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Contenido creado por Paula Barquet
Zona franca
Foto: Archivo
OPINIÓN | Zona franca

Miedo a morir, miedo a matar, a que nuestra vida sea apenas un suspiro entre dos tiroteos

Ya no es extraño oír disparos en la noche. Nos hemos habituado a los balazos y al miedo.

Por Fernando Butazzoni

12.04.2024 13:30

Lectura: 4'

2024-04-12T13:30:00-03:00
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Martes 2 de abril. Villa Dolores, Montevideo. Un hombre llega a su casa en automóvil. Lo encañonan dos personas. Lo matan a balazos. Miércoles 3. Ciudad de La Paz, Canelones. Un hombre de 30 años es hallado ya agonizante por su madre, tendido sobre una cama y con un tiro en la espalda. Muere poco después. Jueves 4. San Luis, Canelones. Los trabajadores de una barraca ubicada sobre la ruta Interbalnearia encuentran el cadáver de un hombre ejecutado de un disparo en la espalda. Domingo 7. Piedras Blancas, Montevideo. Un hombre de 36 años es asesinado de un balazo en la axila. Mismo día. Zona de La Calera, área rural de Rivera. Un hombre mata a balazos a sus dos hijos, de 4 y 6 años, hiere de gravedad a su exmujer y luego se suicida.

Hay más, mucho más. Pero no vale la pena seguir con el recuento de las desgracias porque todos sabemos lo que pasa, lo que está pasando en las calles, en las esquinas, en los parques, en Montevideo y en el interior. Ante ese volumen de información, ahora transmitido a la velocidad del rayo gracias a X, Instagram y Facebook, las reacciones son diversas. Hay personas que consideran horrorosos algunos asesinatos, pero otras personas los consideran lógicos y hasta deseables. Del antiguo “algo habrá hecho” de la dictadura pasan al actual “un pichi menos” de las redes sociales.

Están los que prefieren, en cambio, apelar a la teoría, a la reflexión o al diagnóstico psico-ideológico-político: “La sociedad de consumo desespera a la gente y la vuelve loca. Es el capitalismo”. Ante eso, aparece alguien que retruca: “Estas cosas pasaron siempre. Están en la naturaleza humana”. Unos le cargan la culpa al Frente Amplio, sobre todo a Bonomi y a Mujica. Otros al gobierno actual, a Lacalle Pou y a Heber. Y de paso a Manini, por aquel imprudente “Se acabó el recreo”.

Las opiniones, todas las opiniones, son discutibles. Pero los muertos ya están muertos. Los que podemos decir y opinar somos los vivos. Y no todos, sino un grupo de privilegiados. Mucha gente se traga sus opiniones porque tiene miedo. Y esa gente tiene miedo porque vive en zonas conflictivas, conocía al baleado, sabe cómo es la transa, se siente indefensa. Calla ante la Policía, ante el fiscal, ante los vecinos y aun ante su propia familia. El cóctel fatal: silencio, miedo y armas.

Según el Servicio de Material y Armamento, en Uruguay están registradas unas 600 mil armas de fuego, y la evidencia internacional señala que habría una cantidad similar no registradas. Total: un millón 200 mil. Los especialistas no tienen dudas: “Un país armado hasta los dientes” (fiscal Mirta Morales). “Armas cada vez más poderosas” (fiscal Carlos Negro). “Armas largas, de mayor calibre” (policía Patricia Noy).

Soy parte del problema, lo reconozco. Tengo armas en mi casa, no una sino dos, y están registradas. Un fusil de caza y un revólver. Las tengo desde hace décadas y son recuerdos y no otra cosa. Jamás se me ha pasado por la cabeza usar alguna de esas armas contra otra persona, en ninguna circunstancia, ni para atacar ni para defenderme. Pero nunca se sabe. De modo que sí, soy parte del problema. En una ocasión, hace ocho o nueve años, me enteré de que podía cambiar las armas por una bicicleta, así que fui a la comisaría de mi barrio a preguntar cómo había que hacer. Hubo risas en la seccional.

Ya no es extraño oír balazos en la noche y enterarnos por la mañana de un crimen en la otra cuadra, o en la placita de la esquina. Lo cierto es que nos hemos habituado a los tiros y al miedo. Miedo por nuestra familia, por nuestros amigos y, también, por lo que puede deparar el futuro. Ese miedo hace que muchas personas se compren una pistola y busquen así 9 mm más de amparo para su coraje. Morir o matar por bala ya no suena tan descabellado, por más que seamos adultos responsables e inocentes. Aunque deberíamos preguntarnos si de verdad somos inocentes de lo que está pasando.

Por Fernando Butazzoni


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