Opinión |Montar la ola correcta: cómo la tecnología redefine el valor a través de las eras
La historia económica muestra que los grandes saltos de riqueza no suelen producirse optimizando el paradigma existente.
Introducción de Fernando Brum
Quiero presentar y recomendar este artículo de Marcel Mordezki. Marcel es un referente del ecosistema emprendedor, asesor de empresas y docente universitario de postgrado.
Tiene la rara virtud de pensar la tecnología como un problema de asignación de recursos y no como una colección de novedades.
Su artículo dialoga directamente con lo que vengo escribiendo: que la frontera económica se mueve, y que los grandes saltos de riqueza no los dan los que optimizan el paradigma viejo sino los que detectan a tiempo el nuevo. Léanlo con esa pregunta en la cabeza, pensando en Uruguay.
Montar la ola correcta
La historia económica de la tecnología no es tanto sobre tecnología, sino sobre las fronteras económicas que las tecnologías abrieron.
La agricultura no fue simplemente una innovación. Expandió la frontera económica desde la caza y la recolección hacia la tierra cultivable.
La Revolución Industrial no fue solamente la aparición de máquinas. Expandió la frontera económica hacia la energía, las fábricas y la producción masiva.
Internet y el software no fueron únicamente nuevas tecnologías. Expandieron la frontera económica hacia los activos intangibles: datos, algoritmos, plataformas y redes globales.
Y quizás la exploración espacial represente la próxima expansión de frontera: desde la economía de un planeta hacia la economía de un sistema solar.
Cada una de estas olas creó riqueza y multiplicó el tamaño de la economía habilitando emprendedores que crearon riqueza inmensa para sí y para sus países.
El Rey de Francia alrededor del año 1500 era una de las personas más poderosas y ricas del planeta. Sin embargo, su riqueza sería insignificante comparada con la de Rockefeller cuatro siglos después. La fortuna de Rockefeller parece modesta frente a la de Bill Gates. Y la de Gates representa apenas una fracción de la de Elon Musk. No necesariamente porque cada generación haya sido más inteligente que la anterior. Sino porque cada una operó sobre una frontera económica más grande. Cada nueva frontera permitió crear más valor que la anterior.
¿Qué lecciones son importantes para los países si esto es así?
Cuando una frontera madura, deja de ser el lugar donde se capturan los retornos extraordinarios.
La agricultura sigue siendo fundamental para la humanidad. Pero sus retornos son relativamente bajos. La industria manufacturera sigue siendo esencial. Pero sus márgenes están muy lejos de los que tuvo durante su época de expansión. Y todo indica, que la economía digital está comenzando a recorrer el mismo camino.
Durante décadas, el software fue una anomalía económica. Margen bruto del 80%. EBITDA del 30%, 40% o incluso superior. Escalabilidad casi infinita. Costos marginales cercanos a cero.
Sin embargo, la inteligencia artificial está introduciendo una enorme fuerza deflacionaria. Desarrollar software es más barato. Mantener software es más barato. Crear contenido es más barato. Generar conocimiento codificado es más barato.
Lo que antes era escaso comienza a ser abundante.
Y cuando algo se vuelve abundante, sus márgenes tienden a comprimirse. No desaparece. Se convierte en infraestructura. Se “comoditiza”.
Pero aquí es donde conviene apartarse de las generalizaciones y ser preciso, porque la historia tecnológica también nos muestra otro aspecto: la maduración de una capa no elimina el valor en esa capa, lo redistribuye y lo transforma.
Cuando la infraestructura de telecomunicaciones se comoditizó, no desapareció su valor, sino que habilitó la creación de valor sobre ella. La abundancia de conectividad fue exactamente lo que hizo posible Spotify, WhatsApp, Netflix. La capa de aplicación no murió cuando la capa de red maduró; floreció sobre ella.
Algo análogo está ocurriendo hoy. El software SaaS tradicional sí enfrenta compresión de márgenes. Pero sobre la infraestructura de inteligencia artificial que se está construyendo —los modelos fundacionales, los sistemas de computación masiva, los centros de datos— está emergiendo una nueva capa de aplicaciones que no es software genérico: son productos y servicios nativos de IA.
Esta transición abre un espacio estratégico real para economías como Uruguay y América Latina: pasar de ser exportadores de software y servicios digitales a convertirse en creadores de productos IA-nativos y en proveedores de servicios de incorporación de inteligencia artificial en las organizaciones. No es el mismo negocio con otro nombre. Es una categoría diferente, con una propuesta de valor diferente, y con una ventana de tiempo para ocupar posiciones antes de que también esa capa madure.
La Próxima Frontera
Dicho esto, la pregunta sobre la asignación de capital a nivel global y nacional no puede ignorar lo que está ocurriendo en otra dimensión.
Retomemos lo analizado.
Quizás estemos observando el comienzo de una convergencia histórica. El agro opera con retornos relativamente bajos. La industria opera con retornos moderados. Y buena parte de la economía digital podría converger gradualmente hacia márgenes mucho más cercanos a los de cualquier industria madura que a los de las grandes empresas tecnológicas de las últimas décadas.
Si esto ocurre, la consigna se aleja del área de la selección de tecnología y pasa a ser una cuestión de asignación de capital (capital allocation). Porque el valor económico siempre migra. Migra hacia la escasez. Migra hacia los cuellos de botella. Migra hacia aquello que resulta difícil de replicar. Y hoy los nuevos cuellos de botella parecen estar en otro lugar.
- Energía.
- Capacidad computacional.
- Centros de datos.
- Semiconductores.
- Robótica avanzada.
- Manufactura automatizada.
- Sistemas autónomos.
- Satélites.
- Lanzadores espaciales.
- Infraestructura para operar fuera de la Tierra.
En otras palabras, mientras nosotros y gran parte del mundo sigue pensando en aplicaciones, algunos actores ya están construyendo la infraestructura de la próxima frontera económica.
Y aquí aparece una pregunta mucho más difícil de responder para Uruguay y para América Latina.
Durante los últimos veinte años aprendimos a participar exitosamente de la economía digital. Desarrollamos software. Exportamos servicios. Creamos startups. Construimos capacidades valiosas.
Pero, ¿qué ocurre cuando la frontera vuelve a desplazarse?
¿Qué ocurre si las industrias de mayor creación de riqueza ya no son el software y las aplicaciones sino la energía, la computación de escala masiva, la robótica avanzada, la infraestructura espacial o la explotación de recursos extraterrestres?
¿Qué ocurre con los países que continúan perfeccionando la frontera anterior mientras otros construyen la siguiente?
La historia económica muestra que los grandes saltos de riqueza no suelen producirse optimizando el paradigma existente. Se producen cuando alguien identifica antes que los demás dónde se está expandiendo el mapa.
Por eso, la cuestión a dirimir para las próximas décadas no es solamente qué tecnología adoptar.
¿Cómo reasignamos capital, talento, infraestructura y capacidades nacionales hacia las industrias que definirán la próxima frontera económica?
Porque la riqueza más grande de cada era no surge de perfeccionar el tablero actual. Surge de construir el siguiente.
Y la pregunta que deberían hacerse empresas, inversores, universidades y gobiernos es simple: ¿Estamos construyendo para la próxima frontera económica o seguimos optimizando la anterior?

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