Pasa en muchos grupos de amigos: una pareja se separa, después otra, y de pronto parece que el desamor se propaga como los resfríos en invierno. También pasa en la pantalla, con series y realities que hacen de los engaño su materia prima. Entonces, se plantea una pregunta: ¿Puede la infidelidad ajena influir en la propia? Aunque parezca salida de una charla de amigos, fue la clave de un estudio en un laboratorio.
La psicóloga social Madeleine Fugère, profesora de la Universidad Estatal del Este de Connecticut, repasó en un artículo en Psychology Today un estudio publicado en 2022 en la revista Archives of Sexual Behavior que se propuso averiguar si enterarse del comportamiento infiel de otras personas predispone a serlo en la propia relación.
La hipótesis de partida fue: aprender que la infidelidad es frecuente podría correr la vara de lo aceptable. Algunos investigadores, señala el artículo, estiman que la infidelidad podría alcanzar al 70% de las relaciones, aunque conviene tomar esa cifra con pinzas, ya que las estimaciones varían enormemente según cómo se defina “engañar”.
De todos modos, sea cual sea el número, el razonamiento de los autores se basa en que percibir la infidelidad como algo común podría debilitar el compromiso con la pareja y volver más atractiva la idea de “tirarse una canita al aire”.
En palabras del equipo investigador, “saber que otros tienen aventuras extradiádicas puede hacer que las personas se sientan más cómodas cuando tienen tales aventuras”. Para ponerlo a prueba, diseñaron tres experimentos con participantes en relaciones monógamas heterosexuales.
Tres experimentos, tres pistas
Los estudios se hicieron con estudiantes universitarios de Israel y arrojaron resultados dispares:
- En el primero, los participantes vieron un video que situaba la prevalencia de la infidelidad en el 86% o en el 11% de las relaciones, y luego escribieron una fantasía sexual con alguien ajeno a su pareja. Ese dato no modificó su deseo, ni hacia la pareja actual ni hacia una alternativa.
- En el segundo, leyeron la “confesión” de una infidelidad romántica (besar a un compañero de trabajo y ocultarlo) o de una trampa académica (copiar un ensayo). Quienes leyeron sobre la infidelidad luego identificaron a más personas como posibles parejas al mirar una serie de fotos.
- En el tercero, tras leer una encuesta que estimaba la infidelidad en el 85%, los participantes chatearon con un supuesto desconocido atractivo. Al final de la charla, ese "compañero" lanzaba un anzuelo: ¡Definitivamente despertaste mi curiosidad! Espero volver a verte y esta vez cara a cara". Quienes habían sido expuestos al dato de infidelidad declararon menos compromiso con su relación actual, y los que además encontraron atractivo al entrevistador fueron más proclives a responder con ganas de un nuevo encuentro.
Un detalle del tercer experimento llamó la atención de la autora: más allá de lo que hubieran leído, los hombres reportaron en promedio menos compromiso con su relación que las mujeres.
Lo que el estudio no dice
Antes de salir a hacer escenas o a buscar chat con desconocidos, conviene tomar en cuenta que estos experimentos no midieron infidelidad real, sino señales indirectas: fantasías, interés en fotos, compromiso declarado, ganas de volver a ver a alguien. Los propios autores lo subrayan: mirar a otra persona como posible pareja, e incluso desear encontrarla, no equivale a tener una aventura. Hay una distancia larga entre una pulsión momentánea en un laboratorio y una decisión en la vida real.
Con esas reservas, la lectura que proponen los autores sigue siendo sugerente. La exposición repetida a la infidelidad podría normalizarla y, como escriben, “hacer que las metas a largo plazo sean menos prominentes y, por lo tanto, reducir los sentimientos de culpa o suavizar la resistencia a la infidelidad al disminuir la motivación para proteger la relación actual”, según recoge el artículo Psychology Today.