“La ciudad sumergida de tu amor”: sentido testimonio en el Día Internacional de la Viuda
La fecha fue instituida por ONU, en reconocimiento y homenaje a todas las mujeres que perdieron a su compañero.
24.06.2026 14:35
María João Martins nació en Vila Franca de Xira, Portugal, el 28 de junio de 1967.
Periodista y escritora, es conocida en su país por la publicación de varios estudios históricos, entre los que destacan Divas, santas y demonios: mujeres portuguesas y El triste paraíso: la vida cotidiana en Lisboa durante la Segunda Guerra Mundial. También es conocida por su novela Escola de Validos.
En diciembre de 2016, Martins sufrió un duro golpe: la muerte repentina e inesperada de su marido, un hecho que afectó profundamente su vida.
En junio del año siguiente, y en el Día Internacional de la Viuda —que ayer se celebró nuevamente— Martins publicó en el periódico lisboeta Diário de Notícias un sentido testimonio, en el que abordaba en primera persona la experiencia de su propia viudez.
El texto, en su versión traducida, es el que ofrecemos a continuación:
La ciudad sumergida de tu amor
"Mi marido murió en diciembre de 2016. Murió, no se fue, como ahora se acostumbra decir para limar la cornamenta al más definitivo de los verbos. Tenía 51 años y yo 49, y nadie nos avisó. Nada, ninguna señal, y menos mal. Porque así, desprevenidos, pudimos, dos o tres días antes de ese desenlace, ir al cine, cenar afuera, hacer el amor, con la alegría de los amantes y no con el horror de los condenados.
Pasaron seis meses. Opuesta por naturaleza al espectáculo del dolor, proseguí. Me conmoví con el apoyo de muchos, me enojé con la mezquindad de algunos: lo habitual en estos casos, nada demasiado importante. Más decisivo fue habituarme a la casa vacía de su presencia, a la ausencia de su mano en el cine, pero también a la de sus múltiples llamadas telefónicas a lo largo del día, la del tacto de su piel que mis dedos incluso ahora serían capaces de cartografiar, punto por punto, casi poro a poro.
Por alguna absurda razón, asociaba la viudez a mis abuelas, que la vivieron de viejas y que, de acuerdo al código de costumbres de Portugal en los años 70, se cubrieron de negro hasta el final de sus propias vidas, veinte años después de la muerte de sus maridos. De negro en verano o en invierno, en casa o en la calle, el corazón siempre cerrado a toda aspiración.
No me rendí a la tragedia. Salí a trabajar, me las arreglé como siempre, me reencontré con los amigos que la exclusividad del amor había relegado lentamente a un papel secundario. Volví a ir al cine, a cantar -aunque raramente- en la ducha, y a veces a reír con ganas, casi siempre de mis propias tonterías, ahora que tengo que reaprender a vivir sola. Porque -encaremos la realidad- estar a solas en tu propia casa a los 30 años es cautivante. Pero al borde de los 50 y luego de perder un gran amor, es deprimente. Aunque necesario. En seis meses me convertí en una especie de McGyver, capaz de enfrentar, sin brillo pero con eficacia, mudanza y limpieza, apertura de frascos y botellas de vino, y pequeñas reparaciones que requieren más maña que fuerza. Más complicado fue domesticar los cierres en la espalda, tan comunes en los vestidos de verano. La prueba fue superada, aunque invariablemente viniera acompañada de una acometida de saudade.
Esta no es, todavía, la crónica de un coraje a toda prueba. Vacié los armarios, es verdad, di mucha de su ropa a quien la necesitara, uso muchas de sus camisas porque me gustan y porque, de algún modo, todavía siento su abrazo en ese trozo de tela, pero no pasé la prueba final: no, no logré volver a acostarme en la que fue nuestra cama. Lo intenté y desistí de inmediato. Comprendí que, en ningún otro lugar, me resultaba tan insoportable su ausencia como en ese donde, durante los casi seis años que estuvimos juntos, tuvimos todas las conversaciones. Las del verbo y las de la carne. Permanecer allí sería amortajarme en vida junto a algo que no volverá a suceder. Como si esa simple cama hubiera pasado de su condición de mero mueble, a reliquia dejada por una civilización perdida.
¿Huí? Probablemente. Huí del amor detenido que se transforma en adiposos quistes de amargura y rabia. Prefiero sentir el amor de y por mi marido como un sendero de estrellas que me ilumina la vida y la piel. Un día, probablemente, lo pasaré a otra persona. Y, después de mí, también esa persona habrá de pasarlo a otra. Y así sucesivamente por siglos y siglos. Como en la canción de Chico Buarque 'Futuros amantes', un día, quizá, alguien amará sin saberlo con el amor que dejaste para mí".
Por qué el 23 de junio
El Día Internacional de la Viuda se celebra el 23 de junio porque ese día, en 1954, una mujer llamada Shrimati Pushpa Wati Loomba enviudó en India. Tras sufrir la pérdida de su esposo, fue sometida a un trato humillante y despojada de su dignidad.
Su hijo, Rajinder Paul Loomba, se mudó a Reino Unido y se convirtió en un magnate del mundo de la moda, e incluso accedió al título de Lord. En 1997 creó la Fundación Loomba, con el fin de socorrer a la viudas en todo el mundo.
La fecha fue instituida por la ONU en el año 2010.
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