Contenido creado por María Noel Dominguez
Modo saludable

Lo esencial es invisible

“Los hilos invisibles”: por qué la inercia y los mandatos familiares limitan nuestra vida

El coach argentino Manu Colombo da herramientas para cortar lo que nos frena y respondió a si hoy existe una “burbuja del wellness”.

16.03.2026 09:10

Lectura: 10'

2026-03-16T09:10:00-03:00
Compartir en



Por Patricia Vicente

En su libro “Los hilos invisibles”, el coach argentino Manu Colombo reflexiona sobre las fuerzas ocultas que, de manera silenciosa pero determinante, condicionan muchas decisiones de vida y limitan el crecimiento y, muchas veces, la felicidad.

A través de su experiencia, el autor define seis “hilos”: la fidelidad a los ancestros; el miedo al qué dirán; las estructuras establecidas; las creencias limitantes; los contextos emocionales y las expectativas. Pero no solo los plantea, sino que brinda herramientas para “cortarlos” y vivir una vida con más sentido.

Consciente de la abundante oferta de prácticas espirituales que circula hoy en día, el coach —que será encargado de abrir la conferencia que brindará en Buenos Aires este año el reconocido autor Daniel Goleman— respondió si estamos ante una “burbuja del wellness”.

Aquí un extracto de la entrevista.

En el libro identificás seis hilos invisibles que nos frenan. ¿Cómo llegaste a definirlos y cuál es el más difícil de cortar?

—Cuando empecé a trabajar con personas, primero como coach y luego integrando la mirada sistémica, encontré algo que me llamó mucho la atención. Las historias eran distintas, los contextos eran distintos, pero en el fondo los bloqueos se parecían. Alguien decía que no podía avanzar en su carrera, otro que siempre terminaba en relaciones que lo apagaban, otro que sentía que tenía todo para estar bien, pero igual había algo que lo frenaba. Y cuando empezábamos a mirar más allá, aparecían ciertas fuerzas invisibles que condicionaban sus decisiones; fuerzas que no se ven, pero que influyen en cómo vivimos.

Ahí empecé a comprender que muchas veces las personas no están bloqueadas por falta de capacidad ni de oportunidades, sino por dinámicas internas que heredaron, aprendieron o repiten sin darse cuenta. A esas dinámicas las llamé hilos invisibles.

Los seis hilos que describo en el libro nacen de observar miles de conversaciones y procesos personales. Son formas en las que la historia, los mandatos, el miedo al juicio, la inercia o la necesidad de pertenecer terminan condicionando la vida de una persona sin que lo note.

El más difícil de cortar, diría que es el hilo de la pertenencia al sistema familiar. Porque el ser humano tiene una necesidad muy profunda de pertenecer. Todos queremos sentir que formamos parte de algo y muchas veces cambiar implica vivir de una manera distinta a la que vivieron nuestros padres o nuestros abuelos y aparece una sensación difícil de explicar, casi como una culpa silenciosa.

El trabajo de conciencia no consiste en romper con la historia familiar ni rechazarla, sino mirarla con respeto, comprenderla y tomar de ella lo que nos fortalece sin quedar atrapados en lo que nos limita. Porque cuando una persona logra ver esos hilos, algo muy importante ocurre: deja de sentirse víctima de su historia y empieza a recuperar su capacidad de elegir.

Cedida a Montevideo Portal

Cedida a Montevideo Portal

Al hablar del hilo de las estructuras establecidas, mencionás a la “inercia” de mantener vínculos, trabajos, hábitos, no porque nos gusten, sino por inercia.  ¿Por qué pasa eso?

—La inercia es una de las fuerzas más silenciosas y más poderosas que influyen en la vida. La mayoría no vive una vida que eligió conscientemente, sino una que se fue armando sola con el tiempo. Estudiamos algo porque parecía el camino lógico, seguimos en un trabajo porque da estabilidad, sostenemos ciertos vínculos porque llevan años. Y cuando menos lo esperamos, pasan 10, 15 o 20 años y seguimos en el mismo lugar sin habernos preguntado si eso que estamos viviendo nos representa.

La inercia aparece cuando dejamos de cuestionar lo que hacemos. Cuando lo cotidiano se vuelve automático. En “Los hilos invisibles” hablo de esto porque muchas personas creen que sus problemas son falta de oportunidades o de motivación, pero muchas veces lo que existe es una vida sostenida por estructuras que nadie se animó a revisar. Y así se instala esa sensación de apatía, que no aparece de golpe, sino cuando una persona pasa mucho tiempo viviendo una vida que no está eligiendo.

En referencia a la apatía: ¿cómo la diferenciamos de una depresión? ¿Cómo hacemos para saber que necesitamos un apoyo terapéutico?

—Es una pregunta muy importante, porque muchas veces las personas confunden estados emocionales que pueden parecer similares, pero que tienen naturalezas muy distintas. En el libro hablo de la apatía y el aburrimiento como señales de desconexión: es como si la vida estuviera ocurriendo, pero la persona no estuviera realmente presente.

Pero la depresión es otra cosa. La depresión no es solo falta de entusiasmo o aburrimiento, es un estado mucho más profundo que afecta la energía vital. Aparece una sensación persistente de vacío, pérdida de interés por casi todo, dificultades para dormir o para concentrarse, cambios en el apetito, sensación de desesperanza o incluso pensamientos muy oscuros sobre la propia vida. Cuando esos síntomas aparecen y se sostienen en el tiempo, es fundamental buscar acompañamiento profesional. Y esto es algo que me gusta decir con claridad: el desarrollo personal no reemplaza a la salud mental. Son caminos que pueden complementarse, pero no son lo mismo.

Una persona que está atravesando un proceso depresivo necesita apoyo terapéutico especializado. Y pedir ayuda en esos momentos no es una señal de debilidad, es el acto más responsable y más valiente que alguien puede hacer.

¿La apatía está presente en todas las generaciones?

—Sí, no es exclusiva de una generación, aunque es cierto que en las personas que están alrededor de los 40 o 50 años aparece con mucha claridad. En esa etapa suele pasar que se empieza a mirar la vida con más perspectiva. Durante los primeros años de la adultez estamos muy enfocados en construir una carrera, una familia, estabilidad económica. Hay una energía muy orientada hacia el hacer, pero llega un momento en que esa dinámica cambia; la persona ya recorrió una parte importante del camino y empieza a preguntarse algo más profundo: ¿esto que construí realmente me representa?

Ahí aparece algo difícil de explicar. En apariencia, la vida está bien, pero internamente surge una sensación de desconexión, como si algo dentro estuviera pidiendo más sentido.

Hoy en día también hay factores culturales que influyen. Vivimos en una época de estímulo permanente: redes sociales, información constante, comparación continua con la vida de los demás. Todo eso genera una presión emocional muy grande. Las personas sienten que deberían estar siempre motivadas, siempre productivas, siempre felices. Y cuando esa expectativa no se cumple, aparece una sensación de vacío o de frustración.

En el libro también hablás del miedo al “qué dirán”. ¿Este miedo nos impide ser felices? ¿Es miedo a los demás o a uno mismo?

—El miedo al qué dirán es una de las fuerzas más invisibles y más poderosas que influyen en la vida de las personas. Muchas decisiones importantes no se toman en función de lo que alguien realmente desea, sino en función de cómo cree que será visto por los demás. Y eso tiene una explicación muy profunda. El ser humano es un ser de pertenencia. Durante miles de años, pertenecer al grupo era literalmente una cuestión de supervivencia, por eso nuestro sistema emocional sigue reaccionando con tanta intensidad ante la posibilidad de ser juzgados o rechazados. El problema es que hoy ese mecanismo aparece en contextos donde ya no es necesario para sobrevivir, pero sigue condicionando nuestras decisiones.

Y lo interesante es que ese miedo no siempre es hacia los demás, sino también hacia uno mismo. Porque cambiar implica atravesar algo que incomoda mucho: redefinir quién soy. Cuando alguien lleva 20 años siendo médico, por ejemplo, no solo construyó una profesión, construyó una identidad. Entonces, cuando aparece el deseo de hacer algo diferente o de emprender un camino distinto, no solo hay miedo al juicio externo, también aparece una pregunta interna muy profunda: ¿y si yo también me tengo que ver distinto a mí mismo?

A veces el miedo no es solamente al fracaso, sino también al éxito. Porque si ese camino funciona, tu identidad cambia. Y cambiar la identidad es uno de los movimientos más desafiantes que puede atravesar una persona.

Y relacionado con el cambio también: hay muchas personas que se niegan a siquiera pensar en cortar los hilos porque “yo soy así”, “siempre viví así”. ¿Cómo se aborda a alguien que no quiere cambiar?

—Es una situación muy común y muy delicada, porque toca dos cosas importantes al mismo tiempo: el respeto por la libertad del otro y la necesidad de que los vínculos evolucionen para poder seguir siendo sanos.

Lo primero es comprender que nadie cambia porque otro se lo pida. Las personas cambian cuando algo dentro de ellas se mueve. Muchas veces quienes rodean a esa persona ven con mucha claridad lo que no está funcionando, pero lo ven desde afuera. Para quien está dentro del sistema, esa forma de vivir puede ser lo conocido, lo seguro, lo que siempre funcionó y cambiarlo puede sentirse una amenaza. Por eso frases como “yo soy así” o “siempre viví así” suelen ser más una forma de protección que una verdadera convicción.

Ahora, cuando convivimos o tenemos un vínculo cercano con alguien que piensa de esa manera, el desafío es encontrar un equilibrio entre el respeto y la honestidad. Respetar al otro no significa callar lo que sentimos, pero tampoco exigir un cambio que el otro todavía no está dispuesto a hacer. Muchas veces lo transformador es abrir conversaciones que inviten a reflexionar en lugar de imponer. Por ejemplo, en lugar de decir “tenés que cambiar”, decir: “esto me hace sentir así…”. Cuando alguien habla desde su experiencia emocional, sin acusar o exigir, el otro puede escuchar desde un lugar menos defensivo.

En el libro mencionás algo que pasa ahora, que es “el exceso de prueba de prácticas espirituales”. ¿Es como “la burbuja” del wellness?

Es un fenómeno muy interesante de esta época. Nunca en la historia hubo tanta información sobre desarrollo personal, espiritualidad, bienestar emocional, terapias. Y eso, en principio, es algo positivo. Durante mucho tiempo, el mundo emocional estuvo relegado y que hoy las personas estén buscando conocerse más es algo valioso. El problema aparece cuando esa búsqueda se transforma en “consumo espiritual”, cuando las personas empiezan a probar una práctica tras otra esperando que alguna les “solucione la vida”. Meditación, breathwork, constelaciones, coaching, terapias energéticas… pueden ser transformadoras cuando se usan con seriedad, pero cuando se convierten en una especie de catálogo, lo que ocurre no es transformación.

En el libro hablo de esto porque muchas personas se mueven de práctica en práctica buscando algo que no se encuentra afuera. El verdadero trabajo interior no funciona como una receta rápida; es un proceso que implica tiempo, honestidad, incomodidad, reflexión y mucha responsabilidad personal.

A veces veo personas que han probado diez terapias distintas, pero en el fondo siguen evitando la misma conversación que necesitan tener consigo mismas o con alguien importante en su vida. Entonces la herramienta no es el problema: el problema es la expectativa con la que se la usa.

Más que una “burbuja del wellness”, lo que estamos viviendo es una etapa de transición cultural. Intentamos comprender el mundo emocional y ordenar entre herramientas y modas pasajeras. Lo importante es entender que la espiritualidad o el desarrollo personal no deberían ser una forma de escapar de la vida, sino una forma de vivirla con más conciencia.