendo esa tendencia del encuentro presencial?
—Está volviendo, sin ninguna duda. Estuve en París la semana pasada dando charlas y la última noche di una conferencia en un evento de una red europea que se llama Club Offline, donde se junta gente joven en general para pasar 5 horas charlando, haciendo artesanías o leyendo. Y me encantó. Me impactó estar 5 horas en un espacio con 80 o 90 personas y no ver ni un celular.
Pero creo que todos tenemos ganas de eso. Sentimos en los huesos que estaría bien hacerlo y lo bueno es que lo estamos haciendo cada vez más, sobre todo los jóvenes. Acá en Inglaterra hay una franquicia de librerías que se llama Waterstones y está abriendo 10 sucursales nuevas cada año. ¿Por qué? Porque los jóvenes y los adultos jóvenes están redescubriendo el placer de leer un libro.
Otro ejemplo es un nuevo ritual, que no sé si ya habrá llegado a Uruguay, que se llama stacking. El verbo stack es como apilar o amontonar, y lo que los jóvenes hacen es amontonar todos sus celulares uno encima de otro cuando van a un bar o a una cafetería. Los ponen en el medio de la mesa y el primero que agarra el suyo para mirar una aplicación o mandar un mensaje, paga la cuenta de todos. Es una manera chistosa de decir: “Tenemos este momento juntos, nunca vamos a volver a tenerlo, ¿por qué vamos a arruinarlo tratando de estar en varios lugares al mismo tiempo?”.
Y ese ritual de stacking no es un invento de los baby boomers, que crecieron sin pantallas, sino de los propios nativos digitales, a los que les encantan las redes sociales, pero dicen “basta, hay límites”. Hay muchos más ejemplos, son placas tectónicas que se están moviendo debajo de la superficie.
—Es un poco paradójico, porque esos jóvenes que están redescubriendo esa búsqueda de la humanidad son los mismos a los que sus padres les enchufaron un celular o una tablet cuando se aburrían de chiquitos.
—Cada vez más padres de esa generación sienten un poco de culpa por haber bombardeado con pantallas y aparatos electrónicos y son conscientes de que su niñez no fue así. Pero el mundo va por ese camino y hay mucha inercia y la gente no quiere desafiar un paradigma que parece dominante, entonces todos nos metemos en lo mismo. Pero ahora se ve cada vez más esa generación de padres mirando hacia atrás y pensando “¿qué les hicimos?”. Y se ven también problemas de ansiedad, de salud mental en niveles epidémicos a nivel mundial. Y yo creo que una de las raíces principales de eso es que muchos chicos no han tenido una niñez humana, han tenido una niñez online.
—Vos solés defender la importancia del aburrimiento en los niños. Esa es una de las claves también.
—Totalmente, yo soy muy fan del buen aburrimiento. Y los estudios demuestran claramente que el aburrimiento puede ser el trampolín hacia la creatividad. Son muy importantes esos momentos de estar sin saber qué hacer o lo que viene; esos momentos libres de exámenes, de clases y de distracción electrónica; momentos de silencio, no estructurados. Es cuando los chicos aprenden a pensar, a usar la imaginación, a sociabilizar, a llevarse bien con los demás y a regular sus emociones, a crear su resiliencia. Es cuando pueden mirar hacia adentro y conocerse a sí mismos.
Yo creo que el aburrimiento bien aplicado es uno de los regalos más luminosos que un padre le puede dar a su hijo. Pero la cultura de hoy nos dice que es señal de fracaso. ¿Cómo te podés aburrir en un mundo infinito de entretenimiento, de distracción, de consumo?
—Yendo a la conferencia que vas a venir a dar a Uruguay, que se llama “De la vorágine al propósito”, ¿cómo definís vos ese propósito y el camino para alcanzarlo sin correr?
—La charla tendrá mucho que ver con el virus de la prisa, que nos hace daño en todos los aspectos de la vida, y con la solución, que es muy sencilla: reconectar con la tortuga interior, desacelerar y hacer las cosas con espíritu slow. Yo siempre digo que “en un mundo adicto a la velocidad, la lentitud es un superpoder”.
Y también hablaremos del propósito, que solo se encuentra a través de un proceso de lentitud. No podés descargar tu propósito de Amazon o haciendo malabares con 82 mails. Es un proceso y todos los procesos son lentos, esa es la magia.
—¿Cómo se le dice a alguien que no tiene plata, que no llega a fin de mes o no tiene para darle de comer a los hijos, que se pase a slow?
—Esa pregunta siempre surge porque se confunde slow con trabajar menos y ganar menos. Y eso puede ser para algunos, pero no para todos. Cuando quitamos esa óptica vemos que en casi todas las situaciones podemos encontrar por lo menos algunas palancas, algunos espacios para ir más lento. Si mirás las cifras sobre el uso de pantallas en promedio de los uruguayos, ves que son más de 4 horas, pero la gente se queja de que no tiene tiempo. Seguramente, entre esos que están mirando TikTok hay muchos que están en un brete económico y tratando de zafar. Todos podemos hacer menos cosas y pasar menos tiempo conectado a las redes sociales.
Y quiero subrayar una cosa que me parece sumamente uruguaya, que es el ritual del mate. Es un acto supremo, majestuoso de la lentitud. No se puede correr al tomar mate, es un ritual cotidiano que te invita a desacelerar y es importantísimo incorporar rituales lentos. Tomás un mate y es como que te reseteás, volvés a cero, bajás un cambio y luego volvés a tus tareas.
Hay que rescatar y abrazar esos rituales lentos. Una cosa es decirles a todos los uruguayos que tejan o que hagan cerámica. Sería fantástico, pero ya tenés a mano un ritual sumamente uruguayo que te puede ayudar a reconectar con ese ritmo más suave, más humano. Así que soy “team mate”.
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