Comemos para vivir, eso está claro. Pero en realidad, muchas veces más comemos para aliviar la ansiedad, para festejar, para sacarnos la tristeza o simplemente porque es la hora y hay que cumplir con el mandato aprendido en casa. Nuestras emociones nos determinan en muchos aspectos de la vida y la alimentación no escapa.
Un estudio realizado en el Departamento de Psicología de la Universidad de Missouri y reseñado en la revista Frontiers in Psychology exploró cómo se relacionan las emociones, sobre todo las negativas, con el comportamiento alimentario de las personas y las decisiones que toman respecto a qué y cuándo comer.
Las emociones afectan nuestro comportamiento, motivan acciones dirigidas a metas y regulan cómo valoramos las recompensas —incluida la comida— a través de mecanismos neurocognitivos que aún no están completamente identificados, dicen los investigadores.
De hecho, esto ocurre de formas que, muchas veces, no son conscientes. Cuando las personas están estresadas o ansiosas, muestran mayor tendencia al “emotional eating” o hambre emocional, que es un impulso a consumir alimentos, particularmente sabrosos o altos en calorías, como forma de regular estados afectivos desagradables.
Sistema de recompensa y control
El estudio distingue dos rutas principales en las decisiones alimentarias:
· El sistema de recompensa cerebral, vinculado más a la búsqueda de placer y gratificación. En situaciones de emociones negativas intensas o estrés, este sistema puede hacer que ciertos alimentos resulten especialmente atractivos como respuesta rápida a la tensión.
· El sistema de control cerebral, asociado con la regulación y las decisiones orientadas a la salud. Este se relaciona con decisiones más deliberadas y saludables sobre cuándo y qué comer.
Entonces, mientras las emociones negativas pueden favorecer elecciones impulsivas u orientadas a la gratificación inmediata, la regulación emocional puede favorecer elecciones más saludables, aun frente a estrés o malestar.
Este tipo de elecciones alimentarias en busca de gratificación se dan desde el comienzo de la vida. La sensibilidad hacia estímulos externos es un rasgo que predispone a comer en exceso, dice la investigación. Allí señala que los bebés de 6 a 12 meses que registran un aumento de peso rápido reaccionan con mayor intensidad al contacto con la comida que con otros objetos. Por ejemplo, ante una búsqueda de gratificación, prefieren comida a juguetes.
“Además, los bebés de 9 a 18 meses con un aumento de peso más rápido encontraron que un alimento favorito era más gratificante que las alternativas no alimentarias (un juguete y un DVD) en comparación con los bebés delgados (...). Estos hallazgos sugieren que los bebés con un aumento de peso rápido han desarrollado una mayor búsqueda de recompensas alimentarias junto con una falta de fuentes alternativas para la búsqueda de placer, lo que podría contribuir a la alimentación hedónica y al aumento de peso en sus vidas posteriores”, apunta la investigación.
Lo que preocupa a los investigadores es que, para estos bebés, las opciones de juego resultan mucho menos atractivas que para los delgados.
Estrés, aislamiento y alimentación
El estudio también analiza cómo situaciones como el estrés prolongado o la aislación social —que pueden coexistir con estados de ánimo negativos— potencian la sensibilidad a alimentos altamente palatables. Este fenómeno se interpreta no solo como un acto de comer, sino como una estrategia de afrontamiento a emociones intensas.
Esto no significa que todas las personas reaccionen igual: la respuesta depende en buena medida de las experiencias previas aprendidas, la regulación emocional y la relación individual con la comida.
Las bases de cómo las emociones modulan el comportamiento alimentario aún no están completamente identificadas, dicen los investigadores, y remarcan que entenderlas puede ayudar a diseñar estrategias más eficaces de promoción de hábitos alimentarios conscientes y sostenibles, especialmente en poblaciones más vulnerables al estrés emocional.