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Arma de dois gumes, a solidão.

Gabriel Rolón: "Há vazios e solidões que celebro porque nos tornam humanos"

07.11.2025 06:44

Lectura: 16'

2025-11-07T06:44:00-03:00
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Por María Noel Domínguez

De Histórias de divã até O luto e A felicidade, Gabriel Rolón tornou-se uma das vozes mais influentes ao colocar em palavras aquilo que muitas vezes preferimos calar: a dor, a perda, a culpa, o desejo e a fragilidade dos vínculos. Em A solidão, seu novo livro publicado pela Planeta, ele decide ir ao núcleo de uma experiência que atravessa todas as épocas e gerações: estar sozinho consigo mesmo, essa Solidão com maiúscula que aparece até nos momentos de amor, sucesso ou plenitude.

Nesta entrevista com Montevideo Portal, Rolón propõe olhar a solidão de outro lugar: não apenas como um sofrimento moderno, mas como uma condição humana inevitável que pode, inclusive, tornar-se fértil. Ele distingue entre a solidão existencial e a solidão do "sem outros", reflete sobre a falta como motor do desejo e aborda temas profundos como o luto, o suicídio e a necessidade de voltar à própria análise para não se perder na voz pública que tudo explica.

Ao longo da conversa, o autor revela suas próprias "ilhas" de vulnerabilidade, reivindica a leitura como refúgio e companhia, e se detém nos vínculos que o sustentam — sua companheira, a psicanalista e escritora Cintia Wila, e seu amigo Alejandro Dolina — enquanto se prepara para voltar a Montevidéu com Palavra plena, a obra teatral que combina reflexão, música e palavra viva.

No livro você diferencia entre a "solidão com minúscula" e a "Solidão com maiúscula". Por que essa distinção foi inevitável para você?

Quando comecei a pensar no tema, essa diferença surgiu imediatamente. Existe uma solidão inevitável, existencial, que nos atravessa apenas pelo fato de sermos humanos. Essa é a Solidão com maiúscula: aquela que te visita até no momento culminante do amor, da felicidade, do sucesso, quando você está realizando seus sonhos. E depois há a outra solidão, aquela que sentimos quando falta um amor, quando falta um ente querido. É a solidão sem outros, aquela em que falta alguém concreto.

Ambas trazem dificuldades. Quando você evita a solidão com minúscula porque está com alguém, em algum momento chega a angústia: esse outro não será capaz de preencher todos os seus vazios. E isso não é um problema do outro, mas da estrutura do ser humano: somos atravessados por uma falta estrutural que faz com que jamais possamos ter tudo. Por sorte, porque, se não fosse assim, não desejaríamos nada, não construiríamos nada, não nos apaixonaríamos.

A Solidão com maiúscula, por outro lado, tem a ver com a consciência de nossa finitude. Saber que ali está a morte, que não sabemos do que se trata, o que acontecerá com esse nada. Saber que nunca podemos definir completamente o que desejamos, que nossa sexualidade é conflitiva... Essa solidão, a existencial, é aquela com a qual precisamos aprender a lidar como pudermos.

Você afirma que certa falta é necessária para o desejo. A calma total seria quase uma má notícia?

Eu diria que a calma total não é desejável. Um budista poderia dizer o contrário, porque o budismo propõe a anulação do desejo, e isso é coerente: a única maneira de estar em calma é não desejar nada, porque todo desejo é, em última instância, insatisfeito.

Mas como analista, eu penso diferente. Para mim, o desejo é a energia vital que te impulsiona a fazer coisas na vida. A vida do ser humano não é um lugar contemplativo. A existência nos desafia ao movimento, à criação. E isso só se sustenta porque essas duas solidões deixam um substrato de certa insatisfação: a solidão existencial e a solidão do "sem outros" (ou até "com outros" quando o que o outro pode oferecer não é suficiente).

Essa falta é o que nos impulsiona a criar, a viver, a estudar, a construir uma casa, a escrever um livro. Há vazios e solidões que eu celebro, porque são eles que nos constituem como humanos.

Em O luto também havia uma solidão muito forte. Como o luto e a solidão se relacionam no seu percurso?

Javier Nocetti

Javier Nocetti

Estão ligados, mas são coisas distintas. O luto tem uma particularidade muito especial. Tudo o que amamos tem uma dupla existência: existe fora, como aquela pessoa que se senta e conversa com você, e existe dentro, como imagem, como voz que te percorre.

Por isso você pode dizer: "Sabe o que meu pai teria dito?". Porque seu pai já não está fora, mas te habita. No luto, o que estava fora vai embora. Você fica sozinho disso. Mas fica infinitamente acompanhado pelo interno. Muitas vezes, alguém deseja mais ver a mãe depois que ela morreu do que quando estava viva. Talvez antes a visse uma vez por semana e agora a sente falta todos os dias.

Por quê? Porque esse fantasma amoroso do outro que te habita fala com você o tempo todo. O luto é aquele momento em que você fica sozinho do outro, mas não do que o outro deixou dentro de você. O livro, de fato, começa com esse momento de ficar sozinho de alguém.

En este contexto, en el que estás hiperexpuesto, sos consultado todo el tiempo y mucha gente te ve como referente, ¿por qué escribir sobre la soledad ahora?

Porque yo soy un tipo al que la soledad lo habita de muchas maneras. La soledad del hijo sin papá, la del hijo sin mamá. La soledad del que escribe: uno está rodeado de sus ideas, sus referentes, sus fantasmas, pero está solo.

Y paradójicamente, en este momento en el cual, como decís, tal vez como nunca la gente se acerca a consultarme y se interesa por mi opinión, se me profundiza todavía más la soledad. Borges escribió un poema, “Ajedrez”, en el que dice: “Dios mueve al jugador y éste a la pieza. / ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza?”. Y yo me pregunté: ¿a quién le reza Dios cuando está triste? ¿A quién le pregunta Dios?

A veces la gente cree equivocadamente que uno tiene todas las respuestas. Y eso te deja en un lugar muy solitario. Ante esa sensación, lo que hice fue volver al análisis. Necesité volver a ser paciente, tener a alguien que escuchara a Gabriel, no al “licenciado Rolón” que parece tener respuestas razonables para el resto.

Yo termino una entrevista y me voy con mis inseguridades, con la sensación de que debería haber dicho otra cosa, que no se me ocurrió algo. Estoy rodeado de gente, pero me siento muy solo. La soledad no se resuelve con cantidad de vínculos.

En La soledad aparecen “las islas”, una especie de tramo íntimo dentro del libro. ¿Qué lugar ocupan en tu escritura y en tu propia soledad?

Las islas son las partes del libro donde, si se rompiera la página, saldría un poco de sangre. Ahí están mis miedos, mis torpezas, mis inseguridades. Es un recurso que pensé especialmente para este libro, no lo había usado antes.

En las islas mi interlocutor me hace sentir torpe todo el tiempo. Estoy convocado a tener todas las respuestas y, de pronto, aparece una voz que me dice: “Déjese de bromas, usted no puede hacer esto, no puede decir aquello”. Entonces yo ansiaba llegar a escribir esas partes, pero también temía que desequilibraran el texto.

Siempre fui un autor que se expone. Desde Historias de diván muestro el interior de mi consultorio, mis intervenciones. En las novelas, muchas veces me valgo de los personajes para contar cosas que son mías, pero que no me animaba a firmar directamente. Necesito estar en mis libros. Hay autores que admiro y funcionan muy bien sin exponerse, pero a mí no me sale. Mis libros pasan de la teoría a un momento emocional en el cual me meten a mí en el medio.

La isla, en ese sentido, es el lugar donde se ve con claridad que el psicoanalista también es un hombre que duda.

En el libro también trabajás la relación entre la soledad del que escribe y la del que lee. ¿Qué pasa en ese encuentro?

Hay una soledad compartida. El lector está solo y el escritor está solo, pero se encuentran en el acto de leer. Y a la vez hay un gesto que yo intento que sea generoso: en casi todos mis libros propongo autores, libros, músicas.

Me parece importante que un autor diga desde dónde habla. Nadie habla desde cero. Sería muy triste un autor que presume de no leer a nadie. Yo he conocido autores que dicen “yo no leo”, y cuando los leo me doy cuenta de que es verdad… y que eso se nota.

En cambio, si un lector establece un vínculo fuerte con tu libro, lo más honesto es abrirle la puerta a tus fuentes. Si me elige a mí y yo elijo a Borges, a Mary Shelley, a Víctor Hugo, a Piazzolla, a Charly García o Spinetta, es lógico que quiera seguir ese hilo. Es casi una guía de lectura: “Si este tema te interesó, mirá cómo lo pensó esta otra persona que lo dijo mejor que yo”.

Cuando Piazzolla dijo “escuchen a Charly y a Spinetta, ahí está el futuro de la música argentina”, yo lo tomé como un faro. A mí me gustaría que, si alguien me lee, se encuentre también con esos faros.

Javier Nocetti

Javier Nocetti

En el libro aparece Cintia Wila, tu compañera, y Alejandro Dolina, entre otros autores. ¿Ellos también son una ayuda frente a la soledad?

Sí, claro. Pero son, sobre todo, un antídoto contra la trivialidad. A mí me cuesta mucho trabajar o vincularme con gente a la que no admiro. Y hoy, que tengo la posibilidad de elegir, elijo gente a la que admiro.

Alejandro fue un gran desafío. Yo llego a La venganza será terrible como guitarrista, para acompañar la parte musical. Y él me dice: “No, sentate desde el comienzo. Si se te ocurre algo, decilo. Pero si decís una estupidez, te voy a confrontar. Todo lo que digas lo tenés que poder sostener”. Imaginate esa presión el primer día. Me mantuve casi en silencio durante muchos programas hasta encontrar mi lugar, pero esa exigencia me marcó hasta hoy.

Cintia, además de ser mi mujer, es psicoanalista y una lectora muy exigente. No es la persona que me dice “qué lindo, Gaby”. Es la que dice “no estoy de acuerdo”, “esto no me cierra”, “¿por qué no pensás también esto otro?”. No le puedo decir “vos porque no entendés el psicoanálisis”. Me obliga a pensar, a revisar, a profundizar.

Yo soy un tipo que sufre de pensamientos: no puedo dejar de pensar. Entonces, que la gente que me rodea me empuje a pensamientos nobles me ahorra estar atrapado en pensamientos triviales o autodestructivos.

En un momento le dijiste a Cintia: “No voy a volver a entretenerme con nada que no me enseñe algo”

Esa frase fue muy importante. Una noche, acostados, le dije: “No voy a volver a entretenerme con nada que no me enseñe algo”. Y agregué: “La vida es breve, ya viví más de la mitad. No voy a malgastar el tiempo en cosas que no me dejen nada”.

Intento que mis momentos tengan sentido. No miro programas de chismes, casi no miro programas de gente que se pelea por cuestiones políticas, prácticamente dejé de ver fútbol, salvo ocasiones muy puntuales.

En ese tiempo prefiero escuchar una charla de un físico que me hable de teoría de la relatividad o de física cuántica, aunque entienda una parte. Esos temas me entusiasman y, de algún modo, se nota en mis libros. En La soledad hablo un poco de la relatividad. Me gusta que lo que consumo me invite a estudiar, a pensar.

La vida es demasiado breve como para habitarla con momentos que da lo mismo si ocurrieron o no.

Hablabas de giras, presentaciones, el Antel Arena, 7.000 personas escuchando a un analista. ¿Es posible sentirse solo ahí arriba?

Es uno de los lugares donde más solo se puede sentir uno. ¿Qué menos solo que estar frente a 7.000 personas? Y sin embargo, qué más solo que estar ahí, sabiendo que todas esas personas esperan algo de vos.

Vengo de giras, de viajar a México, de presentar el libro. Hay entrevistas, fotos, firmas, afecto, y eso es maravilloso… pero después llego al hotel y estoy solo. Termina una charla y lo primero que hago es subirme al auto y llamar a mi mujer, mandarle un mensaje a mi mamá o a mis hijos. Necesito estar cerca.

Para mí, que me suba a un escenario en Uruguay, un país al que amo, en un Antel Arena lleno, es un enorme privilegio. Pero justamente por eso quiero compartirlo. Por eso vengo con mi mujer, quiero traer a mi mamá, que estén ahí. Me ayuda a que esa soledad específica del escenario no sea tan brutal.

Había escrito todo un capítulo sobre la soledad a la que te somete el teatro —la del escenario, la de las giras— y finalmente decidimos sacarlo porque tal vez era muy sesgado. Pero necesitaba pensarlo, porque esa soledad del que entretiene también existe.

Hay una frase de una canción de Dino que dice “mal compañera de viaje, la soledad” y también dice "alma de doble filo la soledad".

La frase me parece bellísima, aunque no estoy seguro de compartirla del todo.

A veces la soledad es una buena compañía. Pensá cuántas veces, por no estar solos, ocupamos nuestro tiempo con compañías indeseables. A veces estoy en reuniones y me encuentro pensando “¿qué hacemos acá?”. Nadie está hablando de nada que le importe demasiado, no está ocurriendo nada trascendente. Si esa reunión no hubiera ocurrido, habría dado lo mismo.

Para mí, eso sí es una mala compañía. En cambio, un rato de soledad puede ser muy fecundo. De nuevo: no se trata de idealizar la soledad ni de negar la necesidad del otro, sino de entender que hay momentos en los que estar a solas es mejor que estar mal acompañado.

Reivindicás la lectura como un espacio privilegiado para estar solo. ¿La literatura es el gran antídoto contra la soledad?

No sé si antídoto, porque la soledad forma parte de lo que somos. Pero sí digo que quien aprendió a disfrutar del arte, y de la literatura en particular, no vuelve a estar solo nunca más.

En medio del bullicio del mundo —ese “carnaval del mundo” del que hablaba Gardel—, podés ponerte una pieza de Bach en los auriculares y recuperar un espacio de soledad que necesitabas. Y cuando todo parece haberte abandonado, podés abrir un libro y dejar que aparezcan Cortázar, Galeano, cualquier autor que te guste… ojalá también yo.

La literatura tiene esa magia: rescata soledades que podrían haber sido sufrientes y las vuelve placenteras. Te permite que alguien, desde otro tiempo y otro lugar, piense con vos. Y eso, en el fondo, es una forma de compañía muy profunda.

Gabriel Rolón

Gabriel Felipe Rolón (Buenos Aires, 1961) es psicólogo, psicoanalista, escritor y una de las voces más influyentes de la divulgación sobre emociones y vínculos en el Río de la Plata.

Nacido en el partido de La Matanza, se formó en Psicología en la Universidad de Buenos Aires y se especializó en psicoanálisis clínico. Durante años combinó la práctica en el consultorio con la radio y la televisión. Se hizo popular como integrante del programa La venganza será terrible, de Alejandro Dolina, donde su participación creció desde la música hasta las reflexiones sobre el inconsciente, el amor y el sufrimiento.

Es autor de best sellers como Historias de diván, Palabras cruzadas, Los padecientes, El duelo y La felicidad, además de novelas y ensayos en los que aborda temas como el trauma, la pérdida, la culpa, el deseo y los vínculos amorosos. Sus libros han vendido cientos de miles de ejemplares en la región y han sido adaptados al teatro y al cine.

En La soledad (Planeta, 2025), vuelve sobre un territorio que ya había rozado en El duelo y La felicidad, pero lo hace con un foco específico: pensar la soledad no solo como padecimiento, sino también como condición humana ineludible, a veces refugio y a veces exilio. Con una prosa que combina referencias clínicas, filosóficas y literarias, propone repensar nuestra relación con la falta, el silencio y el modo en que nos hacemos compañía a nosotros mismos.

O livro

A veces es refugio. Otras, exilio.

Editorial Planeta

Editorial Planeta

Con sus luces y sombras, con sus imperativos de bienestar que no dan respiro, el mundo en que nos toca en suerte vivir hace de la soledad un padecimiento. La viste con las ropas de un dolor indeseado del que es necesario huir para quitarle, de esa manera, su dimensión más importante: la condición de tránsito tan inevitable como necesario. Sin embargo, en el simulacro de compañía permanente, hay veces en las que se hace un silencio que nos invita a desoír ese rumor para que escuchemos una voz que nos habla desde un lugar distinto.

Esa es la voz que rescata Gabriel Rolón en su nuevo libro. Un trabajo que, como es ya habitual en uno de los pensadores argentinos más destacados de las últimas décadas, recurre al psicoanálisis, a la filosofía y al arte para poner en duda lo dado por hecho. Así, de la mano de los invitados de siempre y de nuevas visitas que llegan a estas páginas —de Kakfa a Byron, pasando por Atahualpa Yupanqui, Mary Shelley, Melanie Klein, Victor Frankl, Gustav Mahler, Cynthia Wila, Gabriel García Márquez y Donald Winnicott, entre otras—, recupera para la soledad su peso específico.
Y es ahí entonces que La soledad se vuelve un libro orgánico e imprescindible. Porque con una prosa ajustada y precisa, aguda y a la vez amable, Rolón nos invita a repensar la soledad como una experiencia a veces sufriente, otras, algo más plácida, pero siempre vital, ineludible. Lejos de la emoción y su urgencia, más cerca de su naturaleza inexorablemente humana.

O encontro no Antel Arena

Este mes, Gabriel estará en Uruguay con Palabra plena, una obra que invita a sumergirse en la dimensión más íntima y poderosa del lenguaje. La propuesta, que combina reflexión, música y puesta en escena, se presentará el 29 de noviembre en el Antel Arena, con dirección de Carlos Nieto, música original de Gabriel Mores y producción de Martín Izquierdo y Fen López.

“Dar la palabra es darse uno mismo”, sostiene Rolón, quien propone un recorrido emocional por el valor de aquellas palabras que comprometen, definen y transforman, en contraste con las que se pronuncian sin sentido ni verdad.

Palabra plena explora la tensión entre hablar por hablar y decir con profundidad, abordando los dilemas humanos que atraviesan toda experiencia: el amor y la pérdida, la esperanza y el deseo, la verdad y el engaño.

El espectáculo propone una experiencia teatral que no solo entretiene, sino que invita al público a habitar la incomodidad, a reflexionar sobre lo que se dice —y lo que se calla—, y a enfrentar el enigma de uno mismo a través del lenguaje.

Por María Noel Domínguez