Argentina llegó al Mundial de Corea-Japón 2002 como una de las candidatas al título y se fue en la fase de grupos. Ese naufragio quedó unido para siempre al nombre de Marcelo Bielsa, el entrenador rosarino, ahora al mando de Uruguay, y que había llegado a aquel mundial con un crédito enorme tras unas formidables Eliminatorias.

El plantel que llevó Bielsa era, sobre el papel, para ganar cualquier cosa: Gabriel Batistuta, Herán Crespo, Juan Sebastián Verón, Ariel Ortega, Javier Zanetti, Diego Simeone. Un Grupo F compartido con Inglaterra, Suecia y Nigeria que parecía difícil pero manejable para semejante plantel.

El arranque fue prometedor. Victoria 1-0 ante Nigeria con gol de Batistuta, y todo indicaba que el tren salía bien encaminado.

Después vino Inglaterra, y el partido se torció. Los ingleses ganaron 1-0 con un penal de David Beckham abrió una catarata de críticas hacia Bielsa: sus decisiones tácticas, la forma en que paró el equipo, los cambios que hizo, todo quedó bajo la lupa.

El tercer partido, ante Suecia, terminó 1-1. No alcanzó para pasar. Argentina quedó eliminada en primera ronda por primera vez desde México 1966.

Las explicaciones del fracaso se discutieron durante años. Por un lado, el esquema táctico. Bielsa tenía una idea de juego muy clara y definida, pero sus críticos apuntaron que fue demasiado rígido para adaptarse a los distintos rivales que enfrentó.

Por otro lado, la convocatoria generó polémicas antes de que siquiera empezara el torneo. El caso más resonante fue el de Juan Román Riquelme: el ídolo de Boca Juniors no fue llamado, una decisión que Bielsa defendió con argumentos pero que el periodismo y los hinchas cuestionaron con dureza, y que todavía hoy aparece en cualquier conversación sobre esa Copa del Mundo.

El mismo Bielsa, que dos años antes había llevado a la selección a los Juegos Olímpicos de Sídney 2000 y se había traído una medalla de oro, terminó con la imagen de un equipo que llegó con todo y no pudo con nada. Uno de los capítulos más dolorosos de la historia del fútbol argentino, y uno que, como todos los grandes dolores, todavía se sigue discutiendo.