Cuando dos personas pelean, lo último que buscan es resolver algo. Esa es la primera advertencia del psicólogo y escritor argentino Gabriel Rolón. “Cuando uno está peleando, quiere ganar, quiere tener razón, no quiere dirimir un conflicto. Porque si no, uno no pelea, conversa”, explicó en su columna del programa Perros de la Calle.
La distinción entre discutir y pelear no es menor. Según Rolón, es perfectamente posible disentir con firmeza, cuestionar una explicación o sostener una postura sin cruzar cierta línea. El problema es cuando la discusión escala: “Si llega a nivel de pelea, vos ya no querés una solución, ahí se pone en juego otra cosa. Ahí se pone en juego cuál de los dos es más”.
Para explicarlo, Rolón recurre al filósofo Georg Hegel y su dialéctica del amo y el esclavo. Lo explica en palabras sencillas y lo ejemplifica como “la lucha a muerte por el puro prestigio”. Dos personas se encuentran y una domina y otra cede: el que por miedo afloja o se rinde termina siendo esclavo y el otro es el amo. Una dinámica extrema, reconoció, pero según él se replica en las peleas cotidianas.
A eso se suma otro elemento: la necesidad de descargar. “A veces necesito descargar tanta ansiedad que no quiero que me des la razón rápido”, dice Rolón y usa una frase muy escuchada en las peleas cotidianas: “No me des la razón como a los locos”. La pelea, en ese punto, ya no tiene que ver con el tema que la originó: “La razón no está en ninguno de los lados, se perdió”.
“Lo único que se juega es quién gana y quién pierde. Por eso no hay que llegar a ese territorio, porque pierden los dos”, resumió.
¿Y si ya estamos peleando?
Consultado sobre esos momentos en que la pelea se volvió inevitable y hay una de las dos partes que no está dispuesta a poner un freno, Rolón usa una imagen simple: “Es como si vos tuvieras un montón de pasto seco y prendés un fósforo. Si lo tiraste, ya está, hasta que no se quema todo perdiste”. La intervención posible, dijo, es antes: “Tenés que soplar el fósforo antes de tirarlo”.
Pero cuando el otro ya está en modo pelea, la estrategia cambia. No se trata de desactivarlo, sino de no alimentarlo. “Vos podés decir: no vamos a poder conversar en estas condiciones. ¿Vos querés pelear? Yo no quiero pelear y probablemente lo que yo diga te enoje más, pero te vas a pelear solo. No cuentes conmigo. Cuando se te pasen las ganas de pelear y tengas ganas de conversar, me decís y lo hablamos”.
El argumento de fondo es que engancharse en la pelea no resuelve nada, sino que genera nuevos problemas.
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