Así es la dieta MIND, que según la ciencia puede retrasar el envejecimiento cerebral
Seguirla de cerca se vinculó con una pérdida más lenta de tejido cerebral con los años. Dos alimentos dieron resultados inesperados.
Cuando se piensa en mantener la cabeza en forma con los años, lo primero que suele aparecer es algún desafío mental, como hacer crucigramas, aprender un idioma nuevo o incluso aprender a tocar algún instrumento. Pero poco se piensa en lo que ponemos en el plato. Sin embargo, la alimentación también tiene un lugar en esta conversación y, de hecho, hay una forma de comer en particular, la llamada dieta MIND, que volvió a aparecer vinculada a un cerebro que envejece más despacio.
Un trabajo que siguió durante unos 12 años a más de 1.600 adultos de mediana edad y mayores observó que quienes se ajustaban más a este patrón perdían tejido cerebral a un ritmo más lento. El impacto se daba sobre todo en la materia gris, que interviene en la memoria, el aprendizaje y la toma de decisiones.
Qué es la dieta MIND y qué alimentos incluye
La dieta MIND combina elementos de la dieta mediterránea con la DASH, un plan de alimentación diseñado para bajar la presión arterial, y su sigla en inglés alude a esa mezcla y a su objetivo final, que es retrasar la neurodegeneración, según informa el sitio Science Daily en base a un estudio publicado por BMJ Group.
Según los investigadores, esta dieta ya se había asociado antes con una mejor salud cognitiva. Se organiza así:
- Alimentos a priorizar: verduras de hoja verde y otras verduras, frutos rojos, frutos secos, cereales integrales, pescado, legumbres, aceite de oliva y pollo u otras aves, además de un consumo moderado de vino.
- Alimentos a limitar: manteca y margarina, queso, carne roja, tortas y dulces, y comida rápida frita.
Con los años, es esperable que el cerebro pierda volumen, dice el estudio. Disminuye la materia gris, la materia blanca y el hipocampo, mientras se agrandan los ventrículos, unas cavidades llenas de líquido que crecen a medida que el tejido se reduce. Son cambios relevantes también en el Alzheimer y el Parkinson.
Tomando eso en cuenta, la investigación, que fue publicada en Journal of Neurology, Neurosurgery & Psychiatry, analizó a 1.647 participantes del Estudio del Corazón de Framingham, en Estados Unidos, con una edad promedio de 60 años al comenzar. Todos completaron cuestionarios sobre su alimentación y se hicieron al menos dos resonancias cerebrales entre 1999 y 2019.
Todos mostraron los cambios propios de la edad, pero quienes tenían puntajes más altos en la dieta MIND, sobre un máximo de 15 puntos, perdieron materia gris más despacio.
Cada aumento de tres puntos se asoció con una disminución 0,279 centímetros cúbicos por año más lenta, lo que según los autores equivale a un 20% menos de deterioro vinculado a la edad y a unos 2,5 años de envejecimiento cerebral retrasado. En el agrandamiento de los ventrículos, la diferencia fue de alrededor de un 8%, equivalente a cerca de un año.
Frutos rojos y pollo, del lado favorable
Los frutos rojos y el pollo fueron los alimentos que más se asociaron con cambios favorables en el cerebro. Los primeros, con un aumento más lento del volumen de los ventrículos; el segundo, con una dilatación ventricular más lenta y una menor pérdida de materia gris.
En el extremo opuesto, los dulces se vincularon con una dilatación más rápida y con mayor atrofia del hipocampo, y la comida rápida frita, con una mayor disminución de ese mismo volumen, según la investigación.
Un dato de los investigadores que sirve directamente para armar el menú: plantearon que los antioxidantes de los frutos rojos y las proteínas de buena calidad de las aves podrían reducir el estrés oxidativo y el daño neuronal, mientras que las grasas poco saludables de la comida rápida frita podrían contribuir a la inflamación y al daño vascular.
Cereales integrales y queso: resultados inesperados
Dos alimentos se comportaron al revés de lo que la dieta MIND propone. Los cereales integrales, que el patrón recomienda, se asociaron con una pérdida más rápida de materia gris y de volumen del hipocampo, y con una dilatación ventricular más rápida.
El queso, que aconseja limitar, mostró lo contrario: un consumo mayor se vinculó con una disminución más lenta de la materia gris y del hipocampo, menor dilatación ventricular y menos hiperintensidades de la sustancia blanca, señales que pueden indicar daño en el tejido.
Las asociaciones fueron más fuertes entre los participantes de mayor edad, los más activos físicamente y quienes no tenían sobrepeso ni obesidad. Para los autores, eso abre la posibilidad de que combinar esta dieta con otros hábitos saludables ayude a reducir el riesgo de enfermedades neurodegenerativas.
Los propios investigadores señalaron que, al tratarse de un estudio observacional, no puede probar que la dieta haya causado la desaceleración de esos cambios. También advirtieron que la alimentación se midió con cuestionarios que dependen de la memoria de los participantes y que, como la mayoría eran personas blancas, los resultados podrían no aplicarse por igual a otras poblaciones.
Aun así, concluyeron que “estos hallazgos refuerzan el potencial de la dieta MIND como un patrón alimentario saludable para el cerebro y respaldan su papel en las estrategias destinadas a ralentizar la neurodegeneración en las poblaciones que envejecen”.
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