Hay una escena que podemos ver a diario: alguien llega a una reunión con amigos y, antes de ponerse a charlar o incluso saludar a todos, saca el teléfono y empieza a buscar el mejor ángulo para la foto. Otro filma un recital entero y, en vez de mirar al escenario, ve el show a través de la pequeña pantalla de su teléfono. Y en otro lugar, una pareja, en plan romántico, camina junto al río, pero en lugar de mirarlo, están eligiendo qué filtro quedará mejor para mostrar su amor en las redes. El momento existe, pero en segundo plano.
El psicólogo Gabriel Rolón analizó esta dinámica en su columna del programa Perros de la Calle, de la radio argentina Urbana FM, y su diagnóstico fue contundente: “El verdadero protagonismo está en no filmar la vida, sino en vivirla”.
Del evento a la evidencia
Rolón señaló un corrimiento que ocurrió casi sin que lo notáramos. Antes, los eventos existían y eventualmente se fotografiaban, pero hoy, en muchos casos, el evento se organiza directamente para ser fotografiado. O las personas van a determinados lugares pensando más en las fotos que sacarán y cómo lo van a exponer en redes, que en vivirlo.
“Lo que filmamos está por encima del evento en sí”, afirmó.
¿Para qué se filma, entonces? No para recordar, sostuvo el psicólogo, sino para mostrar. “No es para recordar un momento de placer personal, es para mostrarle a los demás que en ese lugar yo estuve”, aseguró.
Esa necesidad de demostrar presencia tiene un nombre que Rolón no usa en la conversación, pero que subyace: FOMO, del inglés Fear Of Missing Out, el miedo a quedarse afuera, a perderse de algo. Lo curioso es que, al intentar combatirlo publicando la propia vida, se lo alimenta en los demás y es un círculo que solo crece. Yo publico para que los demás me vean y a la vez miro lo de todos los demás para no perderme nada de lo que está pasando y “formar parte”.
La paradoja de la presencia
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han habla de este tema en su libro “La sociedad de la transparencia” y plantea que la obsesión contemporánea por documentar y mostrar empobrece la experiencia, porque convierte cada momento en un producto para el consumo ajeno. Lo que no se exhibe, pareciera, no ocurrió.
“En la sociedad expuesta, cada sujeto es su propio objeto de publicidad. Todo se mide en su valor de exposición. La sociedad expuesta es una sociedad pornográfica. Todo estávuelto hacia fuera, descubierto, despojado, desvestido y expuesto. El exceso de exposición hace de todo una mercancía, que ‘está entregado, desnudo, sin secreto, a la devoración inmediata’", dice en su obra.
Rolón lo traduce en términos cotidianos: Cuando pasaste de la charla a sacar la foto, “te fuiste de la historia, te fuiste de la charla, te fuiste del momento amoroso”.
Pero además, no se trata solo de registrar, sino que se termina produciendo una sensación de exclusión en quien mira. El FOMO no es solo algo que se sufre: también se construye.
Soltar lo que ya no somos
El psicólogo introdujo además una dimensión menos obvia de este fenómeno que se produce al asistir a la vida de los demás mediante las redes sociales: el dolor de ver fotos de situaciones de las que uno ya no forma parte. Frente a eso, propuso una pregunta: ¿me interesa seguir siendo parte, o me aferro por miedo a perder?
“Agarrarse con uñas y dientes de lugares que uno ya ni siquiera desea, por temor a perder, es peligroso”, dijo Rolón. Y agregó que soltar aquello en lo que fuimos felices, pero que ya no nos pertenece, es parte del desafío de vivir.