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Contenido creado por Paula Barquet
Obsesiones y otros cuentos
Miguel Arregui
OPINIÓN | Obsesiones y otros cuentos

Un gobierno que se va y otro que viene: el brillo es fugaz, la mediocridad es permanente

Habrá que ver dónde están los nuevos liderazgos en el Frente Amplio y cuánto valen, y también qué camino intelectual y práctico toman.

Por Miguel Arregui
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28.02.2025 10:56

Lectura: 6'

2025-02-28T10:56:00-03:00
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Después de las ceremonias del 1º de marzo y de la emotividad, tan vitales para el sistema democrático como los actos electorales, el nuevo gobierno deberá enfrentar cuestiones urgentes y asuntos importantes.

Una bomba a punto de estallar es la mutualista Casmu, que tiene una clientela envejecida y onerosa y que arrastra muchas décadas de mala administración y permisividad oficial. Otra es la Caja de Profesionales Universitarios, que agoniza por falta de dinero.

Ambas crisis son otra muestra de que no alcanza con ser profesional universitario para hacer bien las cosas. El buen gerenciamiento es un talento escaso que suele desarrollarse fuera de la Universidad.

Luego hay problemas más importantes —para este y cualquier gobierno—. Entre ellos se cuentan la burocratización, la creciente ruptura del tejido social, la marginación y la pobreza, los altos costos para vivir y producir, la baja inversión, la reducida productividad laboral, el déficit fiscal y la deuda en aumento, los flacos resultados en frentes cruciales como la seguridad y la enseñanza pública.

La seguridad pública seguirá siendo mala, acorde al tono general de resignación que trasunta la izquierda. Algunas de las nuevas autoridades parecen proclives a sellar una suerte de pacto implícito con grupos de narcos barriales, al modo “yo te dejo hacer dentro de ciertos límites y tú reduces el grado de violencia”.

La solución de largo plazo pasa por liberar y fiscalizar, no por prohibir, pero es improbable que Uruguay pueda hacerlo por sí solo.

No habrá muchos “empleos de calidad”, como reclaman los sindicatos, porque la mayoría de las empresas y de la mano de obra no lo son, y porque el marco general desalienta el riesgo y la producción.

En los últimos cinco años el desempleo abierto se redujo de 10% a 8,1%. Ha habido otras caídas del desempleo, incluso mayores, como las registradas entre 2003 y 2018, en un contexto externo muy amigable. Pero en los últimos cincuenta años el desempleo natural en Uruguay promedió 9,8%.

Ese núcleo duro de desempleo, que es bastante más alto que en otras culturas, tiene un estrecho vínculo con la baja calificación, la falta de oportunidades y la pobreza, que abarcan alrededor del 20% de los habitantes del país.

Después de la desaparición o retiro de Liber Seregni, Tabaré Vázquez, Danilo Astori y José Mujica, habrá que ver dónde están los nuevos liderazgos del Frente Amplio y cuánto valen. Y también habrá que ver cuál es el camino intelectual y práctico que toma el principal sector político uruguayo, que surgió como una coalición de grupos de izquierda que fueron mutando y transfigurando durante su recorrido de más de medio siglo.

El MPP, que desde 1989 creció largamente detrás de José Mujica, a la vez que perdía densidad ideológica, parece un gigante un poco tonto que no sabe qué hacer con tanto cuerpo. Se tragó a una parte del viejo astorismo, la decisiva vertiente socialdemócrata del Frente Amplio, y a otros sectores tradicionales. Es una maquinaria adecuada para colocar a militantes y amigos en la burocracia, pero está por verse si puede cumplir un papel de guía política y racionalidad económica.

Por ahora, algunos de los voceros del MPP (y del PCU) han practicado el juego de desafiar verbalmente por izquierda la ortodoxia económica que representa Gabriel Oddone, nuevo ministro de Economía y Finanzas. Pero ya en el gobierno no podrán seguir negando la realidad, que está llena de goteras. Los sueños pueden ser enormes, pero los hechos son vulgares.

El Partido Socialista, que llegó a cumplir papeles de importancia en las dos décadas posteriores a la apertura democrática, se ha vuelto pequeño debido al esnobismo ideológico y al sectarismo. No puede cumplir el papel de partido “picana” que esgrimía Emilio Frugoni ni ser el fiel de la balanza como procuró Reinaldo Gargano.

El PCU puede ser un puntal del gobierno, o bien la piedra en el zapato, al modo de Cabildo Abierto durante el gobierno de Luis Lacalle Pou. Si no es bien consciente de las acechanzas y de la endeblez económica, puede obtener triunfos sectoriales y a la vez provocar catástrofes más generales, como un desempleo de dos dígitos. De hecho, buena parte de los despidos, cierres de empresas y amenazas de las últimas semanas se deben en parte al temor que representa el Partido Comunista al timón del Ministerio de Trabajo.

Quien esto escribe no espera mucho del nuevo gobierno, salvo, a lo sumo, la continuidad de esa medianía y conformismo tan uruguayos, que, al final, han sido nuestras mayores fortalezas. Nos han librado de los grandes bandazos experimentales al modo argentino.

“La cuestión es cómo hacer para que ciertas cosas que son virtudes (capacidad de diálogo y negociación, algunos consensos básicos, acuerdos implícitos que en general todos respetan) no se transformen en arena en los engranajes que impidan todo cambio, como ya advertía Carlos Real de Azúa en El impulso y su freno”, dice Javier Rodríguez Weber, doctor en Historia Económica y docente de la Facultad de Ciencias Sociales (Udelar).

Hace cinco años, cuando Tabaré Vázquez dejó el gobierno en manos de Luis Lacalle Pou, escribí las siguientes líneas que aún creo adecuadas:

“El Frente Amplio de hoy, tras su larga experiencia en la conducción del Estado, en muchos aspectos es más sabio que aquel: más consciente de sus posibilidades, pero también de los estrechísimos límites y la ineptitud de los gobernantes de hoy y de siempre. Al fin, la calidad de la administración pública no va muy por delante de la calidad de la sociedad que representa; y el desarrollo es asunto lento y veleidoso, que depende más de las personas que de los gobiernos”.

Y sobre el gobierno que se va: se le debe un gran reconocimiento histórico por haber tomado un camino básicamente correcto durante la pandemia, pese al griterío en contrario. Los uruguayos emergieron relativamente sanos de un tiempo que fue horrible para buena parte del mundo.

Lo demás no fue demasiado bueno, salvo la preeminencia del interior en las obras de infraestructura, el valor para encarar algunas reformas como la de la seguridad social, ciertas iniciativas en educación y cultura y poco más. Pero no se le puede reprochar la falta de valor para despabilar al Uruguay burocrático, mediocre y conformista, porque en realidad nadie puede hacerlo.

Por Miguel Arregui
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