Los resultados de las elecciones departamentales fueron elocuentes y repartieron mensajes y deberes para todos los actores sociales, pero principalmente para el Frente Amplio. Los comicios parecen señalar el fin del crecimiento y la expansión de la izquierda, tanto en lo electoral como en lo político. En lo electoral, porque pasa de la victoria a la derrota por primera vez en su historia, como en Salto, Paysandú, Treinta y Tres, y en términos relativos, también en Montevideo y Canelones. En lo político, porque sus derrotas en los departamentos donde gobernó marcan un hecho inédito: la restauración de los partidos históricos. En efecto, así como la ciudadanía le fue perdiendo el miedo a votar al Frente Amplio con el correr del tiempo, al menos en Salto, Paysandú y Treinta y Tres (está a definir en el segundo escruti-nio qué pasa en Florida) la gente no parece temer el regreso de blancos y colorados.
Por curioso que parezca, la derrota electoral y política del oficialismo no fue acompañada por una victoria de la oposición, al menos no en igual proporción, salvo por la victoria nacionalista en Paysandú, con su valor simbólico y emotivo. Los colorados lograron retener Rivera y recuperar Salto, pero no tiene muchos motivos para festejar. Más allá de ese peculiar eje Noreste/Noroeste, su performance electoral es pobre y no muestra que la renovación partidaria sea correspondida por un crecimiento electoral relevante.
Es significativo que miles de antiguos votantes frenteamplistas descontentos en Montevideo y Canelones no creyeran del caso acompañar a los candidatos nacionalistas y colorados, pero no lo es menos que buena parte de ellos vencieran el miedo de no votar al Frente y colocar en la urna un sobre vacío. Era la única manera que tenían de expresar que el tiempo de votar a "una heladera" porque así lo decidieron los aparatos partidarios, se terminó. El mismo aluvión de votos que llevó al Frente por dos veces a ganar la Presidencia de la República, le está marcando a su cúpula que debe enterrar algunos de sus viejos paradigmas organizativos e ideológicos.
No fue hace mucho, sino apenas once meses atrás, que José Mujica, entonces flamante candidato a la presidencia por la coalición de izquierda, resucitaba la tesis de la "acumulación de fuerzas" para explicar por qué los nacionalistas habían sido más en las elecciones internas. Los resultados del domingo pasado sepultan esta tesis, que le permitía a los sectores dogmáticos de la izquierda sortear el desafío de abdicar del camino revolucionario para avanzar electoralmente en el marco de la "democracia burguesa". Después de todo, si el Frente Amplio va a subir y bajar en la preferencia electoral, ganar y perder elecciones y someter a sus candidatos y su gestión de gobierno a los vaivenes de la voluntad popular, se parecerá cada vez más a un partido político con prácticas y comportamientos tradicionales. Es que el tiempo de la "acumulación de fuerzas", las cúpulas y los miedos, se terminó.

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