Navegaciones
Un mundo lejano, ajeno y extraño

Un mundo lejano, ajeno y extraño

No es cierto, este mundo no está lejos, ni nos es ajeno y sus tragedias son cada día menos extrañas, a pesar de ello estoy seguro de que hoy tendré muchos menos lectores que en mis columnas sobre temas nacionales.

10.05.2016

Lectura: 7'

2016-05-10T00:42:00
Compartir en

Ya tengo experiencia, es parte del empobrecimiento cultural y de sensibilidad que hemos sufrido todos. El mundo seguirá siendo tan caótico y lleno de horrores aunque yo le preste un poco de atención con esta nota. Tengo casi la resignación de que esas tragedias de época no tienen remedio.

Nosotros estamos aquí, con nuestros problemas domésticos a cuestas, y afuera arrecia la tormenta. No es para consolarnos, el viento helado o tórrido se puede presentar de muchas maneras. Hace poco tuvo forma de tornado y de lluvias torrenciales. Yo voy a referirme a los otros vientos, a los que generamos los seres humanos entre nosotros, no en nuestra atormentada relación con la naturaleza.

Como a veces reaccionamos ante lo grande, ante lo más grande, consideremos que nunca en la historia se han producido migraciones con las proporciones que hoy vive la humanidad. Corrientes viejas y nuevas, todas ellas parten de la miseria, del hambre, de las guerras y las persecuciones y buscan un lugarcito en el mundo. No son las viejas migraciones hacia la tierra prometida, para hacer la "América", son otra cosa, porque los países de destino están blindados, los rechazan, los cercan, no los quieren.

Son millones de familias enteras que hace décadas van desde Centroamérica y México hacia el norte. De africanos, del centro pobre, sediento y hambriento que recorren enormes distancias y luego tratan de cruzar el Mediterraneo hacia Grecia, Italia, los Balcanes y España, corrientes interminables de prófugos de las guerras y las destrucciones en Libia, en Siria, en Irak, en Somalia, Sudán y de muchos otros países. No solo hacia Turquía, como puente y que Europa utiliza como gendarme, sino también hacia los Balcanes de paso hacia la Europa rica o hacia Australia cruzando enormes distancias oceánicas para terminar confinados en campos de concentración en Christmas, la república de Nauru y la isla de Manus, bajo la jurisdicción de Papúa Nueva Guinea, pero confinados por Australia.

Ni siquiera en la segunda guerra mundial se produjeron movimientos migratorios tan prolongados y tan enormes. Y nada parece contenerlos. ¿Esas madres y padres con sus pequeños hijos son suicidas arriesgándose en naves de los comerciantes de la desesperación? ¿Es el impulso hacia un mundo próspero o es algo más profundo, elemental, básico: el acceso a la comida, al agua y a un poco de paz?

¿Esas miserias son tan ajenas a las nuestras o hay zonas pequeñas de nuestra capital donde se vive al borde de todo? Nadie muere de hambre, pero la sociedad uruguaya debería mirar con más atención, hacia sus propias miserias y desesperaciones. Las hay.

Las cifras mundiales son tan abrumadoras, que a veces lejos de darle dimensión a la tragedia, la alejan, la hacen inalcanzable, incomprensible. El problema, el horrible desafío es ponerse por un instante en la cabeza de esa madre, de ese padre, de ese niño y tratar de compartir un momento de sus vidas, de sus caminatas interminables, de su embarque en condiciones de extremo peligro, su llegada a alguna costa, cuando tienen suerte y luego la odisea interminable de conseguir un destino, un lugar. Y en todo ese trayecto interminable, el miedo como su acompañante inseparable.

Hagamos un ejercicio de horror y de imaginación y ocupemos por un instante su lugar. Atormenta, no deja vivir ni dormir en paz.

Las cifras del horror:

En el año 2010 buscaron refugio 43.7 millones de personas, en el 2014 (la última cifra disponible de ACNUR) se alcanzó el récord de 59.5 millones de personas. En solo cuatro años hubo casi 200 millones de refugiados.

Siria tenía, al finalizar el año 2014, 3.900.000 refugiados, Afganistán 2.600.000, Sudán 1.300.000, Somalia 1.100.000, Congo 500.000, Birmania 500.000, Irak 400.000, Eritrea 360.000, Colombia 320.000 y muchos etcéteras.

Es cierto, vida hay una sola y hay que vivirla a pleno, pero eso también vale para esos millones, sí, millones de seres humanos que cruzan la tierra, las fronteras, las alambradas, los mares y algunos llegan.

La causante no es la naturaleza, sus inclemencias, sus secas, sus lluvias e inundaciones, son los hombres y mujeres armadas, a nombre de algunos Estados, de una religión o una "causa" que destruyeron sus países, sus casas, sus ciudades, su cultura y sus raíces. Lo único que no lograron destruir son sus ganas de seguir viviendo. Se aferran con desesperación.

La causa mayor de esas migraciones son las guerras, sobre todo las guerras internas, por etnias, por religiones, por minerales, por petróleo, por agua, por cualquier cosa. Y sobre todo por poder.

Las guerras que en medio de la pobreza extrema, de la destrucción de todo lo que los seres humanos construyeron durante siglos y hasta milenios se libran con armas, con armas modernas y costosas en manos de hombres, de mujeres y de niños. Y para ello tiene que haber enormes cantidades de dinero que paga, que compra esas armas, esas bombas, esas municiones, y todas las máquinas de la guerra. Esas armas que brotan interminables de las entrañas de una civilización que las produce en cantidades gigantescas y las riega por el planeta. Aunque los vendedores se concentran en pocos países.

Siguiendo la pista de las armas se llega siempre a los responsables de esas guerras. Es su huella de identidad. O mejor dicho sus huellas digitales, porque siempre son varios los proveedores enfrentados.
Qué maravilloso sería apelar a un mínimo de humanidad ante tanto sufrimiento y lograr algo, una migaja de compasión. Todos sabemos que es inútil, que en realidad estamos relatando una vez más la enorme frustración de ver cómo convivimos todos los días desde nuestras pantallas, todas ellas, con las tragedias globales y localizadas y cada día nos acostumbramos y nos resignamos un poco más.

Ojalá yo pudiera refugiarme en alguna creencia de que en algún otro mundo hay reparo para tanta barbarie y deshumanización. Para muchos ni siquiera nos queda ese consuelo, por ello estamos condenados a tratar de razonar, de entender. También lo hacen los hombres de fe.

Lo que nadie debería hacer es ignorarlo, desentenderse, refugiarse en su pequeño mundo individual y familiar. No somos parte de la historia porque compartimos el mismo tiempo en este planeta, en este grano de arena habitado que gira en el universo, compartimos todo, las grandes y maravillosas cosas que hacemos los seres humanos, de las que nos beneficiamos y también las tragedias que generamos y que sufren millones de nuestros hermanos.

Las redes sociales, tan discutidas, utilizadas, tan denostadas y hoy imprescindibles en las vidas de media humanidad en todo el planeta, deberían ser un medio de denuncia, de atención, de compromiso básico con estas tragedias, contra esas guerras, contra esos mercaderes, contra esos señores de la muerte y del sufrimiento.

Cada uno de nosotros podría aportar cada tanto su palabra, su opinión sobre los que sufren y luchan por vivir, apenas por sobrevivir. No es tan difícil, no es tan caro. Es apenas una idea. Podríamos hacerle llegar a los poderosos del planeta los mensajes permanentes de millones de seres humanos que no nos resignamos a que una parte de esta humanidad se hunda cada día más en la barbarie.

En esa barbarie, de una u otra manera nos hundimos todos, incluso por indiferencia. Como decía Kant "la guerra es nefasta, porque hace más hombres malos que los que mata".

ESCRIBE

Esteban Valenti

Periodista y coordinador de la revista Bitácora.

Ver todas las columnas