Hay que evaluar

Ansiedad infantil: cómo saber si es pasajera o conviene buscar ayuda

Una guía para conocer las claves y distinguir cuándo la ansiedad de un hijo deja de ser un trance y empieza a ser un problema para consultar

10.06.2026 10:53

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El dolor de panza que aparece antes de un examen, el llanto al despedirse en la puerta de la escuela, la negativa a quedarse a dormir en lo de los abuelos. Muchos niños atraviesan episodios de ansiedad que son parte del proceso de crecer, pero también muchos padres se preguntan: ¿Cuándo deja de ser un trance normal y se vuelve un problema que conviene atender?

Una guía publicada esta semana por Yale Medicine reúne las miradas de dos referentes mundiales en el tema: Wendy Silverman y Eli Lebowitz, codirectores del Anxiety and Mood Disorders Program del Yale Child Study Center. Aquí un resumen de sus recomendaciones.

Cuándo la ansiedad deja de ser normal

Sentir ansiedad de vez en cuando es normal e incluso saludable: ayuda a esquivar peligros y a motivar la resolución de problemas. Otra cosa son los trastornos de ansiedad: sensaciones frecuentes, abrumadoras y que empiezan a interferir con la vida diaria. Según datos del CDC estadounidense citados por la guía, son las condiciones de salud mental más comunes en niños y adolescentes, y afectan a una de cada cinco personas jóvenes antes de la adultez.

Hay dos preguntas clave para los padres: cuánto tiempo lleva la ansiedad y cuánto está afectando la vida cotidiana. El umbral clínico habitual es de al menos seis meses de síntomas persistentes. Si después de unos meses la ansiedad no afloja y empieza a perjudicar a la familia —los padres terminan compartiendo la cama cada noche, retirándose antes del trabajo o posponiendo viajes—, es momento de consultar.

Silverman propone tres rasgos comunes a todos los trastornos de ansiedad infantil:

-         Activación: el sistema nervioso está en alerta. En niños suele expresarse como síntomas físicos: dolor de cabeza, de estómago, náuseas.

-         Anticipación: creencia persistente de que algo malo va a pasar. El niño imagina escenarios negativos poco probables o espera siempre lo peor.

-         Evitación: tendencia a alejarse de situaciones, lugares o personas que generan ansiedad.

La forma en que aparece varía con la edad. En los más pequeños, la ansiedad se nota más en la irritabilidad, los berrinches o las dificultades para dormir, porque todavía no pueden ponerle palabras. En los más grandes empieza a aparecer la preocupación verbal: el miedo a quedar en ridículo, la angustia por el rendimiento escolar.

La trampa de la protección

Uno de los puntos más fuertes del artículo apunta al rol de los adultos. Silverman lo llama “la trampa de la protección”. El instinto de cualquier madre o padre es cuidar al hijo del malestar, y una de las formas de hacerlo es sacarlo de las situaciones que lo angustian. Pero aliviar esa angustia termina reforzando la idea de que la situación era efectivamente peligrosa.

“La mayoría de los padres tienen buenas intenciones y no quieren ver a sus hijos angustiados”, explica Silverman. “Nuestro instinto es proteger, y a veces lo hacemos sacándolos de las situaciones que los angustian”. El problema, agrega, es que la evitación a corto plazo refuerza la ansiedad a largo plazo y le quita al niño la oportunidad de descubrir que puede manejar lo que le da miedo.

A esto se suma el modelado que ocurre porque una madre o un padre muy ansioso pueden transmitir, sin proponérselo, formas ansiosas de mirar el mundo.

Qué tratamientos funcionan

Antes de hablar de tratamientos, los expertos recuerdan algo básico: hay que evaluar bien. Los trastornos de ansiedad muchas veces conviven con otros cuadros como depresión, trastorno del espectro autista o TDAH, y eso cambia el abordaje. La evaluación profesional, idealmente con derivación del pediatra, es el primer paso.

El tratamiento más respaldado científicamente es la terapia cognitivo-conductual (TCC), que enseña al niño herramientas para manejar pensamientos ansiosos y lo expone de a poco a las situaciones temidas. La propia guía reconoce, sin embargo, que entre el 50% y el 60% de los chicos que reciben TCC sola no mejoran lo suficiente.

Por eso aparecieron enfoques complementarios. Uno de los más prometedores es SPACE (Supportive Parenting for Anxious Childhood Emotions), desarrollado por Lebowitz, que entrena a los padres a no reforzar las conductas evitativas sin que el niño tenga que asistir a las sesiones. Cuando ni la TCC ni programas como SPACE alcanzan, se puede pasar a los medicamentos. “Los fármacos más comunes para tratar la ansiedad son un tipo de antidepresivo llamado inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS). Estos medicamentos se han utilizado durante décadas y se consideran tratamientos muy seguros”, afirma Lebowitz