Para cuando aparecen los olvidos, las repeticiones o la desorientación, el Alzheimer ya lleva años —a veces décadas— instalándose en el cerebro. Un nuevo estudio de Mayo Clinic, publicado en Alzheimer's & Dementia: The Journal of the Alzheimer's Association, pone fecha aproximada a ese proceso silencioso: los primeros cambios biológicos vinculados a la enfermedad pueden comenzar a fines de los 50, mucho antes de que aparezca cualquier síntoma.
La investigación analizó datos de 2.082 participantes del estudio de envejecimiento realizado por Mayo Clinic, un seguimiento de larga duración, y cruzó biomarcadores en sangre, imágenes cerebrales y pruebas de desempeño cognitivo para mapear en qué momentos de la vida los indicadores asociados al Alzheimer empiezan a cambiar más rápido.
Dos ventanas críticas: los 60 y los 70
El trabajo identificó dos períodos clave. El primero arranca a fines de los 50, cuando comienzan a acelerarse las caídas medibles en el desempeño cognitivo, seguidas a inicios de los 60 por una acumulación más rápida de proteína amiloide en el cerebro. La amiloide-beta, al agruparse en placas, es uno de los sellos distintivos del Alzheimer, explica el artículo de la Mayo Clinic.
La segunda ventana se abre a fines de los 60 e inicios de los 70: allí se aceleran los marcadores de patología y neurodegeneración. Varios indicadores en sangre (GFAP, NfL y p-tau) muestran cambios más pronunciados entre los 68 y los 72 años, en paralelo con una atrofia más visible en las regiones cerebrales asociadas a la memoria.
Por qué importa para la prevención
El Alzheimer es la forma más común de demencia y no tiene cura, aunque algunos tratamientos pueden enlentecer su progresión si se aplican a tiempo. “A medida que la investigación sobre el Alzheimer se centra en la prevención y el tratamiento precoz, los biomarcadores sanguíneos desempeñarán un papel fundamental para identificar a los pacientes más adecuados para estas terapias”, dijo Jonathan Graff-Radford, jefe de Neurología del Comportamiento de la Mayo Clinic y autor principal del estudio.
Además, explicó que “saber cuándo empiezan a cambiar estos biomarcadores y cuándo se relacionan con el deterioro cognitivo nos ayuda a determinar las edades en las que las pruebas de detección preventiva podrían tener el mayor impacto”. De ahí el valor de saber cuándo conviene mirar.
“Cuando se piensa en cribado poblacional, el problema central es el momento. No se quiere empezar demasiado pronto, antes de que los biomarcadores cambien”, agregó Graff-Radford.
Hay límites que conviene tener en cuenta. Los propios investigadores aclaran que los hallazgos reflejan tendencias generales en la población estudiada, no predicciones individuales: que un marcador se acelere “en promedio” a los 62 no significa que cada persona experimente lo mismo a esa edad.
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