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Na sua cara, Dan Brown

O Palácio Legislativo guarda um segredo maçônico? Um matemático uruguaio seguiu a pista.

25.08.2025 10:18

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2025-08-25T10:18:00-03:00
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Por Gerardo Carrasco
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“Acredito que o universo é um admirável concerto de correspondências numéricas e que a leitura do número e sua interpretação simbólica constituem uma via privilegiada de conhecimento.”

Essa frase foi colocada pelo inesquecível semiólogo e narrador Umberto Eco na boca de Agliè, o “sábio ancião” de seu romance O Pêndulo de Foucault. Na mesma página, esse personagem zomba dos “piramidólogos” que buscam coincidências matemáticas em monumentos e edifícios da antiguidade.

“Com números, pode-se fazer qualquer coisa. Se tenho o número sagrado 9 e quero obter 1.314, data em que queimaram Jacques de Molay, uma data marcante para quem, como eu, se considera devoto da tradição cavalheiresca templária, o que faço? Multiplico por 146, data fatídica da destruição de Cartago. Como cheguei a esse resultado? Dividi 1.314 por dois, por três, etc., até encontrar uma data satisfatória. Também poderia ter dividido 1.314 por 6,28, o dobro de 3,14, e teria obtido 209. Que é o ano em que Átalo I, rei de Pérgamo, subiu ao trono”, ironizava.

No entanto, e para desgosto de Agliè, durante milênios, construtores e arquitetos usaram sua ciência para erguer estruturas “codificadas”, seja por seu alinhamento astronômico ou pelas chaves numéricas que encerravam em si mesmas. Desde o século XVIII, a maçonaria, entidade perseguida em diversos momentos da história, utilizou repetidamente a arte escultórica e a arquitetura para transmitir mensagens de forma hermética.

Nosso Palácio Legislativo guarda algum tipo de comunicação dessa natureza? Tal possibilidade foi um imã para o uruguaio Eduardo Cuitiño, licenciado em Matemática — opção Estatística — pela Udelar, professor da Faculdade de Engenharia Bernard Wand-Polak e do Colégio Saint Brendan’s, e profissional do Observatório de Mobilidade da Intendência de Montevidéu.

Matemático de profissão e curioso por vocação, Cuitiño ganhou destaque na imprensa do Rio da Prata em 2012, quando decidiu aplicar a matemática a um caso que gerou rios de tinta em ambas as margens do estuário: a origem de Carlos Gardel.

Em seu livro Gardel, o morto que fala, Cuitiño abordou um tema amplamente discutido, mas fez uma contribuição a partir de sua área de trabalho, algo que nunca havia ocorrido. Por exemplo, comparou a altura do cantor em fotos de diferentes períodos de sua vida (e foi até o local de uma delas para medir uma chaminé que ainda existe e que usou como referência), e a comparou com a estabelecida em um antigo relatório policial argentino. O cruzamento desses dados indicou que as datas de nascimento apresentadas pela “tese francesa” seriam errôneas.

Meses atrás, e na véspera do centenário do Palácio Legislativo, que hoje se comemora, Cuitiño decidiu contar a história “oculta” do edifício. Não aquela que aparece nos livros didáticos e que pode ser rastreada até na imprensa da época, mas o relato misterioso que seus idealizadores e construtores plasmaram em números e figuras, e que só poderia ser entendido por quem estivesse iniciado em certos mistérios.

Esa idea plasmó en el libro El Palacio Legislativo, una historia por desvelar, que salió a la venta en diciembre de 2024, de la mano del sello editorial Da Vinci

Foto: Héctor Testoni

Foto: Héctor Testoni

“Hoje os edifícios são pensados mais como máquinas para habitar ou para a operação de um escritório, mas não dizem nada. Naquela época, ao contrário, a arquitetura era expressionista.”

“Para mí, la arquitectura del Palacio dice cosas, y no encontré ningún libro que expresara lo que me parece que oculta”, dice el autor en diálogo con LatidoBeat.

“La construcción es de estilo neoclásico de principios del siglo XX, y en esa época el arte arquitectónico era concebido precisamente como un arte que decía cosas. Hoy en día la construcción, los edificios, están pensados más bien como máquinas para habitar, o para la operativa de una oficina, pero no dicen nada. En esa época, por el contrario, la arquitectura era expresionista”, afirma el docente.

Buen ejemplo de ello es el Salón de los Pasos Perdidos, “un lugar que tiene detalles muy interesantes, es muy matemático, tiene juegos numéricos, detalles, combinaciones…y me pareció que valía la pena contarlos”, asegura, idea que se reafirmó durante su trabajo, que le permitió comprobar que en el “templo laico” del Uruguay “había historias para desvelar que no estaban contadas en ningún libro”.

“La historia y la matemática parecen no tener, a priori, una conexión, pero yo entiendo que sí puede haberla, y pienso que puede resultar muy interesante establecer ese vínculo. Creo que puede hacerse esa conexión del arte con la ciencia, con números o conceptos matemáticos y el resultado puede ser, como dije antes, muy interesante”, asevera.

Una quiniela con el 18, el 25 y el 33

Estos tres números no son en rigor más que unos cualquiera en la serie infinita de las cifras. Sin embargo, en la historia, la geografía y la cartografía del Uruguay, nos tropezamos con ellos a cada rato. Esta tenacidad numérica no es casual y, según sugiere el autor en su obra, obedece a una intención muy concreta.

“Para quien mira bien, la simetría que tiene el Palacio es de una belleza impresionante, es simétrico por todos los costados que quieras buscarle”, dice el matemático, y subraya que “hay una simetría con respecto a las columnas que están en el Salón de Pasos Perdidos, pero también está arriba” en alusión a las 24 cariátides que posee, y que “son como columnas que tienen una torre superior”.

Foto: Héctor Testoni

Foto: Héctor Testoni

“No início, o rito escocês da maçonaria tinha 18 graus, depois passou a ter 25 e finalmente subiu para 33. E precisamente 18, 25 e 33 são os números da nossa pátria.”

Sin embargo, esas 24 columnas serían en realidad 25, porque “la luz que cae del lucernario, de la gran claraboya que domina el salón, es como una columna más”,

Esa columna de luz cae exactamente en el lugar donde hay “una especie de armarito en el que se guardan las actas de la Declaración de la Independencia de 1825 y se encuentran los originales de la primera Constitución”, tesoro que es “custodiado por el Batallón Florida, que es en cierto modo el comienzo de nuestra fuerza militar”.

Para Cuitiño, esa simetría luminosa es parte de un conjunto enigmático.  “Hay muchos guiños con números en el Palacio, y también con conceptos masónicos”, asegura.

Por ejemplo, en el mismo salón “hay 32 círculos concéntricos que forman otro círculo mayor, que rodea a ese armario. Son 32 círculos que forman un círculo 33, que es el grado máximo actual en la masonería del rito escocés”, explica.

En su descripción, señala que “un poco más para los costados, el cuadrado central del Salón de los Pasos Perdidos tiene cinco metros de lado de forma exacta. Serían pues 25 metros cuadrados, y 25 antes era el número más alto en esa masonería escocesa, antes de que pasara a 33”, cuenta.

“Si te vas un poco más para los costados y te ponés a contar los detalles que aparecen en los mármoles, más lejos del cuadrado central, vas a ver que hay 18 detalles a cada lado: tenemos 18, 25 y 33, que para la masonería no son números cualquiera. En sus comienzos, el rito escocés tenía 18 grados, después pasó a tener 25 y finalmente subió a 33. Y precisamente 18, 25 y 33 son los números de nuestra patria”, recuerda, valores numéricos asociados a hitos como la Jura de la Constitución, la Declaratoria de la Independencia y el desembarco de los Treinta y Tres Orientales.

Estas simetrías “numérico arquitectónicas” resultaron sorprendentes incluso para personas conocedoras del edificio. Algunas de ellas fueron comprobadas por Cuitiño de forma directa y en el lugar. “Llevé una cinta métrica y me puse medir”, cuenta con sencillez el autor. Otras fueron verificadas sobre los planos del inmueble con la colaboración de Gisella Carlomagno, directora de Arquitectura del Palacio Legislativo.

“El Palacio ‘casualmente’ se inauguró en 25 de agosto, aunque todavía estaba sin terminar, y su piedra fundamental se puso un 18 de julio”, dice en cuanto a las fechas de inicio y final, y también remarca que las ya mencionadas cariátides  “están a 25 metros de altura, y más arriba, por encima de ellas, se encuentran figuras aladas” que, según los cálculos del autor, “están a 33 metros de altura del nivel del Salón de Pasos Perdidos”.

Foto: Héctor Testoni

Foto: Héctor Testoni

“Há um design no Palácio, algo feito de propósito para que no futuro nos maravilhássemos com números que não são casuais.”

El “cifrado” masónico del Palacio Legislativo no se limita a los ejemplos mencionados, como lo podrá comprobar quien lea el libro de Cuitiño, obra en la que también se cuentan “guiños” de índole cristiana y rosacruz. En cuanto a las razones de su abundancia en el edificio, el autor recuerda que el arquitecto italiano Gaetano Moretti, responsable de la obra —sobre proyecto original de su compatriota Vittorio Meano— tenía por entonces el grado 33 de la Masonería, y considera probable que el artista Giannino Castiglioni, autor de los cuatro grupos escultóricos engalanan los jardines del Palacio Legislativo, también fuera masón.

De hecho, Cuitiño incluso considera la posibilidad de que José Batlle y Ordóñez, quien era presidente cuando se decidió acometer la obra, hubiera abrazado la masonería en su juventud, concretamente durante su estancia en París entre 1879 y 1881. Por desgracia, el autor considera muy difícil que ese extremo se pueda comprobar alguna vez, ya que la documentación de las logias en Francia fue destruida meticulosamente durante la ocupación nazi.

“Hay un diseño del Palacio, algo hecho adrede como para para que en el futuro nos maravilláramos con números que no son casuales. Hay un diseño artístico con cosas esperables o manejables desde un punto de vista simbólico o incluso esotérico”, asevera.

La vieja política

El debate parlamentario sobre la construcción de una nueva sede para el poder legislativo comienza en la década de 1890. A la sazón, el Parlamento convivía en una especie de régimen de “conventillo” con la cancillería, dentro de las estrechas estancias del Cabildo de Montevideo.

Por entonces —y como tantas otras veces— el país estaba en medio de una crisis económica y los recursos escaseaban. Por ello, la discusión en las comisiones parlamentarias fue tremenda, con los colorados defendiendo la idea y los blancos rechazándola, o al menos procurando que el futuro recinto legislativo no fuera un “palacio”, sino un edificio más pequeño y austero.

El mismo día de la inauguración, el diario El Día atribuía enteramente la obra al Partido Colorado. “El Palacio Legislativo que hoy se inaugura es obra exclusiva del Partido Colorado, y especialmente de uno de sus hombres más ilustres, el Señor Batlle y Ordóñez”, se lee en la edición de esa mañana, cuyo facsímil parcial forma parte del libro.

El Palacio Legislativo el día de su inauguración. Foto: CdF de la Intendencia de Montevideo

El Palacio Legislativo el día de su inauguración. Foto: CdF de la Intendencia de Montevideo

“O jornal El Día, quando o Palácio foi inaugurado, disse que custou dez milhões de pesos, mas há documentos que mostram que custou vinte, o que equivaleria a 350 milhões de dólares hoje.”

“Además, en la misma nota principal se enumeran 50 razones para pensar que el día de la Independencia no era el 25 de agosto, como para afianzar la idea de que el Palacio Legislativo no se estaba construyendo el día del centenario”, señala Cuitiño, quien recuerda que la fecha “inaugural” de la patria fue también objeto de disputa entre los partidos fundacionales, dado que los nacionalistas se inclinaban por el 18 de Julio. Ese debate se aplacó luego del “empate técnico”, marcado por la inauguración del Estadio Centenario el 18 de julio 1930, y “se saldó en realidad con la construcción del Obelisco, en el año 1938”.  

Veo el futuro repetir el pasado

La historia del Palacio Legislativo está repleta de “uruguayeces” que demuestran que, para bien o para mal, nuestra idiosincrasia siempre aflora. Por ejemplo, la inauguración de la que hoy se cumplen cien años se hizo con el edificio inconcluso y con andamiaje de madera en sus alrededores. De hecho, las tareas de decoración se extendieron nada menos que hasta 1964, casi 40 años después de la fecha inaugural. Además, durante el periodo de construcción original, que se extendió desde 1908 a 1925, hubo todo tipo de vicisitudes, como paros de trabajadores y la creación de un colectivo sindical cuyos reclamos se prolongaron hasta entrada la década de 1950.

Asimismo, los costos proyectados no coincidieron exactamente con los finales, y circularon números muy diferentes según quién los publicara, situación que bien podría remitir al lector a ejemplos de la historia reciente.

“La historia es muy divertida, porque el tiempo pasa y los discursos son los mismos, solo que los usan actores diferentes”, comenta el autor.

“El diario El Día, cuando se inaugura el Palacio dice que costó diez millones de pesos”, señala Cuitiño. “Ahora bien, hay documentos que muestran que costó veinte millones de pesos de la época, eso equivaldría a 350 millones de dólares de hoy, por lo menos”. Esa cifra convierte al Palacio Legislativo “quizá en el edificio más costoso del Uruguay”, y su costo solo sería superado por “grandes obras arquitectónicas como el Puerto de Montevideo, el saneamiento, o la represa de Salto Grande”.

Más allá de si debió ser un palacio o un edificio menos oneroso, Cuitiño entiende que sí era necesario construir una nueva sede legislativa.

“En el Cabildo no había lugar, y realmente esto ayudó a generar un profesionalismo por parte de los políticos, porque pudieron trabajar con mucho más espacio en un edificio diseñado para ellos, y generar las leyes que brindaran lo mejor para los uruguayos”, entiende.

Sin embargo, con el paso de los años hizo falta todavía más espacio, ya que en el diseño original “los despachos estaban pensados para los senadores, y los diputados no tenían sitio”. Esto llevó a la construcción del anexo José Gervasio Artigas, situado sobre avenida de Las Leyes, e inaugurado en 1995.

“El lujo del Palacio capaz que fue un poco exorbitante, porque tiene oro de 24 quilates como detalle de varios lugares clave. Tiene mucho mármol, granito, pórfidos. Fue muy costoso realmente. Pero también es verdad que fue una gran inversión en un momento difícil del Uruguay, cuando los avatares de la Primera Guerra Mundial daban un mazazo a la economía”, considera.

En ese sentido, consigna que la obra generó miles de puestos de trabajo y se abasteció en gran medida de minerales extraídos de canteras uruguayas.

Joyas a cielo abierto

En el libro, Cuitiño señala que entre los costos de la obra figuran elementos ornamentales que, en un sentido estricto, son ajenos al edificio. En concreto se refiere a los cuatro grupos escultóricos colocados en los jardines, encargados al ya mencionado Giannino Castiglioni.

Foto tomada hacia el año 1930. CdF de la Intendencia de Montevideo

Foto tomada hacia el año 1930. CdF de la Intendencia de Montevideo

“O uruguaio comum não sente o Palácio Legislativo como algo próprio, muito menos. Pelo contrário, sente-o distante, como um lugar de privilégios e privilegiados.”

“Esas esculturas de bronce aparecen en el presupuesto de 1924 con un costo de 1.101.000 pesos”, lo que es “una millonada” en cifras actuales.

“Creo que en principio iban a ser de mármol, pero en los hechos se hicieron de bronce y se anexaron después al edificio. Es una pena, porque hoy se están destruyendo, el metal está todo oxidado, verdoso”, describe, y compara esta lamentable situación con “lo que pasa con el monumento a El Gaucho, hecho por Zorrilla de San Martín y colocado en 18 de Julio”.

Para Cuitiño, “en el mundo de hoy, donde hay tecnología que lo permite, estaría bueno que se suplante esas esculturas por copias y que nuestras joyas escultóricas no queden a la intemperie”.

¿El palacio de la gente?

“El uruguayo común no siente como propio el Palacio Legislativo ni mucho menos. Por el contrario, lo siente distante y como un lugar de privilegios y privilegiados”, escribe Cuitiño en el capítulo final de su libro.

Consultado sobre estas palabras, el autor reafirma su idea y expresa que le gustaría que esa situación cambiara. “Realmente a mí me encantaría que los uruguayos sintiéramos el Palacio Legislativo como casa del pueblo, tanto como lo sentimos, como lo es el Estadio Centenario”, asegura.

“El fútbol quizás es mucho más democrático que la política en sí, pero los uruguayos sienten mucho más al Estadio Centenario como propio.  Ahí van y gritan, se ponen eufóricos y espontáneamente se abrazan gritando por Uruguay. Negros, blancos, judíos, umbandistas, comunistas, blancos, colorados, de Peñarol y de Nacional, alientan a la selección todos juntos”. Por el contrario, “al Palacio Legislativo la gente va el Día del Patrimonio o cuando hay un velatorio con honores de Estado”.

Por ello, invita a toda la ciudadanía a interesarse más por el edificio que hoy cumple cien años y todo lo que representa.

“Yo creo que las autoridades de este gobierno y del anterior no han escatimado esfuerzos para que la gente entienda que el Palacio está abierto, que le pertenece. Quedará en el tintero para los próximos cien años, que los políticos del futuro logren que la gente sí lo considere como una casa de todos. Ese sentimiento falta”.

En ese sentido, Cuitiño entiende que su libro puede ayudar a construir ese interés, dado que “tiene una mirada un poco diferente y creativa, y que puede sorprender”, así como contribuir a “conectarnos de forma entretenida con nuestro pasado”, concluye.

Por Gerardo Carrasco
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