El reconocimiento de Palestina como "Estado miembro de pleno derecho" de la Unesco, resuelto por su 36ª Conferencia General, reaviva las dudas sobre el rumbo que ha tomado este organismo de las Naciones Unidas.
Buena parte de los 107 delegados que votaron a favor lo hicieron en consideración a la larga lucha de los palestinos por tener una patria soberana, pero una cosa es apoyar el derecho de los palestinos y otra pretender que un conflicto de siete décadas se puede resolver desde los pupitres de los representantes ante la Unesco en París. Y menos aún cuando la organización madre no ha reconocido a Palestina como un Estado ni lo hará próximamente.
Se presume que la membresía es para Cisjordania y la franja de Gaza, territorios sobre los cuales Naciones Unidas reconoce a la Autoridad Nacional Palestina (ANP) su calidad de "observador no estatal". Pero cualquiera sea el territorio al que se refiera la Unesco cuando habla de Palestina, difícilmente pueda considerarse que allí se cumple con el Artículo 73 de la Carta de ONU, que obliga a quienes administran territorios no autónomos a "promover la paz y la seguridad internacionales" así como fundar sus políticas en el principio de la "buena vecindad". Es que el problema no es solo formal sino también de fondo.
La directora general de Unesco, Irina Bokova, le dio la bienvenida al flamante "Estado miembro" diciendo que su admisión es una "marca de respeto y confianza". Es probable que el respeto de la jerarca tenga que ver con los padecimientos del pueblo palestino, pero tratándose de la máxima autoridad de un organismo cuyo cometido es "crear las condiciones para el diálogo entre las civilizaciones, culturas y pueblos", el aval podría interpretarse como la aceptación de la xenofobia y el racismo antijudíos que campean en sus aulas y sus medios de comunicación. Es cierto que la situación ha mejorado algo luego de que Estados Unidos y la Unión Europea presionaran a las autoridades educativas de la ANP y amenazaran con cortarle los fondos, pero todavía puede verse en sus libros de texto y en sus programas de televisión, la glorificación del martirio infantil, el desprecio por la vida y el odio contra los judíos.
Quizás la confianza de Bokova esté motivada por su optimismo en que, algún día, los líderes palestinos en Ramala reconocerán el derecho a existir al Estado judío de Israel, o que las hordas de Hamás, por alguna razón que desconocemos, dejarán de aterrorizar a sus compatriotas cristianos, laicos y musulmanes moderados para imponer la Sharia (o ley islámica) y abandonarán sus bombardeos continuos sobre la población civil del Sur de Israel. Si es así, el camino parece por lo menos tortuoso.
Es que la entrada de Palestina en la Unesco constituye una victoria diplomática de la ANP y sus aliados, pero difícilmente traiga a los palestinos la paz y la independencia. Como reacción a la decisión de Unesco, el gobierno israelí congeló los fondos que transfiere a los palestinos y anunció que construirá nuevas viviendas en los territorios ocupados. Acción y reacción, despropósito y desproporción, como expresiones de insensatez y falta de un compromiso sincero con la paz.
Mientras no haya una negociación fructífera entre las partes, no habrá ningún Estado palestino reconocido por Naciones Unidas ni paz, por más que alguien ocupe su lugar en las asambleas y comisiones de la Unesco.

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