Según los datos más recientes de la Organización Mundial de la Salud, aproximadamente 332 millones de personas en el mundo tienen depresión, lo que equivale al 4% de la población mundial. La cifra desglosada es 5,7% entre adultos (4,6% en hombres y 6,9% en mujeres) y 5,9% entre adultos de 70 años o más. La depresión es alrededor de 1,5 veces más frecuente en mujeres que en hombres. Pese a estas cifras y a que los estudios al respecto van creciendo, no hay todavía una prueba biológica capaz de confirmarla. El diagnóstico se apoya en lo que la persona relata sobre sus síntomas.

Sin embargo, un reciente estudio publicado en The Journals of Gerontology aporta una pista que podría empezar a cambiar el escenario. Investigadores de la Universidad de Nueva York hallaron que el envejecimiento acelerado de los monocitos, un tipo de glóbulo blanco involucrado en la respuesta inmune, está estrechamente vinculado a los síntomas emocionales y cognitivos de la depresión.

La autora principal del trabajo, Nicole Beaulieu Perez, parte de una constatación clínica. “La depresión no es un trastorno único”, afirmó, ya que puede verse muy distinta según la persona. Algunos pacientes experimentan sobre todo síntomas físicos o somáticos, como fatiga, cambios en el apetito o inquietud. Otros, en cambio, manifiestan dificultades emocionales y cognitivas: desesperanza, dificultad para pensar con claridad o anhedonia, es decir, la incapacidad de sentir placer y la pérdida de interés por actividades antes disfrutadas, recoge Science Daily.

Esa diferencia importa, en especial en personas con condiciones inmunitarias. En quienes viven con VIH, la depresión es más frecuente por una combinación de inflamación crónica, estigma y dificultades económicas. Las mujeres con VIH están particularmente afectadas, y la depresión puede interferir con su adherencia al tratamiento antirretroviral.

La relación de los monocitos con la depresión

El estudio incluyó a 440 mujeres (261 con VIH y 179 sin VIH) participantes del Women's Interagency HIV Study. Los síntomas depresivos se evaluaron con la escala CES-D, un cuestionario de 20 ítems que mide tanto manifestaciones somáticas como no somáticas. Para analizar la sangre se usaron dos “relojes epigenéticos”, herramientas que miden cambios químicos en el ADN para estimar la edad biológica de las células, que no siempre coincide con la cronológica. Uno medía el envejecimiento general; el otro estaba enfocado específicamente en los monocitos, que cumplen un rol importante en la infección por VIH y suelen estar en cantidades elevadas en personas con depresión.

El hallazgo central fue claro: el envejecimiento acelerado de los monocitos se asoció con los síntomas no somáticos de la depresión —desesperanza, sensación de fracaso, etcétera—, tanto en mujeres con VIH como sin él. El reloj epigenético global, en cambio, no mostró vínculo con los síntomas depresivos.

Más cerca de una salud mental de precisión

Según Perez, la aspiración a futuro es combinar la experiencia subjetiva del paciente con pruebas biológicas objetivas para guiar el diagnóstico y el tratamiento, sobre todo en poblaciones de alto riesgo. Marcadores como este podrían también ayudar a identificar qué medicación tiene más probabilidades de funcionar en cada persona.

Pese al optimismo que generó el estudio, conviene tomar en cuenta que lo que documenta es una correlación entre el envejecimiento de los monocitos y síntomas presentes al momento de la medición. No prueba que esto anticipe la depresión en todos los casos o que sirva como tamizaje en personas asintomáticas.

Además, dado que la muestra fue íntegramente femenina, la propia autora aclara que se necesita más investigación antes de que estos hallazgos puedan aplicarse a la práctica clínica.