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En la hora

¿Siempre llegás tarde? Qué puede significar y por qué a algunas personas les cuesta.

La impuntualidad recurrente no siempre responde al desinterés: la percepción del tiempo, la planificación y los hábitos pueden influir.

01.10.2026 13:07

Lectura: 5'

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Hay personas que llegan cinco o diez minutos antes a cualquier encuentro y otras que parecen vivir permanentemente corriendo detrás del reloj. Calculan que tienen tiempo, hacen una cosa más antes de salir, subestiman el viaje y terminan enviando el conocido mensaje: “Estoy llegando”, cuando todavía les falta bastante.

Pero ¿qué significa llegar tarde siempre? ¿Es simplemente una mala costumbre, falta de consideración hacia los demás o puede haber otros factores detrás de la impuntualidad?

No existe una única explicación y llegar tarde de manera frecuente, por sí solo, no permite diagnosticar ningún trastorno psicológico. La manera en que cada persona percibe el tiempo, organiza sus actividades y calcula cuánto demorará en realizarlas puede influir en su puntualidad.

¿Por qué algunas personas siempre calculan mal el tiempo?

Uno de los problemas puede estar en algo aparentemente sencillo: estimar cuánto demora una tarea.

“Me baño en diez minutos”, “llego en quince”, “esto lo termino enseguida” o “todavía tengo tiempo para hacer una cosa más” son cálculos que pueden repetirse incluso cuando la experiencia demuestra que suelen ser demasiado optimistas.

La persona no necesariamente quiere llegar tarde. Puede organizar su salida sobre una estimación poco realista y no incorporar márgenes para los pequeños imprevistos: encontrar las llaves, esperar un transporte, buscar estacionamiento o simplemente demorarse más de lo previsto en prepararse.

Cuando todos esos minutos se acumulan, aparece nuevamente el retraso.

El problema de querer hacer “una cosa más”

Hay otra escena frecuente. Faltan 15 minutos para salir y, en lugar de prepararse para hacerlo, la persona piensa que puede aprovecharlos.

Responde un correo, ordena algo, mira un mensaje o comienza una pequeña tarea.

El problema es que el tiempo disponible termina llenándose con nuevas actividades.

Esta conducta puede estar vinculada con dificultades para establecer prioridades o para interrumpir una tarea cuando llega el momento de pasar a la siguiente.

El optimismo también puede hacernos llegar tarde

Hay personas que construyen sus horarios pensando en el mejor escenario posible.

Calculan el viaje suponiendo que no habrá tránsito, que encontrarán inmediatamente lo que necesitan, que el ómnibus llegará justo o que ninguna tarea llevará un minuto más de lo previsto.

Cuando esa manera optimista de calcular se convierte en una constante, cualquier pequeño contratiempo termina produciendo un retraso.

Las personas habitualmente puntuales, en cambio, suelen incorporar un margen de seguridad entre una actividad y otra.

¿Llegar tarde significa que no te importa la otra persona?

No necesariamente.

Para quien espera, la impuntualidad puede sentirse como falta de consideración, especialmente cuando ocurre reiteradamente. Sin embargo, la intención de quien llega tarde y el efecto que produce su conducta no son necesariamente lo mismo.

Alguien puede valorar mucho una reunión, una amistad o un compromiso y, al mismo tiempo, tener malos hábitos de organización.

Eso no elimina las consecuencias. Si una persona llega sistemáticamente tarde, quienes la rodean pueden sentir que su tiempo no es respetado.

Por eso, comprender las razones de la impuntualidad no significa justificarla.

¿Puede relacionarse con la procrastinación?

En algunos casos, sí.

Postergar el momento de prepararse o de salir puede formar parte de un patrón más amplio de procrastinación. La persona sabe que debería comenzar, pero continúa haciendo otras cosas hasta que el margen disponible desaparece.

También puede existir una dificultad para abandonar una actividad agradable o concentrante para comenzar otra.

Pero nuevamente, no todas las personas impuntuales procrastinan ni todas las personas que procrastinan llegan tarde.

Cuando llegar tarde genera ansiedad

La impuntualidad frecuente puede terminar creando un círculo incómodo.

La persona calcula mal, descubre que llegará tarde, comienza a apurarse, se estresa durante el trayecto y llega al encuentro ya alterada. Después promete organizarse mejor la próxima vez.

Pero si no modifica la forma en que calcula y administra sus tiempos, la situación vuelve a repetirse.

Incluso puede ocurrir algo paradójico: alguien que llega tarde con frecuencia puede vivir mucho más pendiente del reloj y estresado por el tiempo que una persona puntual.

¿Se puede aprender a ser más puntual?

Sí. Cuando la causa está relacionada con hábitos de organización, algunos cambios sencillos pueden ayudar.

Una estrategia es dejar de calcular a qué hora hay que llegar y comenzar a pensar a qué hora hay que salir de casa.

También puede ser útil registrar durante algunos días cuánto demoran realmente las actividades cotidianas. Si creemos sistemáticamente que necesitamos 20 minutos para prepararnos pero en realidad utilizamos 35, conocer esa diferencia permite planificar de manera más realista.

Otra herramienta consiste en incorporar deliberadamente un margen para imprevistos y evitar comenzar nuevas tareas cuando se aproxima la hora de salir.

¿Cuándo conviene prestarle más atención?

Llegar tarde ocasionalmente forma parte de la vida cotidiana. El tránsito, una emergencia o un contratiempo pueden alterar cualquier planificación.

La situación merece mayor atención cuando la impuntualidad es constante y comienza a afectar el trabajo, los estudios, las relaciones o compromisos importantes, especialmente si la persona intenta organizarse pero siente que no consigue hacerlo.

En esos casos puede ser útil observar si existen otras dificultades persistentes relacionadas con la organización, la atención, el manejo del tiempo o la ansiedad y, si generan un deterioro significativo de la vida cotidiana, consultar con un profesional.

Llegar tarde siempre, entonces, no revela por sí mismo un rasgo de personalidad ni tiene un único significado psicológico. Muchas veces habla de algo bastante más cotidiano: cómo calculamos el tiempo, cómo organizamos nuestras prioridades y cuánto margen dejamos entre lo que creemos que podemos hacer y lo que realmente cabe en una hora.