Contenido creado por Gastón Fernández Castro
Cybertario

Patrias

Patrias

12.10.2011

Lectura: 3'

2011-10-12T07:15:26-03:00
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El cierre de los festejos montevideanos por el Bicentenario causó admiración y rechazo por parte de la población. Buena parte de la ciudadanía le reprochó al gobierno el gasto en el que incurrió para darle a los capitalinos una serie de recitales y expresiones artísticas de gran magnitud, en medio de todo tipo de carencias y reclamos en ámbitos tan significativos como la salud y la educación públicas.

La observación es de recibo pero parece soslayar que el Estado uruguayo costea regularmente una larga lista de actividades que carecen de urgencia y relevancia social, por lo que mal podría reprochársele ahora que gasten de manera dispendiosa. Millón y medio de dólares más, millón y medio menos, se podría aplicar a los administradores de los recursos públicos aquello de "qué le hace una mancha más al tigre". Puestos a considerar las prioridades del gasto, los uruguayos no hemos demostrado demasiada indignación, ahora que está de moda el concepto, por la generosidad con que erogan nuestros gobernantes.

Los pueblos que tienen un pasado épico en su lucha por la libertad hacen bien en destinar parte de su energía en recordar aquellos acontecimientos que hicieron de la patria un lugar propio, único e irremplazable. Si la organización de los festejos dependiera de la opulencia, serían muy pocos los países o las familias capaces de financiar fiestas con orquesta y cañitas voladoras. Contradiciendo el pensamiento mafaldiano, en estos casos lo importante le quita lugar a lo urgente, además de dinero. El problema con el Bicentenario no es material sino espiritual.

¿Alguien puede decir finalmente qué bicentenario estamos celebrando? Si se trata de los doscientos años de la Batalla de las Piedras y el Grito de Asencio, debió al menos recordarse que tales acontecimientos formaron parte de la Revolución de Mayo, que tuvo lugar en 1810 y que terminó consagrando la independencia de la Nación Argentina. Para los orientales de 1811 pero también para los de 1825, 1828 ó 1830 (incluyendo a sus principales jefes, como Artigas, Lavalleja, Oribe y Rivera) ese era nuestro país y fue por él que se alzaron en armas contra los imperios de España, Portugal y Brasil. ¿Doscientos años de que Artigas fue proclamado "jefe de los orientales? ¿Se trata del mismo Artigas que se negó a regresar a la República Oriental diciendo "yo ya no tengo patria"?

Es cierto que tales acontecimientos admiten una interpretación menos ominosa y que, mutatis mutandis, el país inventó un nuevo gentilicio y reescribió una historia oficial con algo más de épica. Una historia que solo se sostiene al precio del silencio, el ocultamiento o la tergiversación. También es cierto que, a trancas y barrancas, somos orientales independientes desde 1828 y llevamos al menos un siglo largo como "uruguayos", a tal punto que ahora lo somos por donde se nos mire. Pero de inventar una historia a despertar en la gente el fervor patriótico hay una distancia sideral. Una distancia que el espíritu de los uruguayos, escéptico y extemporáneo, no pudo ni quiso recorrer.