En Uruguay empieza a abrirse camino un modelo habitacional que rompe con la lógica tradicional de la vivienda individual: el cohousing, también conocido como vivienda colaborativa. La propuesta es simple en su concepto: cada familia tiene su propia casa, pero comparte espacios, servicios y decisiones con un grupo de vecinos afines.
El fenómeno, que ya tiene antecedentes en países europeos y en ciudades de América Latina, crece en Montevideo y la Costa de Oro. Sus impulsores buscan reducir costos, aprovechar mejor los recursos y ganar calidad de vida a través de la compañía y la colaboración. Para muchos, es también una forma de criar hijos en entornos más acompañados y seguros, sin resignar la privacidad.
Uno de estos proyectos fue impulsado por cuatro familias montevideanas que unieron recursos para comprar un terreno y construir sus viviendas. “Queríamos acceder a una casa de buena calidad y mantener un estilo de vida más conectado y colaborativo. Por separado era mucho más difícil; juntos lo logramos”, relata una de las propietarias a Montevideo Portal, escribana, de 35 años, madre de una hija de dos años.
El beneficio principal para quienes eligieron esta forma de vida es el sentido de comunidad. Los niños crecen jugando entre casas, compartiendo meriendas, herramientas y tiempo libre. Para los adultos, hay una red de apoyo diaria: alguien que puede ayudar en una urgencia, cuidar a los chicos o simplemente compartir una comida. “Es una forma de vida menos solitaria, más acompañada”, expresa.
El proceso no estuvo exento de desafíos. Encontrar el terreno adecuado, acordar decisiones y organizarse como grupo demandó tiempo, charlas y flexibilidad. Para evitar conflictos, las cuatro familias establecieron reglas básicas desde el inicio: horarios de silencio, uso de espacios comunes y un sistema claro para los gastos compartidos —limpieza, jardinería y tributos— que se lleva en una planilla mensual. El espacio compartido es un gran patio central, y las casas se encuentran a su alrededor.
Aunque no es un modelo para todo el mundo, quienes lo adoptaron destacan que vale la pena para aquellas personas que valoran la cooperación. La convivencia funciona mejor cuando hay diálogo, paciencia y ganas reales de compartir. Para estas familias, la sensación de haber construido algo entre todos es el mayor premio: “Hay una pertenencia muy fuerte, un ‘esto lo hicimos juntos’ que no se parece a nada”, destaca la escribana consultada.
El cohousing, sin embargo, no se limita a las experiencias de familias jóvenes. En Uruguay también crece como alternativa para la vejez: grupos de amigos o jubilados que deciden vivir juntos en viviendas separadas, pero compartiendo espacios comunes. Según un informe de la BBC esta tendencia conocida como senior cohousing ofrece una opción cálida que combina independencia con compañía diaria y mejora la salud emocional.
En paralelo, iniciativas impulsadas por mujeres también suman nuevas capas al fenómeno. El colectivo Mujeres con Historias planifica una vivienda colaborativa intergeneracional en Montevideo que, además de casas individuales, tendrá huerta, biblioteca y comedor comunitario. No se trata de resolver únicamente un problema habitacional, sino de pensar la vida desde la autonomía y el cuidado colectivo, en un país donde más de la mitad de las mujeres mayores vive sola.
El cohousing se presenta entonces como una alternativa real para ampliar el acceso a viviendas de calidad sin alejarse demasiado de la ciudad, sumando un ingrediente que muchos buscan en los tiempos actuales: comunidad. Lo interesante es que ya no aparece como un único modelo, sino como una suma de experiencias —familiares, de adultos mayores, cooperativas, feministas— que responden a necesidades distintas con un mismo hilo conductor: vivir acompañados, de forma más sostenible y solidaria.
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