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Ahora me cierra todo

"Nunca evolucionamos para hacer ejercicio": por qué el cerebro elige el sofá

Una de cada tres personas no llega al ejercicio semanal recomendado y nueve de cada diez prefieren el ascensor a las escaleras.

18.08.2026 11:07

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La especie humana no vino configurada de fábrica para moverse por gusto, sino para hacerlo por pura necesidad. Para cazar, recolectar y explorar estamos prontos. Ahora, para la actividad física, el ejercicio planificado, la clase de zumba o correr una maratón por puro placer, no. Eso es un invento humano. “Nunca evolucionamos para hacer ejercicio”, afirma el biólogo evolutivo Daniel Lieberman, citado en una publicación del sitio The Conversation.

El avance de la tecnología minimizó al extremo las exigencias físicas de la vida diaria, pero nuestro cuerpo sigue necesitando moverse para mantener su salud integral. El problema es la respuesta general, ya que uno de cada tres adultos y ocho de cada diez adolescentes no llegan a los umbrales de actividad recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Y un dato que es más que gráfico: nueve de cada diez personas prefieren el ascensor a las escaleras.

La voluntad no lo es todo

A fines de la década de los 80, un popular comercial deportivo instauró el lema “Just Do It”, simplificando el ejercicio a un mero asunto de voluntad. Pero ¿realmente depende solo del esfuerzo individual? Según indica el artículo de The Conversation, estudios que se hicieron en hermanos gemelos demostraron que la capacidad de autocontrol y voluntad está determinada genéticamente en un 60%. Hay componentes biológicos y procesos inconscientes en juego.

Miguel Ángel Rodríguez, investigador predoctoral en las bases evolutivas y neuropsicológicas de la (in)actividad física humana de la Universidad de Oviedo, explica que la toma de decisiones está basada en dos sistemas: uno automático e intuitivo y otro analítico y deliberado. Las elecciones racionales del segundo reciben el influjo directo del primero, por lo que incluso levantarse a entrenar puede estar mediado por un funcionamiento neuronal que no controlamos.

“Como explica el psicólogo y escritor canadiense Steven Pinker, no somos una hoja en blanco, sino organismos evolutivos diseñados para responder al mundo. Comportamientos como elegir las escaleras mecánicas frente a las convencionales responden a mecanismos ancestrales destinados a ahorrar energía en entornos de escasez”, señala el investigador.

Factores que no controlamos

En este escenario entra en juego una vieja conocida: la dopamina, conocida como la hormona del placer, que además es responsable de gestionar el esfuerzo. “Las variaciones individuales en el sistema dopaminérgico e, incluso, la composición de la microbiota intestinal modulan nuestra motivación para hacer ejercicio. Lo que es evidente es que estos factores no dependen de nosotros”, agrega.

Hombre sentado en el sillón con ropa deportiva. Foto: Freepik

Hombre sentado en el sillón con ropa deportiva. Foto: Freepik

De todos modos, también hay vivencias personales, presiones sociales y un contexto social y hasta familiar que determinan el vínculo de cada uno con el ejercicio. Y según marcan investigaciones recientes, también hay factores vinculados a la ciudad o el barrio en el que vivimos, ya que “el diseño urbano amplifica las desigualdades biológicas”.

“Según el estudio PASOS, que incluyó a más de 4.000 menores de edad, aquellos que viven en barrios de bajo estatus socioeconómico y escasa accesibilidad peatonal registran menos minutos de juego al aire libre y menor participación en actividades deportivas”, dice el autor.

En definitiva, la buena noticia es que hacer ejercicio no es parejo para todos y eso (aunque sea un poco) ayuda a liberarse de la culpa que sobreviene cuando no podemos dejar el sillón y ponernos los championes.