¿En qué se parecen Sebastián Piñera y Juan Ramón Carrasco? En que ninguno de los dos parece tener sentido de la mesura. La comparación podrá resultar antojadiza pero no lo es si se comparan sus estilos de conducción y comunicación. Después de todo, en nuestra dimensión social somos lo que comunicamos.
El presidente chileno debía demostrar empatía con el sufrimiento de los mineros sepultados en Atacama y transmitir sentido responsabilidad y liderazgo. Y lo hizo, pero se excedió en su figuración y dejó abierta la puerta para la saturación y la sospecha. El técnico tricolor debía encaminar hacia la victoria una institución gloriosa y en horas bajas, pero se excedió en su presunción de originalidad y dejó abierta la puerta a la sospecha de que Nacional puede convertirse en una nueva víctima de su vanidad.
Piñera estuvo allí en el momento más difícil, cuando nadie sabía qué podía pasar. Junto a su carismático ministro de Minería asumieron los riesgos de un posible final trágico y ganaron la apuesta pero hizo varias jugadas de más. Hoy trascendió, incluso, que Piñera estuvo tentado de bajar en persona a rescatar a los mineros. Carrasco asumió su rol de entrenador con la camiseta puesta como si todavía fuera posible bajar a la cancha y resolver él mismo el pleito.
¿Qué querían las víctimas, los verdaderos protagonistas de estas historias de heroísmo y competencia? Pues simplemente “entregar el turno”, hacer bien su tarea, salir del pozo de la mina y de la tabla de la manera más expeditiva y contundente. En ambos casos, la gloria que reservaba la historia para los rescatistas y los jugadores de fútbol, fue secuestrada (o estuvo a punto de serlo) por dos líderes audaces y desmesurados.
Nótese la diferencia entre este tipo de liderazgo y el del presidente Mujica. Como Piñera y Carrasco, Mujica aparece en todos lados y habla de todo, incluso de temas controvertidos y en los que un asesor de comunicación aconsejaría silencio, pero tiene una enorme virtud: nunca lo hace desde la sabiduría o la figuración sino desde la reflexión, el reconocimiento de sus dudas y el sentido de futuro. Su estilo de liderazgo no compite con los actores sociales por la gloria (al estilo de Jorge Batlle, que presumía saberlo todo) sino que, en el peor de los casos, busca dejar la impresión de que el Presidente de la República es un dirigente que se anticipa a los problemas.
¿Debía soportar el último minero la monserga del presidente después de setenta días de enclaustramiento y angustia? Claro que no, pero Piñera no supo qué lugar ocupar y por eso los ocupó todos. ¿Debían soportar los tricolores un final de juego sin el único jugador capaz de recuperar la pelota y lanzarla hacia la zona de creación y definición? De ningún modo, pero Carrasco no está en esto para sumar puntos principalmente, sino para demostrar al mundo que él no sólo es un técnico conocedor de su oficio, lo que nadie duda, sino que es uno genial.
El resultado en ambos casos fue el padecimiento innecesario de aquellos a quienes los líderes debían proteger. Es que la frontera entre la empatía y demagogia suele volverse muy delgada.
S.P.
S.P.
20.10.2010

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