A principios de 2020, Rafael Radi era un científico reconocido a nivel mundial, que vivía en Uruguay pero que por motivos académicos iba al exterior prácticamente cada mes y medio, ya fuera para participar de congresos o proyectos de colaboración, tribunales de evaluación, paneles internacionales de expertos. En aquel entonces se encontraba en Estados Unidos dando conferencias en dos universidades, en Alabama y Kentucky. El covid-19 daba sus primeros pasos allí, aunque lejos de donde él estaba, y ya se veía que avanzaría incluso más allá del continente. La actividad terminó con cierta premura a pedido de las universidades, que procuraban el retorno de los científicos a sus países de origen. El clima estaba enrarecido.

Así fue que Radi volvió a Uruguay unos días antes de lo previsto, ya con la sensación de que se impondría un parate de unos seis meses, quizás. Pensaba en los ocho viajes que tenía ya agendados y comprados para el resto de ese 2020. No podía imaginar que ese sería el último vuelo por los siguientes dos años y medio.

En Uruguay, los científicos agrupados en distintos ambientes universitarios y académicos empezaban a tener los primeros intercambios, tratando de comprender el fenómeno que se venía. El 13 de marzo fue un viernes, recuerda hoy Radi, porque todos los viernes se reúne con su grupo de investigación de la Facultad de Medicina. Con ellos se enteró de que habían aparecido los primeros casos. Un pensamiento se cruzó por su cabeza: los infectados habían entrado por el aeropuerto de Carrasco y todos estaban pensando en cómo controlar el ingreso, pero ¿qué pasaría con la frontera seca, tan inmensa como imposible de cerrar?

Las noticias que llegaban de Europa auguraban el colapso de los CTI, aunque no se sabía cuándo sucedería. Faltaba información. De la incertidumbre generalizada iban asomando algunas cabezas singulares, capaces de mirar más allá, como la de Radi. Por obra de una cadena de contactos, su nombre sonaría para integrar un grupo de asesores calificados y él aportaría también los de otros candidatos a integrarlo. Hubo llamadas, encuentros virtuales, documentos borradores. Sobre comienzos de abril nacía, así, el GACH.

Era la largada de una carrera como ninguna en la trayectoria de Radi. Una ultramaratón que le ha merecido un homenaje unánime y que hoy, tres años después, ya se puede contar en pasado.

Máxima velocidad

La carrera impuso, desde el principio, máxima velocidad. Al arranque hubo un tirón de tres meses absorbiendo “de golpe y en tiempo real” toda la literatura que iba saliendo. Radi —profesor titular (grado 5) del Departamento de Bioquímica y coordinador del Laboratorio de Oncología Básica y Biología Molecular de Facultad de Medicina de Udelar, presidente de la Academia Nacional de Ciencias de Uruguay, primer uruguayo en integrar la Academia de Ciencias de Estados Unidos, entre otras cosas— estaba acostumbrado a estudiar y mucho, pero la intensidad de la lectura de aquella etapa, en la que había que entender rápidamente de qué iba el fenómeno, lo superó todo.

—Tengo algunos números. Cuando terminamos la actividad del GACH, en junio del 21, el estimado que tengo de lecturas es de unos 5.000 trabajos. Pero en ese momento había publicados más de 100.000, cuando en diciembre del 19 había cero. Yo leí 5.000, pero otros del GACH leyeron otros 5.000. Colectivamente teníamos casi toda la literatura leída. Además de asesorar e informar, como mínimo teníamos una lectura de 10, 12, 15 trabajos originales por día, todos los días. En los 90 informes que hicimos siempre incluimos las referencias.

La información que colectaron esos meses junto con los otros coordinadores, Fernando Paganini y Henry Cohen, y los 60 especialistas que conformaron el GACH, permitió llegar a “un primer entendimiento bastante cerrado de cómo venía la mano”, dice Radi a Montevideo Portal. Entender la enfermedad, su velocidad de transmisión, el “tiempo que había que ganar” y cómo podían hacerlo les permitió llegar a dos grandes conclusiones, que en ese momento fueron reveladoras y pusieron a Uruguay en el grupo de los países que ensayaban respuestas diferentes: una, que los niños no eran la principal fuente de transmisión —Uruguay fue el primer país de América en abrir las escuelas, y hasta pedían los protocolos desde Estados Unidos—; y dos, que era importante salir y hacer actividad física porque, correctamente utilizados, los espacios abiertos tenían poca capacidad de infección.

—En esos meses logramos identificar asuntos que permitieron mejorar la calidad de vida de la población. Evitamos males mayores.

Radi sintió entonces que tenía una capacidad casi ilimitada de absorber un montón de información y llevarla a un lugar de síntesis. Funcionaba como una esponja que cada mañana se abría para luego cerrarse e incorporar, procesar, aprender.

—Me gustó. Me pasó en otros momentos de la vida, pero me gustó ver que en esta etapa bastante avanzada de mi carrera lo pude hacer, casi con la frescura con que lo hacía hace 40 años. Me gustó y era útil.

Javier Noceti / Montevideo Portal

La calma y el repecho agobiante

Después del invierno, y hasta casi el final de 2020, transcurrió una etapa en la que la pandemia estuvo epidemiológicamente controlada. Radi lo llama de “tensa calma” porque había pocos casos pero se podían vislumbrar las fiestas de fin de año, las vacaciones de verano, la fatiga social de la pandemia, y todo lo que se podía generar en ausencia de inmunización. La maratón se corría a menor velocidad, pero ahí nomás asomaba el repecho.

Al principio de la subida, con el ingreso de la variante P1 de Brasil, y ante la presión social que también iba en aumento, en febrero el GACH preparó un documento en el que establecía sus recomendaciones para los distintos escenarios que podrían aparecer, pero con cierta distancia de la coyuntura. Se pedían soluciones a los casos que crecían y las muertes que empezaban a acumularse. La respuesta de la ciencia llegaba hasta ahí, y en algún punto la política elegía seguir por otro camino.

En esta etapa el repecho se hizo cuesta arriba porque había que transitar con una “tensión social y política” que los científicos no conocían hasta ese momento como parte de sus condiciones de trabajo. Así vivió Radi los meses de marzo, abril y mayo de 2021:

—Fueron momentos agobiantes. Creo que nos pesó más la tensión social y política que el trabajo científico, porque nosotros el trabajo científico lo podemos hacer y trabajar más y un poquito más, pero ese otro ingrediente… Por más que quisieras cerrarte, lo que decían la familia y los amigos te llegaba, y para eso sí que nosotros no estamos entrenados.

Por teléfono, por carta, por mail, casi siempre en un tono correcto, Radi recibía pedidos de ayuda. Él debía ser cauto: cualquier palabra que dijera de más podría conducir a un lugar de interpretaciones erróneas.

—Lo que más me dolió fue la carta de un fotógrafo del Registro Civil. Me había mandado un plano de la sala y un dibujito de novia, novio, juez. Y me decía ‘yo entro por acá, saco una foto y me voy’. Y yo sabía que no iba a pasar nada [si se lo permitían]. Me partía el alma. Me acuerdo también de familias de chacras de eventos que me escribieron varias veces. Había otras situaciones que discutíamos, como la de los magos. Si nadie los contrata, se quedan sin ingreso. ¿Cómo hacemos un protocolo para magos?

Aunque agobiado y con el alma “partida”, en ningún momento de esta carrera Radi llegó al punto de quedarse sin aire.

—Nosotros no trabajábamos para el gobierno; nosotros trabajábamos con el gobierno y para la población. Teníamos claro que en ningún momento de esa situación extrema, a la población —que había depositado en el grupo credibilidad y confianza— podíamos darle una señal de que esto [el GACH] se resquebrajaba o de que por el cansancio íbamos a perder la calidad.

Esa claridad, fruto de un plenario de los 60 miembros y de cuatro horas de duración, tenía como contracara un plan de salida. Se mantendrían unidos “fuera como fuera” hasta que se dieran dos “hitos de mínima” que los habilitaran a pensar en dejar el asesoramiento. Estos eran: más del 50% de la población vacunada y un desacople de casos con movilidad. Mientras tanto, la maratón exigía entrega continua.

—Teníamos la sensación de no poder parar. Era una corrida perpetua todos los días, durante un montón de meses. La responsabilidad nos embargaba a todos. De madrugada, los fines de semana… sueño y vigilia eran como la misma cosa. Pero tampoco nos sentíamos muy cansados porque había una adrenalina y un sentimiento de responsabilidad enorme. En un pequeño grupo de personas había depositado un montón de esperanza, y eso nos daba la motivación necesaria.

Llegada a la meta y la vida después

En junio de 2021, con suficiente inmunidad acumulada y viendo que la cadena de contagios ya no era directamente proporcional a la movilidad, el GACH entendió que, de ahí en adelante, lo único que iba a pasar era que las cosas mejoraran. Por lo tanto, “cumplidos los dos objetivos, y honrando la confianza” que se les había otorgado, era momento de despedirse y “volver” a sus vidas habituales.

Los coordinadores del GACH, cuando oficializaron la decisión de culminar el asesoramiento. Foto: Dante Fernandez / FocoUy

—Fue difícil recomponer la cabeza. Después de una ultramaratón te duele todo. Entonces, no es que al otro día podés retomar. A mí me llevó un tiempazo. Además, yo soy una persona de procesos mentales lentos. De golpe eso se terminó, está bien, vamos a descansar, pero ahora hay que recomponer. Mi actividad universitaria no cesó nunca. Pero todo el segundo semestre de 2021 fue como un aterrizaje lento. Me llevó tiempo volver a disfrutar. Había quedado con mucho ruido de todo lo que había pasado. Me seguían preguntando sobre la pandemia, y yo seguía muy enganchado, seguía estudiando. Seguía todavía, en parte, en el mismo trayecto de la maratón.

De a poco empezó a retomar algunos trabajos que había comenzado a escribir antes de la pandemia y no había podido terminar porque requerían un nivel de concentración alto. Le llevó, dice, casi un año “retomar la zona de confort” que tenía en 2019 y recuperar el gusto por lo que hacía. Hasta que llegó un momento, entre marzo y abril de 2022, que hizo una especie de clic: se paró en el lugar de excoordinador del GACH y se sintió mucho más cómodo.

Después de dos años de aquel último vuelo desde Estados Unidos, Radi volvió a viajar. Fue al Vaticano, donde lo invitaron a hablar sobre la ciencia al servicio de la paz, y también a la Universidad Autónoma de Madrid, donde lo invistieron como doctor “honoris causa” por su entrega generosa.

Ya sobre fin de año, durante una celebración de la OPS por su aniversario número 120, ante un video que recogía imágenes sobre cómo había vivido Uruguay la pandemia —los primeros casos, las conferencias, la constitución del GACH, la gente usando las máscaras—, conectó con todo lo que había pasado.

—Y por primera vez me emocioné y me ericé, pero desde un lugar donde ya lo veía como parte de mi historia. Ya no de mi presente, donde las emociones estaban casi ausentes. En ese momento dije ‘ahora sí, confirmo que esto lo estoy viendo como algo que fue, con cierta nostalgia, pero que es pasado. Me desenganché de esa vivencia, de ese personaje.

Su experiencia en el GACH llevó a que su grupo de facultad asumiera una línea de investigación experimental en virus que no tenían antes. De hecho, 2022 fue un año de producción científica muy importante para el equipo.

Nunca cesaron las preguntas de los conocidos y la gente en general, en la calle: “¿Y, sigue todo bien? ¿Qué va a pasar?”. La calidad de “experto en” nunca la perdió.

Hoy, tres años después, dice que finalmente pudo “recomponer bien” su vida, aunque no volvió al mismo lugar en donde estaba en 2019. Sería imposible: pasó el tiempo.

—En algún punto creo que volví a un lugar mejor, quizás con la convicción de que las herramientas de la ciencia realmente son importantes y útiles, y que están ahí para aportar en lo que el país necesite. Fue una demostración que nos autodimos los científicos. En eso tengo más confort del que tenía antes.

Lo actuado en esa época fue materia de publicación en revistas internacionales. Es una experiencia que se toma como ejemplo y se sigue estudiando, destaca Radi con orgullo. Adelanta que junto con los otros dos coordinadores del GACH tienen pensado reunir todo el material elaborado, armar “un pre” y “un post” asesoramiento, y generar “un documento de carácter histórico para que quede consolidado”.

Los antivacunas y los aprendizajes

Radi saca varios aprendizajes de la ultramaratón que significó asesorar al gobierno en la pandemia. Empieza con los negativos.

—Aprendí que las sociedades modernas tienen un componente de racionalidad, pero que es notoriamente menor al que yo creía que tenían. Es decir, noté mucha irracionalidad. Mucha ansiedad, mucho miedo, a veces a contrapelo de la razón. Hubo un cierto nivel de agresividad social que no condice con lo que se trataba de hacer.

A fines de 2019, cuando todavía no había un caso de covid en el mundo, un psicólogo australiano llamado Steven Taylor publicó un libro que varias editoriales le habían rechazado antes, al que tituló Psychology of pandemics (psicología de las pandemias). En él, Taylor aborda las reacciones sociales de las poblaciones en pandemias, desde el año 1100. Gracias a ese libro increíblemente visionario —con el que se encontró hace no mucho, y se lo obsequió a Paganini y Cohen—, Radi puso en perspectiva esa irracionalidad.

—Todo lo que pasó está ahí [en el libro]. Aparecen siempre los mismos fenómenos. Creo que en Uruguay predominó la razón. Pero igual me resultó incómodo descubrir que hay miradas que piensan que hay segundas agendas en todo lo que uno hace, y que la ciencia está al servicio de planes de dominación. Uno esperaría que se pudiera arribar a consensos sobre algunos temas, y en definitiva se terminó en un ‘creo en esto o no creo en esto’, con convicciones muy rígidas adonde la razón casi no llega.

Rafael Radi. Foto: Presidencia

Como cabeza del GACH, varias veces fue objeto de insultos y amenazas, que incluso lo llevaron a la Justicia. Hoy, habiendo reflexionado, comprende que no era algo en contra de su persona.

—Son cosas por las que, cada vez que pasás, la piel te queda un poco más gruesa. Pero, en el proceso que he hecho al mirar hacia atrás, entiendo que el destinatario del golpe es el que está en ese lugar y en ese momento, entonces quizás hay que tomárselo menos personal. Creo que es casi anecdótico cuál es el target. Lo que hay en realidad es un nivel de frustración, de ansiedad y preocupación que se transforma en conductas muchas veces improducentes. Es un fenómeno imposible de neutralizar a cero, y las sociedades deben aprender a gestionarlo evitando que se llegue a niveles de violencia inaceptables.

Por otro lado, el rol que la sociedad le adjudicó a la ciencia, y la visibilidad que adquirió, es innegable. Sin embargo, más allá de lo coyuntural, la experiencia no cristalizó (aún) en una mayor preponderancia de la ciencia en lo político.

—En cuanto a generar política basada en evidencia, y en darle a la ciencia un rol en el quehacer del Estado, todavía estamos en un proceso incompleto. Hubo algún esfuerzo en la última rendición de cuentas, pero menor al que hubiésemos deseado. Veremos si este año se logra poner a la ciencia en un lugar más potente, de mayor incidencia —que no tenga que venir una pandemia—, que se la ponga en un lugar también más potente desde el punto de vista presupuestal, y avanzar más a nivel institucional.

A Radi le resulta chocante cuando escucha a autoridades políticas decir “esto es bueno” o “esto es malo”, cuando probablemente estén mirando solo una dimensión de las múltiples posibles. En un “planeta lábil”, con tantos temas acuciantes, “los políticos necesitan de la ciencia para tomar las mejores decisiones”, afirma. Considera que faltan equipos de científicos en los ministerios, o que se debería crear una agencia independiente para el asesoramiento.

—Hay que hacer políticas basadas en evidencia. No atribuirle al asesoramiento científico una agenda política. El lugar de la ciencia es uno, y el de la política es otro. Si esa relación, en la que por supuesto que hay grises, se construye bien, es ganar-ganar.

La “transición” es más lenta de lo que quisiera, pero está sucediendo, asegura Radi. En lo que definitivamente es optimista es en el “capital ganado en cuanto al apoyo de la sociedad”.

—Las encuestas de opinión pública que se han hecho lo muestran y lo sentís en las personas que se acercan. El aumento de matrículas de las facultades de Ciencias y Enfermería también son un reflejo. Es bastante inédito: es la primera vez que se genera algo tan masivo de ver a la ciencia en acción. Y también le genera a la política la obligación de que este proceso incompleto se complete.

En lo personal, Radi también creció. Fortaleció sus dotes comunicacionales, en buena medida entrenados durante décadas de aula. Pero, además, hizo un descubrimiento de sí mismo.

—Descubrí que fui capaz de mantener un balance en el lugar que me tocó ocupar: en mi relación con el gobierno nacional, con la oposición, con la sociedad y con mis colegas, que eran todas dimensiones que había que cuidar a la vez. También con los medios, la prensa. Me tocó jugar con múltiples actores a la vez. Esos múltiples roles, todos juntos, yo no los había jugado nunca. Y me pareció que funcionó bastante bien.