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Columna publicada por Rob Hughes en el New York Times
Un hombre no hace a un equipo, pero un equipo puede encontrar imposible sustituir a un jugador.
Luis Suárez y Liverpool son ejemplos de ello.
Cuando Suárez lideró a la delantera del Liverpool hace un par de años, los Reds volaban alto en el fútbol inglés. El club finalizó subcampeón en la Premier League, a poco de su primer título de Liga después de 20 años. Suárez, por supuesto, fue uno entre los 11 jugadores, pero su hambre por perseguir causas perdidas y transformarlas en juego ganador lo transformaron en un catalizador para la performance del equipo.
Después de esa temporada -y de un Mundial en el que pasó de héroe a Villano- Suárez diseñó su salida del Liverpool. Él tenía una cláusula de rescisión en su contrato y Barcelona la pagó, gastando 92 millones de dólares para llevarlo a España.
Sería cuatro meses antes de que pudiera jugar porque estaba sancionado tras morder el hombro de Chiellini. No obstante, recuperó el tiempo perdido y terminó ganando cinco títulos con Barcelona en 2015.
Ese es un equipo en el que anota tan a menudo como juega. Un hattrick y una asistencia de Suárez ayudaron al Barcelona a aplastar al Athletic Bilbao por 6-0 el domingo, y él quedó liderando la tabla de goleadores de la Liga de España.
Sin embargo, ahora es más jugador de equipo. ¿Cómo podría ser de otro modo cuando comparte el ataque con Messi y Neymar en un equipo que incluye a Iniesta, uno de los más exquisitos jugadores que se han visto?
Messi ha insistido en que ganar el Balón de Oro cinco veces en su carrera fue el fruto de lo que juega el equipo.
Es un equipo en el que Suárez sigue siendo el novato. Es nuevo, pero trae consigo una nueva dinámica.
El Suárez de Barcelona es la misma búsqueda de alimento, carácter tenaz y confianza que era en el Liverpool (y antes en los clubes de Holanda y Uruguay). Él trabaja duro, tiene un instinto para ir a la yugular y posee un hábito de anotar que puede a veces hacerlo parecer codicioso y otras compartiendo.
"Luis merecía estar en el Balón de Oro con Cristiano, Neymar y yo", dijo Messi en Zurich cuando recibió el trofeo de mejor jugador del mundo. "Es el mejor número 9 del mundo en la actualidad".
Para el registro, Messi es un 10, Cristiano lleva la 7 y Neymar la 11.
Los números no los definen. Messi es el jugador más completo en el papel que elija. Ronaldo y Neymar anotan principalmente desde las bandas.
Suárez es un atacante itinerante, corriendo donde el instinto lo lleve, a menudo tomando el peso de las faltas de atrás cuando busca oportunidades para anotar o para abrir espacios para otros.
Otra vez, Messi lo resumió: "es la química entre nosotros tres", dijo en la gala del Balón de Oro. "Somos amigos dentro y fuera del campo".
El trío de amigos marcó 137 goles en 2015, a pesar de que durante dos meses faltó Messi por una lesión de rodilla en setiembre. Su entrenador del Barcelona, Luis Enrique, merece el crédito por persuadir al tridente a encajar sus esfuerzos y hacer al equipo más directo.
Barcelona todavía puede jugar al tiqui-tiqui más rápido que nadie. Todavía tiene la filosofía de Guardiola de presionar rivales en los talones y trabajar fervientemente para recuperar el balón después de los siete segundos de perderlo.
Pero con estos tres adelante -en particular Suárez, que cubre cada brizna de pasto detrás de los defensores- la lógica es el pase largo una y otra vez.
Ya nadie habla de un fenómeno del fútbol individual, pero Messi es sin duda eso. Y pocos preguntan, como muchos de nosotros, cómo el equipo puede trabajar con tres delanteros que están en la pelea por el Pichichi, el premio al máximo goleador de la Liga.
En realidad, hay una competencia para ello. La delantera del Real Madrid, con Cristiano Ronaldo, Benzema y Bale, es igual de prolífica, especialmente porque ahora Zidane se hizo cargo del plantel. El equipo anotó 10 goles en sus primeros dos partidos.
Hay un desequilibrio en la Liga de España que permite al Madrid y al Barcelona sumar a estos delanteros importados a precios gigantes. Pero también hay placer para los hinchas viendo las alturas que estos dos ataques alcanzan casi todas las semanas.
Digo la mayoría de semanas porque el próximo partido Suárez lo verá desde afuera. No mordió a nadie pero sus labios le han valido su primera sanción desde la suspensión de 2014.
15 meses de buen comportamiento no parecen influir en el tribunal disciplinario. La reputación de Suárez va delante de él, incluso después de una temporada y media en la que no ofendió a nadie más que los defensores frustrados que hacen todo lo posible para defenderlo.
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